Panorama político
El conventillo de La Rosada

 “Vuelve el sainete porteño alegre y sentimental –recita el presentador–, como en sus noches mejores a bordar viejos primores y a reavivar los colores de la gama natural”. Se abre el telón y se escucha en la oscuridad la voz del fugitivo Alberto Samid desde un refugio desconocido: “Yo no me entrego en Comodoro Py, hasta que Stornelli no se presente en Dolores y entregue su teléfono”. Se encienden las luces sobre un desangelado grupo de jubilados y jubiladas, un puñado apenas, solitarios y tristes, que llevan cartelitos en defensa del fiscal declarado en rebeldía igual que el empresario prófugo. Carlos Stornelli, ex jefe de seguridad de Boca Juniors, convertido por Peppino en fiscal moral de la República, elude a la Justicia con chicanas legales. La convocatoria en su defensa reunió ese grupo minúsculo y triste que actúa esa farsa que quiere ser épica republicana.

En la Casa Rosada, el Presidente, que    inauguró el Congreso de la Lengua dando gracias a Dios porque no hablamos la lengua argentina, ya está de regreso de Entre Ríos. Y allí defendió el uso de agrotóxicos en las cercanías de las escuelas, cuando en cinco años estarán prohibidos en toda la Unión Europea.

Es lo que escribió Armando Discépolo en boca de su personaje Peppino: “Es una disgracia. Me miro al espejo y no soy feo, pero me pongo a hablare y la embarro. ¡E para llorare!” Y su novia Sara, hija de Mustafá, que le contesta: “Sin embargo, a mí me gusta como hablás”. “Porque vo so buena –le dice Peppino– y me conocés el fondo. Pero, ¡paso cada calor!”

El sainete criollo no es criollo por casualidad. El mismo Discépolo decía que sus personajes no son caricaturas, sino “documentos”, testimoniales. Pero los personajes salían así, con trazo grueso porque el sainete existe en Argentina desde antes que lo inventaran. El sainete criollo surgió de las cabriolas vertiginosas de la vida en este país.

Como aquella que comenzó en la gran manifestación de los paraguas forzada por un grupo de fiscales entronados en próceres morales, tras el suicidio de Nisman. Parecía que así se escribiría la historia, hasta que se produjo la masiva marcha reciente en defensa del juez Alejo Ramos Padilla que citó al ahora devaluado fiscal Stornelli y su raquítica reunión de seguidores sin paraguas.

Otra vuelta en el aire dio la vida desde la ilusión del Olimpo de los dioses de la República macrista que crearon los medios oficialistas, hasta la realidad de un conventillo en la oficina del ministro de Justicia. Una reunión armada por el periodista oficialista Luis Majul entre el ministro Germán Garavano con Giselle Robles, defensora de Leonardo Fariña, un arrepentido de cualquier cosa que le digan. Se juntan para decirle a ella lo que tiene que declarar su defendido para involucrar a la ex presidenta Cristina Kirchner. En estos episodios, la No República de Cambiemos se muestra en todo el esplendor de sus falsedades, personajes mínimos, chantas, vivillos y títulos de fantasía.

O el ascenso exitoso del presidente de Boca a la presidencia argentina porque “como es millonario no va a robar”, hasta el descenso abrupto de este Macri en cuarentena por la catástrofe económica. El que iba a pasar a la historia como el imbatible que derrotó al populismo, pasó a ser el presidente de ahora al que los gobernadores aliados prefieren no llevar en sus boletas porque es un salvavidas de plomo. El campeón del Círculo Rojo, descartado como candidato por el club de los poderosos.

El acto deprimente en respaldo de Stornelli expuso la esencia de esa confusión entre griterío denuncista y épica republicana, o entre valentía fácil de patotero y gesta ciudadana. Una confusión inducida por los guiones de la guerra jurídica escritos por servicios de inteligencia, periodistas oficialistas y funcionarios judiciales. Los manifestantes zombies eran de verdad, no eran actores. La imagen que proyectaban era la de esa República de caricatura que les hizo imaginar la campaña mediática del oficialismo. El grupo era el esqueleto patético de esa ilusión de falsos principios y falsos próceres.

