Doubles vies, de Olivier Assayas, con Juliette Binoche
Una ficción narrada como autoparodia
Comedia dramática matrimonial y burguesa, o falso thriller, o comedia sin chistes, todo vale como ejercicio del director francés.
Es una película llena de juegos narrativos y formales.Es una película llena de juegos narrativos y formales.Es una película llena de juegos narrativos y formales.Es una película llena de juegos narrativos y formales.Es una película llena de juegos narrativos y formales.
Es una película llena de juegos narrativos y formales. 

 

A esta altura de la carrera de Olivier Assayas, una obra que incluye títulos como Irma Vep, Los destinos sentimentales o la subvalorada Carlos, podría pensarse que una película como Doubles vies resulta “menor”, en el sentido de escasamente relevante. Es posible argumentar esa idea y proponer que esta comedia dramática matrimonial y burguesa, radicada en ambientes cultos y literarios, con sus juegos de ficciones, realidades y “auto ficciones” (no casualmente el título internacional es Non-Fiction), es un divertimento algo superficial. El problema con esa aseveración, como parece indicarlo la gracia misma del film, es doble. Por un lado, porque deja de lado las aristas más lúdicas, usualmente ligadas a los juegos narrativos y formales, de una buena parte de la filmografía del ex crítico y realizador francés, de Demonlover a la reciente Personal Shopper. Por el otro, porque cierra los ojos ante una evidencia: la autoconsciencia reflexiva, la historia que se narra a sí misma como autoparodia.

Entre otras cosas, Doubles vies es un falso thriller, un engañoso acercamiento al género abortado por la escasez de raíces, principal impedimento para que ese universo fácilmente reconocible termine de desarrollarse (en Boarding Gate el resultado era equiparable, pero siguiendo el camino opuesto: la saturación de lugares y situaciones comunes). El cuarteto de personajes centrales está integrado por dos parejas. Alain (Guillaume Canet), el editor de una prestigiosa editorial literaria, indeciso a la hora de cruzar definitivamente la frontera del papel y la encuadernación tradicional y lanzarse hacia el mundo digital, y su esposa Selena (Juliette Binoche), una actriz que en los últimos tiempos ha conocido algo parecido a la fama, gracias a su participación en una serie televisiva policíaca. Por el otro, Léonard (Vincent Macaigne), escritor de moderado éxito que no logra escapar de las trampas de la novela semiautobiográfica, y su novia Valérie (Nora Hamzawi), la asistente de un político de izquierda en pleno ascenso.

La historia no se desarrolla sobre la superficie de ese cuadrilátero. Más bien, las líneas que le dan forma se cruzan –a veces casual y tangencialmente; en otras ocasiones, de manera muy íntima– y se solapan, admitiendo asimismo el ingreso de otras siluetas secundarias, que adquieren una relativa influencia en las acciones de los personajes principales. Es así que la descripción de la dinámica de las dos parejas, muy diferentes entre sí, corre en paralelo a una enorme cantidad de conversaciones –profundas algunas, otras triviales– sobre las formas contemporáneas de la trasmisión de noticias y conocimientos, la escritura y las formas de crear textos, el acceso analógico y digital a la literatura o la obsesión actual (exacerbada por la virtualidad de las redes sociales) de elevar los sentimientos y los actos de fe ideológicos por encima de la reflexión y el análisis de hechos concretos. En un simposio sobre libros digitales, Alain los describe al pasar como “libros desmaterializados”, toda una definición filosófica de la palabra escrita sin soporte físico.

En el fondo, Double vies no es otra cosa que una comedia costumbrista a la cual se le han eliminado todo el humor directo y explícito y los rastros del vodevil, entendido como retrato cómico de tipos y situaciones. A la angustia de los personajes, evidenciada en parte por el exceso verbal que parece consumir sus vidas cotidianas, la película comienza a administrarle ligeras dosis de humanidad, una frescura que, lentamente, comienza a envolverlos de diversas maneras. Hacia el final del viaje, resulta claro que Assayas logró nuevamente transportar al espectador a otro de sus cuentos mentirosamente simples y directos, en un film que se permite coquetear con el absurdo en una escena y desnudar miedos y fragilidades humanas en el siguiente. O incluso hacer un chiste sobre felaciones públicas en referencia oblicua a La cinta blanca, nada más y nada menos que la quintaesencia del cine europeo circunspecto e importante.

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