Descolonizar la mirada
A veinte años de la muerte de Grete Stern, la valoración de su labor como fotógrafa se aprecia en una serie de eventos que la mantienen vigente: exhibiciones de sus series, un documental sobre su vida y una retrospectiva en el MOMA de Nueva York, entre otros eventos conmemorativos. Ahora se puede ver una nueva exposición de Aborígenes del Gran Chaco en el Centro Cultural Paseo Quinta Trabucco, en Florida; este trabajo, exhibido por primera vez en 1965, significó una ruptura con la mirada antropológica que primaba hasta entonces sobre los habitantes originarios de esa región. Y también permite asomarse a una historia increíble: la de Stern que, con más de 60 años, recorrió la zona a pie y en carreta, y se tomó cuatro meses para conocer a sus retratados.

Nombrar a Grete Stern en distintos momentos del tiempo le da un sonido diferente a su nombre. Su significado como artista cambia a medida que se conoce más ampliamente su trabajo, o que éste vuelve a inscribirse en alguna relectura por contemporaneidad, por su obra en sí, por las formas en su historia, por alguna de sus series o por la pronunciación de su nombre cada vez más cercano al alemán. 

Su fotografía compone memoria de época, visión personal más que autoral, pero también se presenta como objeto de estudio e incluso de mercado, según permea en cada presente, con ciertas tendencias o con la coyuntura. La ligazón con la Bauhaus, su vida y su obra leídas en clave feminista, su multiplicidad en el arte de la imagen y en los usos de la fotografía, su particularidad en el retrato, su pasión por el paisaje de las islas del delta del Paraná o ese viaje por el nordeste argentino –hecho casi todo a pie, cuando ya era una mujer mayor– y luego compilado como Aborígenes de Gran Chaco. Editado como libro por las fundaciones Antorchas y Ceppa en 2005 y expuesto por primera vez en 1965, apenas unos meses después de terminar la serie, en el Centro Cultural San Martín, este trabajo resultó seminal para la ruptura con la repetida mirada antropológica que primaba sobre los habitantes originarios de esa región. 

Fundación PROA presta el material que compone la exposición actual, montada en una casona que forma parte de la Quinta Trabucco, en Florida, provincia de Buenos Aires. Este espacio alguna vez fue hogar de una familia de inmigrantes italianos cuyo último heredero –el pintor Alberto José Trabucco– lo dejó en manos municipales para la creación de un centro cultural.  El curador de la muestra es Luis Príamo, protector de archivos fotográficos e investigador que acompaña, protege, analiza y pondera desde hace décadas el trabajo artístico de Stern. 

Las copias se muestran en formatos tradicionales, con las descripciones que la misma Stern determinó como epígrafes: Hombre Pilagá. La Bomba, cerca de Las Lomitas. 16 de agosto de 1964; Niña Wichí en la misión evangélica Asamblea de Dios, 24 de agosto de 1964. Esta decisión de la autora marcó entonces, y remarca hoy, la diversidad que se sigue queriendo desdibujar bajo generalizaciones que deshacen identidades. Incluso el título de la serie, que intenta abarcar una zona dentro de una región, procura una amplitud respetuosa alejada de las campañas religiosas, educativas y sanitarias que se procuraban desde el Estado. El censo argentino muy pocas veces abordó a la población indígena por grupos étnicos: en algunas ediciones se hacían sólo estimaciones generalizadas y en la mayoría, ni siquiera fueron censados.

Stern tenía casi 60 años cuando, convocada por la Universidad Nacional del Nordeste, comenzó a dar talleres de fotografía en Resistencia, Chaco. Durante ese período, a fines de la década del 50, recorrió pueblos cercanos –principalmente habitados por tobas–, que le darían el suficiente impulso como para insistir con un pedido de beca al Fondo Nacional de las Artes para cubrir los gastos de un viaje profundo que le permitiera retratar las vidas de sus residentes. En 1964 lo logró: recorrió a pie o en carreta cada lugar y se tomó cuatro meses para conocer a sus retratados. Tuvo que mostrarles qué era una fotografía para lograr que accedieran a los retratos, al seguimiento permanente, y que así perdieran el temor al accionar de la cámara  y su deriva.

Ciertas imágenes podrían ser las de un ensayo fotográfico hecho hoy: esto, más que actualizar las fotos de Stern, invita a reflexionar acerca de cuánto de la fotografía se mantuvo quieto y cuánto de la homogenización étnica se sostiene empíricamente. Camisas raídas abrochadas hasta el cuello, docentes blancos como las ropas impuestas, sorpresa y entrega en los rostros, manos que tapan la posibilidad de un registro, ceños fruncidos por el sol o por la mirada fija a pedido, mujeres hacedoras, hombres reunidos, rostros marcados, pintados. 

Grete decidió hacer fotos seducida por las imágenes de Edward Weston. A los 23 años, se mudó por su cuenta a Berlín después de estudiar dibujo y tipografía en Stuttgart, y junto a su amiga Ellen Auerbach inició un proyecto que fue estudio y productora (ringl + pit). Se inscribió en la escuela fundada por Walter Gropius, donde estudió con Walter Peterhans y donde conoció al fotógrafo argentino Horacio Copolla, con quien se casó en Londres poco después. Escapando de la persecución nazi, se mudó con él a mediados de los años 30 a Buenos Aires, donde vivió hasta su muerte en 1998. 

Stern eligió no solo naturalizarse argentina, si no habitar el país desde sus bordes y básicamente capturó los mundos que habitaba: el intelectual, el urbano, la periferia de un centro político y cultural europeizado, y además, también, lo negado. Se ocupó de difundir Aborígenes del Gran Chaco con la intención de dar a conocer formas de existencia y de creación, más allá del reportaje o de la autoría artística y más cerca del testimonio. Sin denuncia, pero con exigencia de visión sobre lo que permanecía indemne, ancestral. En las imágenes que tomó se percibe la frialdad de la marginación, como también la calidez endurecida por una resistencia lavada. 

Exponer ahora estas fotografías, más que plantear un eje de la historia, habilita la posibilidad de subvertirla. Permite, si se quiere,  romper la amalgama, el forzado crisol que le teme a la pluralidad. Verlas y tomarlas literalmente como imágenes del pasado pone en riesgo la certeza de la continuidad de las opresiones. El montaje visual, un envasado al vacío que se entrega como un legado artístico, quizás permita a los espacios de arte una legitimización a través de un nombre o de una temática; pero éste es un movimiento voluntario del observador: descolonizar algo más que la mirada. 

El aporte de Grete con éste, uno de sus últimos trabajos, impulsó modos de ver hasta el momento no tomados en cuenta para registrar más allá de la observación antropológica, y determinó caminos luego tomados por otros artistas a la hora de adentrarse en comunidades originarias con luchas presentes. Una de las artistas a las que Stern retrató fue María Elena Walsh, que a propósito de una muestra de la autora escribió un texto curatorial que destacaba que uno de los talentos de su quehacer fotográfico fue exaltar “las nadas y los algos”.

Aborígenes del Gran Chaco se puede visitar en el Centro Cultural Paseo Quinta Trabucco, 

Carlos Francisco Melo 3050, Florida, de martes a sábado de 9 a 18, domingos de 14 a 18.  Hasta el 28 de abril. 

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