REISTENCIAS
La rabia que nos habita
Morelia está presa hace diez meses por defenderse de quien fuera su pareja, un varón que la violentó de todas las maneras posibles y, cuando ella logró escaparse, fue a buscarla e intentó ahorcarla. Morelia se defendió e hirió al violento, quien luego murió camino al hospital, pero en lugar de obtener la figura de legítima defensa, fue procesada por homicidio, estuvo detenida en varias comisarías y su situación está muy lejos de resolverse. Morelia es migrante boliviana, es pobre, madre de una beba de un año y lo único que pidió es llegar al juicio en su domicilio, algo que se le concedió recién hace dos días. Como Higui y las hermanas Jara, dos casos emblemáticos de autodefensa, estas historias vuelven a los cuerpos vulnerados de mujeres, lesbianas, trans y travestis: la revictimización de quienes quieren (y logran) sobrevivir pero son ajusticiadas por eso.

“Usted es encantadora, señorita, ¿está casada? ¿Es soltera? Estás buena, eres guapa, ¿la chupas? Bonitas piernas, bonito vestido, bonita sonrisa, lindo culo, antipática, repugnante, sucia zorra, sucia fulana, sucia puta, gorda, vieja, eres frígida, te descuidas, me das vergüenza, estás vieja... Pero, joder, ¡ocúpate de los niños! ¿Con quién estabas? Ve a cambiarte, pareces una puta, quítate el velo, pareces terrorista. No te muevas. Si gritas, te mato. Te voy a follar, te voy a romper la cara contra un muro, te voy a matar... Te gusta ¿verdad?, ¿quieres más? Te voy a hacer gritar, vas a ver... ¿Qué le hizo después? ¿Cómo estaba vestida? ¿Llevaba una tanga? ¿Ya había tenido antes relaciones con varios muchachos? ¿Dijo claramente que no? ¿Se defendió? ¿Son víctimas de violencia? ¡Rompan el silencio, hablen! Llamen al 911 antes de que sea demasiado tarde.

Las mujeres no tienen que aprender a combatir, sino desaprender a no combatir. Eso implica una ética de la autodefensa, un feminismo pegado al cuerpo –a cuerpos que saben exactamente lo que significa recibir un golpe–. Quizá ya es tiempo de habitar de forma diferente nuestros músculos. “Volver a hacer cuerpo con nosotras mismas es un feminismo cotidiano en el que se puede trabajar, a escala de nuestra carne, esta rabia que nos defiende” escribe la filósofa francesa Elsa Dorlin en Defenderse. Una filosofía de la violencia, recientemente traducido al español por Hekht, y pone sobre la mesa ese pasaje inmediato del supuesto halago al férreo violentamiento que implica una actitud esquiva, rechazante, o simplemente, el hecho de resistir la agresión. Tal y como lo ejemplifica el desprecio a un “piropo” que rápidamente se convierte en un insulto. En esa curva narrativa que se produce en la praxis y que cualquiera que la ha vivido puede describir con terror en el cuerpo es que se acomoda el comportamiento patriarcal, que tiene como sus patas educativas más efectivas la educación de las niñas, rosa y algodonada, lejos del trabajo corporal y la tonificación de los músculos. Si el Estado no protege a las víctimas de violencia machista ¿Cuántas víctimas menos habría si supiéramos defendernos? ¿Cuánta seguridad adquiriríamos si estuviéramos entrenadas para esquivar un golpe, salir corriendo, devolver con el propio peso la fuerza de una trompada? Sin embargo, cuando eso ocurre, como es tan inesperado, tan fuera de guión, las fuerzas de seguridad y la justicia amedrentan, acusan, señalan y disciplinan. En el caso de Higui, incluso, fue víctima de una violación correctiva el 15 de octubre de 2016, para “probar lo que es bueno” como le dijo alguno de sus violadores, y cuando logró defenderse de uno y lo hirió de muerte, la policía le dijo “¿a vos quién va a querer violarte si sos tan fea?”. La desprotección del Estado en todas sus variantes: una justicia que pega duro a quienes se defienden (como las hermanas Jara que estuvieron presas dos años por defenderse del abuso sexual de un vecino acosador o Reina Maraz, a quien apresaron sin conseguirle un traductor que le explique qué era lo que estaba pasando con ella y su destino ya decidido desde el vamos: ella había asesinado a su marido) y se ensaña particularmente con quienes exigen que sus derechos humanos básicos se cumplan.