La historia se convirtió en sainete y sus protagonistas, desenmascarados. Perdieron credibilidad. Frente al Purgatorio desencadenado por las políticas económicas de su pupilo, el Círculo Rojo se muestra indeciso porque ve las encuestas. Están los que mantienen su respaldo al gobierno, sobre todo entre las favorecidas ex privatizadas y el mundo financiero. Algunos sugieren que también están las corporaciones que esperan la estatización de sus deudas en dólares o los que le tienen pánico al demonio populista. Otras, de las más importantes, ya sondearon a los candidatos de la oposición, incluyendo a Cristina Kirchner. Y otras, impulsan una tercera opción en la figura de Roberto Lavagna que aparece como “el candidato de la UIA”.

Lavagna dice que quiere ser el candidato de la unidad, pero ya rechazó a la mayoría del peronismo y a Sergio Massa. El de las candidaturas empieza a convertirse también en otro sainete porque se habla de candidatos que nadie está seguro de que lo vayan a ser. Cristina Kirchner mantiene el silencio, hay muchos rumores de que Macri se podría bajar a último momento porque las encuestas le dan cada vez peor. Y se habla de Lavagna, a quien se simboliza como un par sandalias con medias.

Los radicales negocian a dos puntas: si le sacan más a Macri, se mantendrán en Cambiemos, donde ya les habrían asegurado que un radical, Martín Lousteau, acompañará a Macri en la fórmula. Lavagna se quedaría sin radicales, de los que ya fue candidato. El sainete de estas idas y vueltas de alianzas y contramarchas se completaría así con el hecho insólito de que en las cuatro fórmulas más competitivas habría figuras importantes de los gobiernos kirchneristas. De repente, caramba, la fuerza dada por muerta y demonizada por haber hecho todo mal se convierte en la principal cantera de candidatos que prometen que van a hacer todo bien.

La moraleja sería: “en este país no hay que dejarse llevar por la corriente que se muestra”, “nunca hay que tomar en serio lo que parece evidente”, “siempre hay otra corriente subterránea que al final prevalece”.

Fue lo que le pasó a Massa con Lavagna. Los que lanzaron al ex ministro fueron el ex presidente Eduardo Duhalde y Luis Barrionuevo y su esposa, Graciela Camaño. El matrimonio es visceralmente antikirchnerista y se referenciaba en la fuerza de Sergio Massa, al igual que Marco Lavagna, hijo de Roberto. Massa creía que tenía la vaca atada. Los que lo conocen en el mundo de la política, saben que Lavagna es malhumorado y despreciativo en el trato, además de desconfiado.

Cuando habló de unidad y le preguntaron por el kirchnerismo dijo que quedaba fuera. Le preguntaron por las distintas vertientes del PJ y los gobernadores que, sin ser kirchneristas participan con esa fuerza en un proceso de unidad. También dijo que no. Massa lo fue a ver. Estaba dispuesto a resignar su candidatura presidencial y aceptar la postulación para gobernador bonaerense si perdía una interna con el ex ministro de Néstor Kirchner.

Lavagna también dijo que no, que eran proyectos diferentes. Y quedó claro que no está dispuesto a participar en ninguna interna con ningún candidato. Pero sería el candidato de la unidad y “de los más democráticos”, lo cual es coherente con esa cualidad argentina donde los militares dan golpes para defender la democracia y los republicanos manipulan la Justicia para perseguir a sus adversarios.

El respaldo que mantienen algunos empresarios con el gobierno a pesar del desastre, así como la expectativa que generó Lavagna en otros, demuestra que un sector importante de ese mundo no aprende de las desgracias. La gran y mediana buguesía de la industria no tiene capacidad para impulsar un proceso de industrialización sin el movimiento popular. Y la participación del movimiento popular establece condiciones políticas y económicas que un sector importante de esos empresarios viven como humillación o expropiación y prefieren las salidas del suicida. Allí no hay sainete. Hay un nudo.

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