Opinión
Verdad, retórica y política

Apenas comenzado el siglo XX, el filósofo y matemático inglés Alfred North Whitehead lanzó una sentencia destinada a ocasionar un estrépito: "Toda la filosofía occidental es una serie de notas a pie de página de la filosofía de Platón".

Es dable pensar que esa contundencia sinóptica conlleva una fuerte cuota de reduccionismo, pero aun así toca una atendible fibra interpretativa. Recordemos que la duradera envergadura de la empresa platónica remite al primer intento sistemático por resolver dos de los grandes dilemas de la filosofía a lo largo de todo su extensísimo desarrollo. A saber, que es lo que permanece con respecto a lo que cambia, y cuál es el principio que permite unificar lo diverso.

Puesto de otro modo, los estados del mundo mutan todo el tiempo y la heterogeneidad de sus manifestaciones es incesante, pero sin embargo una absoluta inestabilidad de los conceptos haría imposible cualquier tipo de conocimiento y cualquier régimen de convivencia humana. Los ejemplos son incontables pero vale señalar  uno bien influyente. Las personas se expresan en diferentes razas, comportamientos e idiomas y son todas no obstante personas, y a su vez cambian de edad, aspecto y temperamento y son, pese a eso, siempre una misma persona. Se trata entonces de brindar fundamento a estas presunciones, que aunque inicialmente parezcan indisputables requieren un esfuerzo argumental históricamente sometido a intensas controversias.

Platón utiliza como instrumento para abordar estas problemáticas sus conocidos Diálogos, cuyo protagonista principal es Sócrates, a la sazón su gran maestro e inspirador. La estructura de estos textos es diáfana y se abastece siempre de una misma lógica, aunque centrados especialmente en asuntos de índole moral. En ellos Sócrates conversa con personajes destacados de su época, supuestamente conocedores y/o ejecutantes de algún valor o actividad (un militar para el caso de la valentía, un artista para el caso de la belleza). Procura con insistencia que esos expertos brinden una exacta definición de aquello en lo que con talento se desempeñan, esto es un concepto matriz que luego pueda ser aplicado a los casos particulares.

Sus interlocutores a cada paso fracasan, pues para explicar esos valores apelan a ejemplos imprecisos y contradictorios entre sí. La búsqueda socrática (y luego platónica) es patentizar que las personas califican permanentemente situaciones sin poder brindar el fundamento que las autoriza a hacerlo. Creemos saber lo que en realidad no sabemos o en todo caso es necesario reconstruir aquello de lo que hablamos sin poder específicamente definirlo.

La metafísica platónica, por tanto, se vertebra en torno a la convicción de que hay efectivamente una esencia de las cosas, universal, necesaria y permanente, y que la heterogeneidad y la mutabilidad del espacio mundano implican una forma degradada de ese saber superior. Desarrolla para ello su famosa teoría de los dos mundos, el de las ideas y el sensible, y es en el primero donde yacen esas verdades que el alma alguna vez percibió y luego olvidó al quedar entrampada en la cárcel de una corporalidad engañosa. Volviendo a Sócrates, sus compañeros de diálogo rodean una verdad sin poder precisarla porque sus almas recuerdan aunque vagamente el contacto con ese territorio que Platón denominará el de la episteme.

Estas posiciones platónicas, es fundamental mencionarlo, no recogen únicamente incógnitas del intelecto sino también las tempestades de un tiempo político que nuestro pensador seguía con preocupación y detenimiento. En aquellos años regía lo que luego se conoció como la democracia ateniense, régimen de deliberación pública donde todos los ciudadanos (excluyendo por cierto a mujeres y esclavos) debatían sobre los asuntos de la polis.

La palabra transitaba allí horizontalmente y de su uso diestro dependía que la voluntad colectiva se volcara en una orientación o en otra. El arte de argumentar devenía entonces primordial, pero ya no en el sentido socrático donde el objetivo era rastrear una verdad absoluta entre las penumbras de la conciencia del otro, sino con una perspectiva en la cual lo central era convencer a la comunidad sobre la conveniencia de una determinada decisión en base los dictados de la coyuntura.

