entrevista, Zurita cuenta los pormenores de sus últimos trabajos
Poeta en las nubes
Es autor de numerosos poemarios, obras de ensayo y en prosa, del CD Desiertos de amor. Participó de recitales de rock con la banda González y Los Asistentes y obtuvo el máximo galardón de su país, el Premio Nacional de Literatura. Raúl Zurita pertenece por derecho propio a la raza de los grandes poetas chilenos como Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Pablo de Rokha en adelante. En 2011 se publicó la monumental Zurita y ahora es el turno de otra obra no menos monumental: Alción presenta en dos volúmenes un nuevo y exhaustivo trabajo de la colección Archivos, impulsada por el Centro de Investigaciones Latinoamericanas de la Universidad de Poitiers. Obra poética (1979- 1994) supera las mil páginas con cinco poemarios y un libro más, hasta ahora inédito. En esta entrevista, Zurita cuenta los pormenores de sus últimos trabajos y habla acerca de sus motivaciones para seguir haciendo poesía, así en la tierra como en el cielo de Nueva York. O el desierto de Atacama.

“Arte y vida no son términos alternativos, constituyen el sentido y un programa”, escribió el poeta chileno Raúl Zurita, quien, entre otras grandezas, logró que se escribiera su poesía en los cielos de Nueva York –con un avión–, y en el desierto de Atacama –con excavadoras y otras máquinas–. Autor de decenas de poemarios, incluyendo Zurita, un volumen de más de 700 páginas publicado en 2011 y que lleva ya varias ediciones, ensayos y otras prosas, también ha grabado un CD, Desiertos de amor, y brindado recitales, con la banda de rock González y Los Asistentes. Premio Nacional de Literatura en Chile, Premio José Lezama Lima en Cuba, Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, entre muchos otros, Zurita ha solicitado: “¡Denme sus oídos! ¡sus ojos! Comencemos cantando amigos míos”. Esto, que pudiera parecer mera bonhomía, o viva sencillez, es, en verdad, una invitación a ver y oír lo que continuamente emerge de la historia: las ruinas que dejaron las catástrofes del siglo XX. Las represiones, genocidios y dictaduras, las violencias –con todos sus efectos–, que se contraponen al mismo tiempo, en la poesía de Zurita, a unas visiones magníficas, maravilladas, del imponente paisaje natural: océanos y ríos, montes, playas, cordilleras. Una geografía a la que se le canta, que se transforma y es metáfora infinita.

El poeta norteamericano John Ashbery (1927-2017) opinó tras leer por primera vez a Zurita: “la poesía que emerge es a ratos fría, abrasadora, ácidamente cruel y finalmente liberadora”. Desde la gran polaridad amor-violencia, Zurita, con profunda crudeza y humanismo, abarca así tanto lo internacional como lo nacional, y lo histórico-social como también lo personal-individual; una estética que es al mismo tiempo una ética de la supervivencia.

En nuestro país fueron publicados algunos títulos del poeta: In memoriam y Las ciudades del agua, por Audisea; INRI, por Mansalva, entre otros. Ahora, por la cordobesa Alción Editora, se ha publicado Obra poética (1979-1994), dos volúmenes que, juntos, superan las mil páginas –a lo que se suma una extensión, con más material, en un sitio web– y contienen cinco poemarios y un libro más, inédito. Gran trabajo coordinado por Benoît Santini, esta nueva publicación de la colección Archivos, impulsada por el Centro de Investigaciones Latinoamericanas de la Universidad de Poitiers, trae además un texto de Héctor Hernández Montesinos, “Un día, el siglo será zuritiano”, donde se filia a Zurita con los “clásicos locales” Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral y Pablo Neruda; y otro escrito, de María Elena Blanco, “Transitando por el universo Zurita”, donde dice: “esta obra se ha elevado y se seguirá alzando, a fuerza de amor constante e infinito desgarro en un mundo cada vez más salvaje”.

