El indie de Juan Wauters, un uruguayo criado en nueva york
El montevideano
Criado en el barrio más multicultural de Nueva York, el uruguayo Juan Wauters creció escuchando Ramones y Eduardo Mateo. Después de sumergirse en el indie yanqui, saliendo de gira con Mac Demarco, mezclando inglés con español en sus canciones y llegando a traducir temas de Los Piojos, Viejas Locas o Sui Generis, Wauters acaba de retomar su carrera solista con dos discos, uno de ellos –La onda de Juan Pablo– grabado durante un viaje por Latinoamérica, su música y sus músicos.

Sentado al piano en su casa de Queens, Juan Wauters se puso a tocar “El hombre de la calle”, de Jaime Roos, para un amigo gringo. No era el primero (Dani Umpi convirtió todo el disco Sur en North), pero cada verso que traducía le despertaba una memoria dormida: la ciudad, sus personajes, esa distancia que –como dijo el poeta– siempre es brutal. Cargó su mochila con El montevideano, la biografía firmada por Milita Alfaro, y se puso a recorrer el continente. Descubrió que un motor y un espejo podían ser la misma cosa. “Me sentí muy identificado con Jaime”, dice Wauters. “Más allá de las canciones, su vida es una obra de arte. Jaime volvió a Montevideo después de la dictadura y, aunque el país estaba súper pobre, supo canalizar el sonido de la ciudad. Un ambiente que leí en el libro y siento en las historias de mi viejo”. 

A mediados de los noventa, mientras los países del Río de la Plata eran como un Titanic que se dirigía hacia su iceberg, Wauters era un adolescente que surcaba Montevideo en bicicleta y se asomaba a un circuito under donde reinaban grupos como los Buenos Muchachos. La crisis quebró el edén familiar y, en el año 2000, su padre Alberto hizo las valijas y puso rumbo a New York. Un año después, cuando finalmente terminó la secundaria, Juan fue enviado tras sus huellas para trabajar en una fábrica de marcos y allanar el camino del resto. A fines de 2002, la familia completa estaba instalada en Jackson Heights, un barrio multicultural de Queens donde podían comprar bizcochos en una panadería uruguaya y buen asado en una carnicería argentina. Allí, entre los hijos de los migrantes y las aulas del Community College, Juan comenzó a tejer su propio capullo.

“Le tengo tremendo amor a este lugar”, apunta. “No puedo hablar en general, pero algo divino de mi experiencia en New York es que nunca tuve que esconder mi manera de ser para entrar en un círculo. Ni tomar mate o ver un partido de Uruguay a escondidas. Todos encantados de que yo fuese diferente. En mi grupo de amistades, siempre se valoró mucho la diferencia porque sentimos que nos hace más grandes. Yo les mostraba el killer rock de los Chicos Eléctricos y concordaba mucho con todos, porque estaba cantado en un inglés medio charrúa que era parecido al inglés que yo estaba empezando a hablar”.

Al cabo de un tiempo, todo ese tráfico cultural entre discos de Eduardo Mateo y los Ramones propició el nacimiento de The Beets: su trío con José García (bajo) y Melissa Scaduto (batería), que fue fichado por el sello Hardly Art y celebrado por los críticos de Pitchfork una década atrás. Los Beets tenían todo para ganar, pero se separaron dejando tres discos y una pila de conciertos en fábricas abandonadas. Con el sabor amargo en la boca, Wauters revisó los casetes que había grabado en su estudio casero, compuso las canciones de North American Poetry (2014), que cerró con una lectura mántrica y low fi de “Ay ay ay” de Los Piojos. “Me volví a sentir solo en el mundo, como cuando había llegado a New York”, recuerda. “Las letras de mi primer disco reflejan esa sensación: lo importante que es sentirse orgulloso de ser uno. El universo de mi creación sucede en los momentos en que encuentro conexión con lo que vive dentro de mí”. 

El sello Captured Tracks lo puso a girar con Mac DeMarco y Juan amasó un repertorio donde tenían lugar algunas piezas en español y hasta versiones en inglés de “Todo terminó” de Viejas Locas y “El show de los muertos” de Sui Generis. La edición de Who me? (2015) no solo lo fotografió en esa transición, sino que lo lanzó a tocar por Europa y lugares tan recónditos del planeta como Argentina. “También me llevó a tocar por primera vez en Montevideo, que fue un quiebre en mi vida”, cuenta. “La música, que había sido la manta que me protegió en aquel momento de soledad, ahora era el instrumento que me devolvía al lugar del que fui desterrado. Fue el cierre de un círculo. Significó mucho que los músicos de Montevideo me recibieran bien, porque yo fui con incertidumbre: ‘¿qué pensará la gente de mí? ¿quién es este que se hace el gringo, que se hace el gil?’ Ser acogido por ellos me llevó a tratar de descubrir a este Juan Pablo. Cuando me mudé a los Estados Unidos perdí el Pablo porque no existe el segundo nombre o el nombre compuesto, pero en Montevideo soy Juan Pablo Wauters”.

Movilizado por la experiencia, grabó una tanda nueva de canciones (que se transformaron en Introducing Juan Pablo, que sale a fin de mes, e incluye “El hombre de la calle”) y paró la pelota. “No me gustaba la idea de salir de gira y grabar un disco, salir de gira y grabar un disco. La música es una manera que tengo de interpretar la vida. Toco ‘de manera profesional’ porque es lo que me mantiene, pero igualmente lo hubiese hecho aunque no diera fruto económico. Así que pude poner ese disco en la heladera y seguir con mi vida. Empecé a hacer grabaciones en otro contexto y ahí surgió la idea del viaje”.

Armado con un estudio móvil de cincuenta kilos, Wauters encaró un periplo de siete meses por Latinoamérica y registró las canciones de La onda de Juan Pablo –su demorado tercer álbum, el primero totalmente en castellano, que salió a comienzos del 2019– acompañado por músicos de cada parada: Argentina, Uruguay, Perú, Chile, México y Puerto Rico. Así, en la Plaza Garibaldi del DF conoció al ensamble callejero que lo acompaña en la ranchera “A volar”. En el Charco Azul de Guavate escuchó al dúo de boleros que le sugirió el mantra de “Guapa”. También hay candombe, blues chilango y aires de milonga, pero el candor de Juan y su personalísimo sentido del humor y la afinación unifican el repertorio. Los géneros son una ilusión. “Se lo comentaba a todos los músicos: ¡no quiero tocar estilos! Esos músicos con que grabé ‘Guapa’, por ejemplo, tocan bomba y plena y salsa todos los días. Sería una falta de respeto ir a su país y hacer una canción así. Entonces la idea era que los músicos y yo nos encontráramos en un punto medio: ellos con su tradición se acercaban un poco a mí y yo me acercaba un poco a ellos”.

El roce de esas piedras es una pregunta en dos tiempos. Canciones como “El señor” producen, en una primera instancia, esa misma sonrisa condescendiente que arranca la inocencia beat de los primeros Gatos o la parte más cándida de los 107 Faunos. Sin embargo, apenas bajamos la guardia, Wauters hace su pase de magia y dibuja una melodía como un vaso de agua. Diáfana, precisa, elemental. Siempre igual, siempre diferente.

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