Destrucción, dirigida por Karyn Kusama y protagonizada por Nicole Kidman
Una “maldita policía” llena de culpas
A diferencia de Harvey Keitel en la película de Abel Ferrara, el personaje de Kidman no tiene culpas de origen religioso. Pero las tiene, y muy fuertes, en un sentido agnóstico.
Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción.Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción.Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción.Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción.Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción.
Nicole Kidman en su versión morocha de Destrucción. 

Como a Circe, a la Academia de Hollywood le gustan las transformaciones. No necesariamente de hombre a chancho, especialidad de aquella suerte de bruja que aparece en La Odisea, pero transformaciones al fin. Anthony Hopkins en Nixon, Gary Oldman haciendo de Churchill en La hora más oscura, la dorada Charlize Theron, mutada a horrorosa asesina white trash en Monster, la bella Patricia Arquette en los últimos Globos de Oro, convertida en tosca carcelera de unos cuantos años (y kilos) más, en la serie Escape at Dannemora, ayer nomás la célebre nariz de Nicole Kidman en Las horas (la más famosa del mundo, después de las de Pinocho y Cyrano) y hoy la propia Kidman –que por vía de la cirugía viene mutando con regularidad fuera de la pantalla–, reconvertida dos veces en Destrucción, a falta de una: primero como linda policía morocha de pelo largo, diecisiete años más tarde como policía morocha de pelo corto, gruesas ojeras y piel agrisada. En tiempos del Hollywood clásico, las conversiones se reservaban al género de terror y a un actor, Lon Chaney, llamado “el hombre de las mil caras”. El resto se resolvía en actuación, que si era buena creaba la ilusión de estar frente a alguien distinto. Actualmente no basta con eso, todo tiene que ser visible, ostensible y literal, haciendo de ésta la era del maquillador-estrella.

En verdad el look habitual de Mrs. Kidman hubiera quedado fuera de lugar en esta ficción, ya que su personaje, Erin Bell, es una policía encubierta de Los Ángeles que se hace pasar por asaltante de bancos, para atrapar a una bandita de poca monta. El rubio platinado que suele ostentar la actriz nacida en Honolulu (no en Australia, como suele pensarse), su piel pálida y cerosa, su sobrecarga de maquillaje, hubieran hecho de ella un blanco móvil para esta banda mix latina-downtown, cuyas integrantes femeninas son rubias de peluquería. O sea: en este caso, el maquillaje está justificado, aunque podría considerárselo excesivo. Con guion de Phil Hay y Matt Manfredi, el relato se mueve en varios tiempos, de los cuales los más importantes son el presente en el que Erin persigue obsesivamente a Silas, líder de la banda, y un tiempo previo que tuvo lugar diecisiete años antes, donde se consumó el robo. La estructura de piezas móviles echa luz sobre la relación entre Erin y Elis, su compañero infiltrado, posponiendo casi hasta el final la develación de lo q da culpa a Erin. 

Erin es una suerte de “maldita policía” que, a diferencia de Harvey Keitel en la película de Abel Ferrara, no tiene culpa de origen religioso. Pero la tiene, y muy fuerte, en sentido agnóstico. Esa culpa no está relacionada sólo con su actuación en el plan criminal de la banda de Silas, donde Erin se comportó como un delincuente más, sino también con Shelby, su hija adolescente. No la cuidó como ella necesitaba e intenta repararlo ahora. Las dos reparaciones se yuxtaponen. Por un lado intenta cobrarse venganza de Silas, por el otro proteger a Shelby, con el más estricto método policial: aprietes, trompadas y amenazas. Todo esto se va viendo en esa estructura de rompecabezas, en la que algunas piezas “se juegan tapadas” y van asomando en una capa temporal u otra. Destrucción (daría la impresión de que el título alude a la pulsión que mueve a Erin) transcurre en una Los Angeles que da la espalda a las palmeras, la playa y los bulevares. Una Los Angeles de callejones, viaductos y galpones. Una Los Angeles gris, brumosa, nublada, que calza a la perfección con el ánimo de Erin.

Como el héroe de algún policial negro (como Fred McMurray en Pacto de sangre, pongamos), luego de un tiroteo Erin comienza a desangrarse, y lo hace sola, con la certeza de quien toma una decisión. Única actriz reconocida del elenco, Nicole Kidman está en cuadro durante las poco más de dos horas de metraje. Es un protagónico absoluto, que la actriz hawaiana seguramente habrá agradecido. No por nada Destroyer se estrenó en Estados Unidos una semana antes de lo que la Academia considera como cierre para los Oscar. Va a recibir seguramente cinco nominaciones, una de las cuales va a ser para Kidman (las otras para película, dirección, guion y maquillaje). El maquillaje es el quid de la cuestión. Si lo que se quiere es mostrar la aflicción, el dolor, el peso de años que carga la protagonista, ¿desde cuándo un actor necesita delegar en el maquillaje lo que deberían ser sus herramientas de trabajo?

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