Morelia Colque Carlos tiene 24 años, nació en Bolivia y vive en Buenos Aires desde los once. Hace dos años conoció a Brayan Daniel Huanca en el barrio Tongui, en Ingeniero Budge, y en enero de 2018 tuvieron una hija. El acoso era permanente, los golpes y aprietes de Huanta y su familia sobre Morelia eran insoportables. Ella ya no lo quiere contar pero su familia repone parte de esa historia de la que supieron todo una vez que ella estuvo detenida. Cuando Morelia logró escaparse con su bebita de dos meses, su ex la encontró e intentó ahorcarla. Morelia logró herirlo con un cuchillo. Pasó un patrullero por la casilla, Morelia estaba en shock y lxs vecinxs llamaron una ambulancia frente a la inacción de la policía. Cuando las fuerzas de seguridad supieron que la herida la provocó Morelia, la separaron de su beba y se la llevaron. En tiempo récord la causa fue caratulada como homicidio agravado por el vínculo, desconociendo todo el historial de violencia hacia Morelia, su testimonio clave para comprender qué había pasado ese día, por parte de un personal judicial, el del Juzgado de Garantías Nº 1 de Lomas de Zamora, que apenas un año antes había participado en una capacitación con perspectiva de género sobre legítima defensa. Mariela Velardez, del Frente Darío Santillán, relata el recorrido de Morelia durante estos diez meses por tres comisarías diferentes, el pedido de prisión domiciliaria que recién se concedió el miércoles porque no había pulseras electrónicas disponibles para monitorear la libertad asistida y recuerda el caso de José Arce, el femicida de Rosana Galiano que obtuvo el mismo beneficio pedido por la defensa de Morelia sin demasiados impedimientos. “Para todo hay que esperar meses y hacer millones de trámites. Fuimos logrando pequeñas cosas con mucho esfuerzo, primero que pueda ver a su bebé, que no la trasladen más de comisaría en comisaría, después que le den la domiciliaria, y ahora viene el pedido de cambio de carátula, pero realmente no creemos que sea fácil conseguirlo. Por eso es tan importante la visibilización del caso. Morelia estuvo diez meses aislada, las únicas personas que la pudieron visitar fueron su mamá, su papá y después su beba. El nivel de crueldad y castigo es ejemplar. Y ella solo se estaba defendiendo de una agresión” explica.

En Avellaneda, una de las escalas que tuvo su derrotero, Morelia entró en un estado de depresión profunda. “Empezamos a llevarle cartitas, comida, y remontó cuando se dio cuenta que no estaba sola, pero estuvo medicada. La trataron siempre como a una delincuente serial”. Ahora, el CELS está trabajando en su caso y la estrategia incluye denunciar otros episodios de autodefensa, como el de las vendedoras ambulantes que apresaron en Lomas de Zamora durante todo el año pasado y que frente a la mínima resistencia (la defensa de los productos que vendían) fueron golpeadas y amenazadas.

“Pero la reflexión siempre se vuelca sobre nuestras posibilidades. No nos asiste la justicia, no estamos habilitadas a defendernos porque somos criminalizadas y nuestras hijas ponen sus cuerpos en la calle pero no están protegidas más que por ellas mismas y sus estrategias de auto cuidado. ¿Cómo seguimos?” pregunta Velardez. Tal vez algo de esa respuesta esté en el libro de Dorlin pero el temblor en el cuerpo de Morelia seguirá y sigue en cada quien sobrevive al femicidio que se produce cada 33 horas en total connivencia con un Estado que mira para otro lado.

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