Raúl, el motivo de esta entrevista es la aparición de los tomos de tu Obra poética (1979-1994). Es una edición crítico-genética impresionante, pormenorizada, minuciosa, que cuenta con un archivo de manuscritos y otros documentos en internet. ¿Cuál fue tu rol ante esta propuesta, cómo colaboraste con todo esto?

–Es el trabajo de Benoît Santini, que pasó de ser un estudioso de mi obra a ser un gran amigo. La edición en dos tomos de la colección “Archivos” es realmente fuerte porque es el único libro de esa colección que se le hace a un autor en vida, lo que es un honor y un riesgo porque se supone que la obra ya no podrá modificarse. Está todo lo que hice entre el 79 y el 94, y en lo personal significó enfrentarme después de casi 30 años con los manuscritos que, en una racha de pobreza, eran años duros, le había vendido a un coleccionista. Dimos con el coleccionista, que le permitió fotografiarlas, pero fue un mazazo; eran casi seis mil páginas de textos escritos entre 1975 y 1990; en plena dictadura, con mapas, dibujos y, entre ellos, la versión original de La Vida Nueva que había olvidado por completo, y que concluye con la frase “ni pena ni miedo” trazada sobre el desierto de Atacama. Con eso se cerró una idea. El pintor Samy Benmayor, al ver el surco de las letras en el desierto, me dijo que eran iguales al surco de la cicatriz en mi mejilla quemada cuya fotografía es la portada de Purgatorio que fue mi primer libro.

¿Qué sentiste al recorrer tanto trabajo pasado, y luego al verlo plasmado en estos tomos?

–Fue fuerte ver la edición. En 1994, cuando sale La Vida Nueva yo tenía 44 años, hace tiempo que había dejado de ser un joven, pero entendí que con ella se cerraba mi juventud. Lo que me recordó la edición de Benoît Santini que se cierra ese año, es que ese mismo año comenzó mi vejez. Esa obra, Zurita, publicada por primera vez el 2011, aún no se termina.

Esta nueva publicación se suma a otras recientes; a trabajos académicos; al interés no sólo de lectores y colegas sino de artistas de otras disciplinas; a una permanente traducción de tu obra a diversos idiomas. ¿Qué significa esto para vos, y para la poesía en general, habiendo una clara hegemonía de lo audiovisual?

–Pienso solo que la poesía continúa siendo el gran género. Tal vez porque es el único arte inseparable de lo humano, es decir, es el único arte inseparable del dolor.

¿Y qué futuro creés que tiene la poesía? Nicanor Parra, con su “antipoesía”, la había hecho “bajar del Olimpo”. Vos propusiste (y la hiciste) “subir de nuevo”. ¿Qué puede o debería venir ahora?

–Parra está muy bien, lo sigo admirando. Al igual que los grandes sátiros, sus mejores antipoemas nos muestran que la poesía ha sido y seguirá siendo el canto que los seres humanos levantan desde sus derrotas; la derrota del amor en un mundo en que lo natural es el odio, la derrota de la solidaridad en un mundo en que lo normal es el egoísmo. Al oírlos de lejos, parece que fueran solo gemidos, pero si te acercas te das cuenta que son los cantos que emergen de esas ruinas. Pero, qué otra cosa es una cultura sino la suma de sedimentos que nos van dejando nuestras ruinas. La tarea, insisto, no era escribir poemas ni pintar cuadros, la única tarea era hacer de este segundo infinitesimal de vida que nos tocó vivir, una maravilla, la tarea era construir el Paraíso y ese fracaso lo cruza todo. El mundo es horroroso, mira cómo están los que están mal, pero es endemoniadamente fuerte, y un poema no existe si no es fuerte, si no tiene la tensión de nuestros cuerpos que se desgastan, que envejecen, que se mueren, que no son dios. Una poesía es nada si carece de fuerza, si no puede leerse en voz alta frente al mar. La historia son como las rompientes, los escritores juegan en esas orillas, nadie sabe a quienes se tragarán las olas, nadie sabe de antemano si su nombre tendrá la fortuna, como quería Borges, de ser borrado para siempre.

