Talentos ocultos, de Theodore Melfi
Los números no saben de colores

“Presuntamente al que más sabe a la hora de ‘meter’ películas en los Oscar, esta vez al productor Harvey Weinstein le falló el cálculo, dejando la muy calculada St. Vincent fuera de las nominaciones”, escribía en estas misma páginas Horacio Bernades hace exactamente dos años, en ocasión del estreno local del largometraje anterior de Theodore Melfi. A los productores de Talentos ocultos –entre ellos el músico Pharrell Williams, quién además aporta un puñado de temas originales a la banda de sonido– no les fallaron los números en lo más mínimo, a pesar de las cualidades calculadas que comparte con esa película previa. Tres nominaciones no es poca cosa, particularmente en un año en el que deberá competir con otros dos films de “temática afroamericana”: Luz de luna, que lo sobrepasa en cinco casilleros en las diversas secciones de los premios, y la igualmente oscarizada Fences, dirigida y protagonizada por Denzel Washington.

Tradicional en su origen y estructura de film basado en hechos reales, ideológicamente inimputable en su descripción de la segregación racial en los Estados Unidos de comienzos de los años 60, atractiva por la temática histórica –los primeros pasos de la carrera espacial en las oficinas y talleres de la NASA– y con una precisión milimétrica para construir un verosímil naturalista en cada gesto de los personajes y elemento de la utilería, Hidden Figures es una película que difícilmente pueda disgustar en el sentido profundo del término. Un clásico caso de ingeniería cinematográfica. O televisiva, dada la alta vara de la producción para la pequeña pantalla existente de un tiempo a esta parte. Aunque la razón también para esto último puede ser otra, muy distinta: el de Melfi es un producto pensado para la pantalla grande que (y tal vez sea hora de cambiar ese paradigma) puede confundirse con un típico telefilm de antaño: el mensaje es más importante que el medio.

La saga de las chicas negras que trabajan diariamente en un salón segregado dentro del complejo de la agencia aeroespacial como “computadoras” –así las llaman, utilizando la más precisa definición etimológica–, comienza típicamente con una breve escena de la niñez de una de ellas: Katherine Johnson, niña prodigio del cálculo matemático, es becada para continuar sus estudios. Desde ese prólogo en los años 20, el film salta a lo que será el presente del resto del relato, durante los esforzados tiempos del Explorer I y el Friendship 7: junto a Katherine viajan en el auto, rumbo al trabajo, las también matemáticas Dorothy Vaughan y Mary Jackson, compañeras de cómputos y compinches en la vida fuera del ámbito laboral. El hecho de que sean detenidas momentáneamente por un policía por su color de piel no es un detalle menor, indicador temprano de las batallas que deberán luchar –tanto en el terreno público como en el privado– para vencer prejuicios, trampas legales y otra clase de obstáculos que les impiden realizarse por completo en su carrera profesional y, por ende, en sus vidas personales.

Son, desde luego, las figuras ocultas del título original; tan secretas como las “figuras” matemáticas (gracias a la polisemia en idioma inglés) que los físicos e ingenieros intentan develar para que un estadounidense logre finalmente orbitar con éxito alrededor de la Tierra. Una historia “inspiradora” –como gustan decir por aquellas tierras– con una aceitadísima y absolutamente empática encarnación de Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe. Las dos primeras, actrices con una larga trayectoria en cine y tevé; la tercera, actriz y cantante que inicia su carrera en la pantalla aquí y en la ya mencionada Luz de luna. Acompañadas por Kevin Costner y Kirsten Dunst, en roles jerárquicos diseñados desde el guión para romper –lenta, pero inexorablemente– con algunas de las reglas segregacionistas del lugar. El gag recurrente del personaje de Johnson corriendo, ida y vuelta, varios cientos de metros, para utilizar el baño de mujeres “de color” –mientras en la banda de sonido Williams canta “estoy harto y cansado de correr”– es sintomático del film en su conjunto: bienintencionado, amable a pesar de las aristas más oscuras de su temática, sobrecargado de un deseo de agradar al espectador a toda costa.

 

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