Lo bueno, lo TRISTE y lo raro en la Bienal de Venecia
De todo como en Venecia
Un barco gigantesco que recuerda a los 800 migrantes que murieron en 2015 cuando intentaban alcanzar costas sicilianas es la obra más impactante. Pero hay mucho más. SOY recorrió los pabellones y trajo algunas imágenes que representan el espíritu del arte actual, a veces queer, a veces no.
El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios.El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios.El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios.El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios.El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios.
El barco pesquero es una obra sin nombre y sin inscripciones. La gigantesca obra que se pierde en el paisaje de los otros barcos, recuerda la injusticia y la muerte de migrantes libios. 

La ciudad de Venecia sucumbe a diario bajo las pisadas de miles de turistas marabuntas. Bajan de buques de cincuenta pisos o de lanchones que la conectan con su aeropuerto, o de los micros y trenes y tranvías que van y vienen. Para la época en que se celebran las aperturas de sus Bienales, el flujo de visitantxs regulares confluye con una patente y oxigenadora presencia juvenil de todas las calañas, detectable en los looks multicolores y en las barriadas con Moretti y hash que alumbran rincones clave del laberinto.

Vista guiada

La Bienal se divide en dos grandes áreas: la de Arsenale y la de Giardini. Allí, una cantidad de países ocupan sus pabellones nacionales respectivos, mientras que además cada área cuenta con una propuesta colectiva, cuya selección de artistas de todo el mundo recae en manos del curador de la Bienal. Si hubo una obra que apenas presentada se volvió emblema de esta edición, es el barco pesquero en el que más de 800 inmigrantes de Libia, se ahogaron en 2015 cuando intentaban alcanzar costas sicilianas. La nave apareció allí el exacto día de la inauguración, ubicada sin signos ni textos que expliquen su origen ni permitan discernirla del paisaje de astilleros que la rodea. Es, para muchxs, un barco más. 

Frente a semejante emblema de tantas barbaridades se divisa un café pop-up con sombrillas off-white y auspiciante hi-fi que aplaca la sed de quienes no se mosquean por tener que sentarse a metros de los baños químicos. Ristretto y brutalidad.

Christian Bedayán: La loca Perú

De Grindr y la otra sed

No son pocos los baños en que algunxs sabrán pescar alguna delicia local, en salmuera o con burrata. Hay para todes. Grindr entrega pero como reloj de arena húmeda, incluso en tiempos de profusión humana. En Venecia la posta no late ahí; basta cruzar mirada con cualquier carabinieri de ceja pulida o algún gondolieri picante de doble aro pirata para comprenderlo.

Yo lo hago yo lo vendo: Martine Gutierrez, Mary Katayama Y Zanele Muholi

Volviendo a lo que nos ocupa, en la propuesta colectiva del curador Ralph Rugoff en Arsenale asoma una serie de autorretratos fotográficos extraídos de la publicación fashion mejor ponderada,  firmados por la fotógrafa norteamericana Martine Gutierrez. En ellos honra su linaje latino y su transfemeneidad, volviéndose sujeta y objeta de deseo en escenas sugestivas que forman parte de una revista de moda “falsa” editada por ella misma el año pasado, y en cuyas páginas protagoniza cada pose de cada foto y de cada aviso, además de firmar el editorial. La nombró “Indigenous woman”, y a la vez que en ella indaga en su ancestría, también pone en jaque la posición desde la que se autopercibe como latinx al ser nacida y criada en los Estados Unidos.

Encajes, macramé de pelo, jirones indescifrables y trocitos de cositas: con todo esto e infinito más la japonesa Mari Katayama entreteje las prótesis que adornan sus piernas en cada autorretrato. Sobre un tablón con caballetes, una parva de esas piernas posibles aparece, marea acolchada, cordones de lana. No muy lejos, la fotógrafa sudafricana Zanele Muholi también es su propia modelo, en este caso profundizando el tono de su piel afro y recogiendo su cabellera en peinados que reversionan aquellos tradicionales de la región que habita, aunque exagerándolos y clavando en ellos tenazas o banquetas.

Batalla brasileña

Brasil ostenta uno de los pabellones más bellos de los Giardini, que fue aprovechado por Bárbara Wagner & Benjamin de Burca para mostrar dos videos y una serie de fotografías. Swingueira, batidão y brega son estilos de baile callejeros emparentados al funk carioca y que aquí, como en una comedia musical pero con onda, dan pie para que un par de grupos de bailarinxs no binarixs se enfrenten en batallas de coreografía soñadora y yires varios que atraviesan la cancha de básquet y la arena con pasto. Su pantera protagonista es cara de los pósters que el público puede llevarse y, ¡miracolo!, aparece en rostro y calzas flúo durante esa misma jornada a recorrer y ser felicitada por gente extraña con zapatillas Balenciaga.

Mari Katayama

Christian Bedayán: La loca Perú

Unas de las pocas otras voces de los géneros en disidencia aparece en el pabellón de Perú, desde unas mayólicas en las que se retrata a una comunidad de chicas trans amazónicas, quizás ficticia o no, y oriunda de Iquitos. Christian Bendayán recupera aquí en sus azulejos aquellos terceros géneros que la colonización necesitó suprimir. Como Brasil, Perú elige decirle al público top del mundo del arte: estxs somos, somos ésto, así de salvajes, así de presentes. Aledaño al hermano país aparece Ucrania. Allí cinco ¿performers?, cada quien en su escritorio de oficina con lámpara, intercom y papeleo, lee un texto diferente, todos sonando en simultáneo y pisoteándose por los altavoces de la sala. Cada tanto coinciden en nombrar algo tipo coro sin sincro. 

En el centro de la sala, dos videos muestran al avión de carga más grande del mundo, el Mriya, su interior preparado para transportar un objeto sagrado que contiene la información personal de más de 1400 artistas ucranianxs que forman de modo oficial –y simbólico– la nómina del envío a la Bienal. Mriya quiere decir “sueño”; la ex nación soviética se despereza.

Me trago toda todo: Jon Rafman

Hay otros destaques. Uno será la escandalizante saga onirica del canadiense Jon Rafman, cuya protagonista es una chica que baja tabletas de xanax intercálandolas con ketamina aspirada de una botella de gaseosa y que huye de percances animados tan imposibles y alucinados como una manada de furries crossfiteros que acosan chicas o una cabeza de bebé con alas de murciélago que la persigue mientras navega ríos de sangre sobre una balsa-cerebro-cíclope. 

Martine Gutierrez

Llorá por mí: Ed Arkins

La instalación de Ed Atkins en Arsenale  incluye una serie de videos en los que personajes animados en paisajes pseudomedievales lloran sin pausa y cuyos vestuarios, confeccionados hasta el último ojal, cuelgan por centenares en enormes percheros aledaños.

No llegamos a la fiesta que supuestamente ofrecían Ricky Martin y esposo en un yate; apenas supimos al día siguiente de ocurrida que Gucci hizo llegar a Venecia djs legendarios para la suya. Con rostro de trabajadoras del arte, eso sí, y lengua forjada, conseguimos acceder a algunos brindis de países ajenos y propios. Las ventanas que la mexicana Teresa Margolles hace vibrar con el retumbe de las desapariciones de mujeres y el tren que pasa por Ciudad Juárez allí siguen, en Arsenale, temblando. Alguien entra a la sala. Fotos. ¿Dónde regalan prosecco? 

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