Jornadas Profesionales para Ilustradores, en La Rural
“Ahora también hablamos de nuestros derechos”
A través de charlas, talleres y seminarios, los dibujantes dan cuenta de la realidad de un sector en expansión, más allá del abandono del Estado. Las jornadas seguirán hasta el viernes.
Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA.Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA.Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA.Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA.Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA.
Poly Bernatene, Lucía Vidal, Alexiev Gandman y Quique Alcatena, integrantes de ADA. 

Dibujantes, ilustradores, historietistas. Se llaman de un modo o de otro –según su campo de trabajo y su formación, desde las bellas artes o desde el diseño– pero todos hacen del dibujo su forma de expresión. Hasta hace un tiempo tenían tan poco reconocimiento, que sus nombres ni siquiera figuraban en los libros que ilustraban. Hoy es un sector en expansión en la ilustración, en el “boom” del cómic (o la historieta, para decirlo en criollo) y la novela gráfica, pero también en una cantidad de cuestiones que van desde los desarrollos digitales y los videojuegos hasta el diseño de juegos y de ropa, pasando por la animación, el muralismo, el street art y, claro, la publicidad. Antes de que la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires abra oficialmente sus puertas, ya están allí reunidos en las Jornadas Profesionales para Ilustradores, que comenzaron ayer y se extenderán hasta el viernes (ver aparte). 

No solo sus áreas de trabajo fueron avanzando en estos años: los dibujantes también han logrado organizarse y reconocerse como “profesionales” o como “trabajadores del lápiz” –esta última definición es de Carlos Nine–. Y así ADA, la Asociación de Dibujantes de la Argentina, que existe desde los años 40 pero nació más bien como un espacio de reunión social entre colegas (por entonces, todos hombres), ha tomado un nuevo impulso. No solo eso: Los dibujantes se organizaron y movilizaron hasta lograr en 2015 su Instituto Nacional de Ares Gráficas (algo similar a lo que se quiere tener ahora para el libro). Ya es ley (la 27.067), fue votada por unanimidad y hasta está reglamentada pero, increíblemente, desde entonces no se avanzó ni se destinaron los fondos para su puesta en funcionamiento. 

“Llegar a esa ley fue un esfuerzo y un trabajo que llevó cerca de diez años”, recuerdan reunidos en la charla con PáginaI12, en un bar de Plaza Irlanda, Poly Bernatene, Quique Alcatena, Lucía Vidal y Alexiev Gandman, miembros de la Asociación. El trabajo que resta, ahora, es lograr que esa ley sea. Pero también toda una cantidad de cuestiones que hacen a la profesión, y que no siempre son advertidas por los mismos dibujantes. Ni qué hablar por quienes los contratan. “Este es el momento de profesionalizar el dibujo. Hay muchas cuestiones que han jugado en contra, por ejemplo, que no existe en la Argentina una carrera universitaria de la ilustración, como en otras partes del mundo, más allá de algunas cátedras en la UBA. Cada ilustrador va por su cuenta, negocia por su cuenta. No tenemos una fuerza profesional y como hay muchos que recién están empezando, no entiendan cómo manejar el mercado. Y el mercado se aprovecha, bastante”, señala Gandman. Con varios años de experiencia, el dibujante publica en la Argentina y en el exterior, da clases y ha trabajado mucho en publicidad, animación, series televisivas como Art Attack y diseños como el de la etiqueta del vino Siete Vacas, que obtuvo más de un premio.  

–¿Qué implicaría esa “profesionalización?

Poly Bernatene: –Primero, figurar como autores, que nuestros nombres aparezcan en las tapas de los libros que ilustramos, por ejemplo. Eso de a poco se ha ido logrando, y es algo que nuestros referentes, los viejos maestros del dibujo y la historieta, no tuvieron en su momento. Eso implica que hay una autoría y se tienen que pagar derechos de autor. Hoy por hoy hay un tarifario de ADA para pautar presupuestos, que fija por lo menos un piso. En tiempos de crisis siempre es mucho mejor agruparse, reunirse para compartir experiencias, de las buenas y de las malas. 