En ese terreno, el de la argumentación astuta y sólida para persuadir ciudadanos en el contexto de un intercambio impredecible de opiniones, tomaban protagonismo los llamados sofistas, hombres expertos en presentar como verdadero lo que perfectamente podía no serlo. Platón observaba esa presencia como un síntoma deplorable de una organización política que estaba llevando Atenas a la decadencia y la perdición. Su teoría de los dos mundos y su obsesión por establecer un sistema de conceptos universales y necesarios no procuraba solamente resolver encrucijadas filosóficas que venían de Heráclito y Parménides sino también la recomposición de un orden jerárquico que parecía desbarrancarse. Debe gobernar el que sabe y no el que mejor argumenta. El Rey Filósofo.

La estridente sentencia de Whitehead recupera ahora su completo sentido, pues el tajante punto de vista platónico deja sentado un interrogante que a cada paso reaparece en el ámbito de lo político; y que hace alusión a la intrincada relación entre el portador de una verdad que se presume nítida e indisputable y la supuesta defección de un interlocutor en apariencia incapacitado para advertir lo impecable de ese concepto. Por supuesto que la mirada platónica presenta ese dilema clave de manera extrema, y por ello ha recibido a lo largo de la historia de la filosofía cuestionamientos sumamente incisivos, pero un punto su reflexión se mantiene incólumne. En el terreno de la cosa pública, toda fuerza política se estructura sobre la suposición de que algunos de sus principios describen con total solvencia la realidad, y el no advertirlo implica la necedad, la ignorancia o la mala fe del contrincante o el indeciso.

En la actualidad, la llamada posverdad funciona como la inversión radical de platonismo, pues lo que este imperio de las redes supone es que las palabras no trasmiten una realidad que las preexiste sino simplemente la construye, borrándose por completo el límite que separa lo correcto de lo incorrecto. La gimnasia retórica trabaja sobre un espacio intermedio, lo que quiere decir que trabaja sobre una tensión que puede resultar fructífera entre una cierta materialidad de las cosas y la capacidad de servirse de las armas del argumentar para permitir que esos núcleos duros de lo real se manifiesten con mayor transparencia.

Es obvio por otra parte que la democracia contemporánea exhibe rasgos singularísimos respecto del mundo clásico y aún de la primera modernidad. La pluralidad de los actores se ha incrementado, la diversidad de la opinión se ha extendido y los mecanismos de legitimación política se han complejizado. La idea de un Rey Filósofo hoy suena absurda y la propina insinuación de que alguna vanguardia racional pudiese establecer supremacías por su mera condición de tal ha quedado fuera de lo políticamente aceptable.

Sin embargo, un problema sustantivo queda firmemente en pie. ¿Cómo conciliar nuestras seguridades ideológicas y programáticas con la escucha de un ciudadano que se niega obstinadamente a admitirlas? ¿Cómo transmitir aquello de lo que no se duda a la experiencia vital de una compatriota que se mantiene imperturbable en aquello que consideramos un error intolerable? Desafío especialmente arduo en campañas electorales, que atravesamos asiduamente con los argentinos que aún mantienen expectativas en el pésimo gobierno del Presidente Macri. ¿Cómo penetrar allí sin arrogancia, prepotencia ni indulgencia? Pregunta clave que en pocos meses define el futuro de la patria.

¿Cómo demostrar que no hubo pesada herencia, que no íbamos camino a ser Venezuela? La mejor sugerencia pareciera ser la siguiente. No sobreestimar nuestras certezas, no dar nada por sabido, no dar nada por evidente, buscando los resquicios de verdad en aquel que está básicamente equivocado. Explorar, sin rendirse demasiado rápido, los límites del empecinamiento adversario.

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