Quiero preguntarte por John Ashbery, quien se refirió a tu poesía, impactado cuando la leyó por primera vez. ¿Llegaste a conocerlo o tratarlo personalmente?

–Lo vi una sola vez, en 1983. La editorial norteamericana le había enviado la traducción de Anteparaíso y quiso juntarnos. Fue en su departamento en Nueva York, y recuerdo que me emocionó su pudor, su increíble timidez, se trataba de un poeta célebre, y hablaba sin alzar los ojos. En un momento lo noté preocupado por sus traducciones al castellano, no le habían llegado buenos comentarios. Yo le contesté que Hombre frente a un espejo cóncavo que había leído en castellano era un poema extraordinario y que él podía estar tranquilo, que hay obras que están más allá de sus traducciones como los sonetos de Shakespeare, que ninguna traducción, por ignominiosa que fuese, lograba derribarlos. Sí, pero yo no soy Shakespeare, me contestó. No lo volví a ver, no vivo en Estados Unidos. Otro poeta norteamericano me contó que me seguía, pero no quiero ser esclavo de mi vanidad. Después le leí La granja del norte (At the north farm) que, junto con La luz del mundo (Light of the world) de Derek Walcott y el reciente Está con (Be With) de Forrest Gander, es uno de los tres poemas norteamericanos que más me han conmocionado en los últimos años. Estuve con John Ashbery solo una tarde, pero a veces una tarde es una vida.

Pienso en una obra como la de Juan Luis Martínez. En su vanguardismo. ¿Creés que se mantiene la concepción de vanguardia en arte y en poesía?

–Juan Luis Martínez, es una de las caras más resplandecientes de la poesía chilena, pero ¿qué hacemos con Homero, será Homero de vanguardia? No, descreo absolutamente de la palabra vanguardia aplicada a la poesía y al arte. Lo que detesto de las autoproclamadas vanguardias artísticas es su insoportable autorreferencia, su creencia de que esa secuela de masacres, bombardeos, emigraciones, furiosos amaneceres y furiosos despertares que definen al mundo y a sus palacios ensangrentados, desde la destrucción de Troya hasta la pavorosa posibilidad de una guerra en Venezuela, tienen un componente estético y no moral. En suma, que la frase de Adorno sobre la imposibilidad de escribir poesía después Auschwitz es más importante que Auschwitz. No hay más vanguardia ni poesía que la vanguardia de nuestra desesperación y de nuestra esperanza. César Vallejo siguió el programa de su propia desesperación y rompió con todo, en Trilce las palabras son sus vísceras, son pedazos de carne, con el Pablo Neruda de las Residencias y de Las alturas de Macchu Picchu sucede lo mismo pero con signo inverso, ellos reinterpretan esa gran sinfonía que nos entregan los muertos, que es la lengua. Esos poemas fueron escritos porque no podían sino ser esos poemas y no porque obedecieran a un manifiesto estético. Romper con todo no es romper con la poesía que no te gusta de tu vecino, sino es romperte contra un mundo insoportable para poner frente a lo que es, lo que debería o lo que podría ser. Con Pablo de Rokha esa ruptura es incluso más absoluta, más radical aún y seré un sentimental, pero cada vez que leo El canto del macho anciano, termino llorando; es de los más grandes poemas trágicos de la poesía del siglo XX y de la historia del castellano. Esas obras expulsan los manifiestos porque son en sí esos manifiestos, expulsan las proclamas y los panfletos porque ellas son las proclamas y los panfletos. La única exigencia que se le hace al poema es una exigencia desmesurada, pero de eso estamos hablando, de la desmesura de suplantar al mundo para levantar el mundo y decirles a los sufrientes de tu aldea, aunque sea un mínimo consuelo, que las cosas no debieron ser así, que no está bien que hayan sido así.

Se sabe que entre tus planes hay un proyecto, desde hace varios años, de proyección de tus versos en los acantilados. ¿En qué situación se halla?

–En Chile, nunca permitirán que yo haga eso. Estoy vetado para los que detentan el poder, para los grandes medios. No soy de su bando, me negarán los recursos, no dejarán que algo mío resalte.

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