Lucía Vidal: –¡Experiencias de todo tipo! Porque hay un montón de cuestiones prácticas, cotidianas, que hay que conocer. Es común recibir consultas sobre cómo hacer trámites en la Afip, porque todos somos independientes, y no existe la categoría ilustrador para el monotributo. Nadie sabe cómo hay que anotarse, porque figuramos adentro de rubros rarísimos. O se busca información sobre cómo hacer un contrato, qué impuesto tenés que pagar…

–Entonces van desde lo práctico hasta la cuestión identitaria…

P.B.: –Eso es algo que nos juega en contra, porque el primero en no creer que es un profesional, es el dibujante. El que dice: yo con esto soy feliz, y si me pagan, mejor. Estamos generando otra conciencia: somos profesionales y vivimos de nuestro trabajo. Lo otro, es un hobby. 

Enrique Alcatena: –Los cambios se fueron dando con los años a la par de los cambios del país. La Asociación de Dibujantes empezó como un club de colegas, con una función más bien social. Eran los hombres de ilustración, que se juntaban como amigos. Gente de la gráfica: Alejandro Sirio, Salinas, Lino Palacios, Garaycochea, que siguió siempre muy ligado a ADA… En los 70 se empieza a cambiar esto, no es solo una reunión de gente que trabaja de lo mismo, ya aparece una conciencia gremial. Se busca conformar un espacio que tenga que ver con nuestras necesidades como trabajadores de los medios gráficos. Y después hay muchos momentos, como en el país, y altibajos naturales… 

L.V.: –Y el desgaste mismo de la gente, porque somos todos voluntarios y exige un gran compromiso. Lo cierto es que se volvió a ese origen: no solo juntarnos para hablar de dibujo, sino de nuestros derechos. 

P.B.: –O las dos cosas. Recuerdo que cuando yo me hice socio, en el 2002, quería estar cerca de los que admiraba: Quique Alcatena, Carlos Nine, Garaycochea... Era como un lugar de pertenencia. Eso ahora es mucho más difícil de conseguir, porque estamos más dispersos, cada uno trabaja en su casa, somos más... Después de todos estos años de trabajo, me doy cuenta de que también tenemos que volver a las bases y generar esa camaradería.

–Dicen que siguieron los momentos del país. ¿Cómo es el momento actual?

P.B.: –Muy adverso. Hay un abandono del Estado. Nuestra ilustración es reconocida en el mundo y nosotros estamos trabajando para que lo sea aún más. Después de muchos años volvemos a participar en una bienal de ilustración en LIJ muy importante, la de Bratislava. Y estamos viendo cómo mandar copias a Bratislava, porque hay una ley que hace muy difícil que los originales salgan del país, se los considera obras de arte. Pero no se tiene en cuenta que estamos yendo a representar a la Argentina, y que esos originales salen para después volver, no para ser vendidos. Todos los países logran amoldar esa legislación, hay un Estado que arbitra los modos porque considera importante salir a mostrarse al mundo. El nuestro, no. Tampoco pone un peso: estamos juntando de nuestros bolsillos para las copias, para los envíos…

A.G.: –En mayo yo viajo a Oporto, me invitaron para dar talleres. El año pasado estuve en Guadalajara. En cada uno de esos viajes, soy un poco embajador de la ilustración argentina, lo asumo así y trabajo para eso. En esos viajes veo gente como los chilenos, a ellos el Estado les paga para ir a representar a su país, y así un montón de países. Yo fui porque me invitó la Feria, pero el pasaje no estaba cubierto, gestioné talleres para cubrirlo. Pura fuerza de autogestión. No debería ser así. Y otra cuestión: Yo publiqué este año un libro en España, otro en Canadá, el año pasado en China, en Alemania; ingreso dólares al país. ¿No es eso lo que se busca? Sin embargo te ponen palos en la rueda todo el tiempo, es una contradicción completa.

E.A.: –La historieta argentina también es muy famosa en el mundo. Pero si sos historietista, acá no tenés manera de subsistir, aunque afortunadamente hay emprendimientos muy interesantes, pequeños e independientes, en desarrollo. Pero necesariamente tenemos que publicar afuera. Y mientras tanto nadar en sopa de sémola, en nuestro país. 

–¿Qué pasa con el Instituto Nacional de Artes Gráficas?

L.V.: –Está creado, pero no existe. Se trabajó muchísimo, años, para su creación. Gustavo Mazali, un pope de la ilustración, fue uno de los que se cargó ese proyecto al hombro, dejó horas y días de trabajo, con todo un equipo. Hoy está viviendo en España. 

P.B.: –Después de todo ese trabajo, nos queda la tarea de ponerlo a funcionar. Con las autoridades de Cultura no hemos podido avanzar. Y había otro proyecto, el de lograr una asignación para los dibujantes que toda su vida trabajaron de manera independiente, y fueron gestores culturales. Porque en otra época no había contratos, aportes, nada. Es otro proyecto que nos queda pendiente. Todo se hace muy trabajoso y duro porque no tenemos sindicato. Por eso cuando enfrentamos situaciones como los despidos de Atlántida, todas las revistas que cerraron, no podemos hacer demasiado como sector, más que solidarizarnos, apoyar a los colegas como podemos.

–¿Por qué son dibujantes?

L.V.: –Yo soy feliz cuando dibujo, en esa acción de dibujar. No es siempre felicidad, me cuesta mucho, es toda una lucha interna, pero es una lucha que me gusta. Cuando lográs que te salga lo que tenés en la cabeza, transmitir eso que querías, es la felicidad. Me encanta trabajar con libros infantiles porque cuando yo era chiquita y veía las ilustraciones, me metía en ese mundo y la flasheaba. Ojalá alguien flashee con mis ilustraciones, que lo transporten a otro mundo como me pasaba a mí. También me han desafiado trabajos como los que hacía para una marca de ropa, los personajes de las remeras, justo mi hijo estaba en esa etapa, así que era como que dibujaba las cosas para él. Hoy hago juegos para estimular la creatividad, los de InfiniCuentos. Me da mucho placer ver que estoy haciendo crear a alguien, y hasta me he enterado que lo usan en psicología, con niños en situación de violencia, o con problemas de aprendizaje. Si con mis ilustraciones estoy ayudando a alguien a sacar cosas de adentro, si puedo hacer que alguien vaya más allá, soy feliz. 

A. G.: –Para mí es lo más lúdico que hay, es lo que me acerca a mi infancia. Hay trabajos donde no hay tanta libertad, pero siempre es un trabajo creativo. En mis clases siempre digo: jueguen, pásenla bien. Creo que me dediqué a eso porque disfruto de estar todo el tiempo con el tablero y cuanto más disfruto, las cosas mejor se venden. Esta profesión me abrió montones de puertas, impensadas para mí. Pero sobre todo me hizo disfrutar mucho. 

P.B.: –Yo descubrí que en la ilustración puedo contar cosas. Me hubiese encantado ser historietista, pero encontré en el formato libro una manera de contar cosas. Al ilustrador le gusta narrar, contar. Estudié Bellas Artes porque no había carrera de ilustración, pero yo necesitaba contar, y recuerdo que enseguida me ponía a hacer historias, antes que dibujos… ¡Y que en Bellas Artes me retaban! (risas).

E.A.: –Es que aún hoy los historietistas somos considerados un poco de un arte menor. Desde las bellas artes, ni hablar. Yo vengo del palo de la historieta, y en mi generación aprendimos sobre la marcha, trabajando. Eso es lo que he hecho toda mi vida. Nada más. 

Alcatena no hará gala, aunque se le insista, de los reconocidos y populares rumbos por los que ha ido ese trabajo. La revista Anteojito, o la mítica revista Skorpio, el gigante Marvel, o los dibujos de Conan el Bárbaro, por ejemplo. Así que eso es lo que ha hecho toda su vida.

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