El dueño del sonido

Con más de cuarenta años de sonidista profesional, Carlos Melero se ganó un lugar clave en la historia de la música en vivo en la Argentina. Técnico favorito de Astor Piazzolla, sus micrófonos y consolas permitieron que las músicas de Stan Getz, Sarah Vaughan, el Modern Jazz Quartet y Keith Jarrett –entre decenas de estrellas jazzísticas de paso– pudieran llegar de manera clara y equilibrada a un público exigente. Durante todos los miércoles de junio, en el CCK, Melero recordará anécdotas y presentará grabaciones de los conciertos que sigilosamente supo registrar a lo largo de los años. Aquí, a manera de anticipo, cuenta sus recuerdos de cinco visitas legendarias.

Duke Ellington

Teatro Metro, 1971

En aquel tiempo los conciertos siempre se iniciaban a telón cerrado. Primero la orquesta arrancó con el saludo musical, mientras Blackie reseñaba los antecedentes de tan ilustre visitante. Ya sentado al piano, Ellington le agradeció con deferencia (“Thanks, Mrs. Efrom”), como si se conocieran de antes. Fue un concierto inusualmente largo para aquel tiempo: algo más de dos horas. Hubo un número especial para lucimiento del trompetista Cootie Williams, pero lo más impresionante fue el final. Después de varios minutos de aplausos, Ellington reapareció y tocó solo en el piano “Lotus Blossom”, un tema de Billy Strayhorn. Fue algo conmovedor; era uno de mis primeros trabajos como sonidistas, y Ellington, uno de mis héroes. Pero la cosa no terminó ahí. Hizo regresar a sus músicos y ejecutaron una parte de su “Togo Brava Suite”.


Count Basie 

Teatro Opera, 1969

Definitivamente aquella no era una orquesta que necesitara amplificación. Por entonces yo era empleado de la casa de audio Holimar. Nos llamaron a último momento del Ópera porque Basie estaba disgustado por la forma en que se estaba haciendo el sonido. En realidad, lo único que él pedía era un micrófono para hablarle al público y otro para que los solistas hicieran sus improvisaciones. Cumplimos con su deseo, y entonces me dije: “esto lo tengo que grabar”. Mi única preocupación era el piano. Basie tocaba con un sonido chiquito, que luego contrastaba con el de la orquesta. Instalé entonces cerca del piano un micrófono Neumann. Pero la verdad es que el sonido del concierto fue mérito del arreglador; su escritura para los distintos instrumentos permitió que todo sonara perfectamente, sin necesidad de artilugios técnicos.


Dexter Gordon

TMGSM, 1981

Vi en el ensayo cosas inesperadas. Por ejemplo, el camarín lleno de latas y botellas de cerveza vacías. Dexter se paseaba por ahí con sonrisa extraña. Un amigo me calmó y me aseguró que cuanto más bebía, mejor tocaba. Llegado el momento salió a escena arrastrando los pies. Y dijo, balbuceando: “Señoras y señoritos, vamos a tocar un tema de Parker”. Fue un concierto fantástico, que terminó con un tema de Monk. Nos impresionó mucho el pianista, Kirk Lightsey. Tocó un solo de... ¡18 minutos! Afortunadamente pude grabar todo el concierto. Muchos años después Lighstsey volvió a la Argentina. Le obsequié la cinta y se volvió loco. Estaba emocionado. Me regaló una botella de vino. Volvió a tocar muy bien, pero no como aquella vez.


Bill Evans

Gran Rex, 1973 y TMGSM, 1979

Bill Evans vino dos veces al país, en 1973 y en 1979. Mi concierto preferido fue el primero, cuando en su trío estaban el contrabajista Eddie Gómez y el baterista Marty Morell. Fue en el Gran Rex, en junio del 73. Todos quedamos muy impresionados con Gómez, un músico increíble, por entonces muy joven. Hice sonido con Helen Kane parada a mi lado. Kane era la manager de Evans, se hacía cargo de todo. Hicimos buena relación, le gustó la forma en que trabajé. Al terminar el concierto nos fuimos todos a comer a El Tropezón; seguramente aconsejados por alguien de la producción local, los músicos pidieron puchero. Seis años más tarde, Evans volvió a Buenos Aires, y me contrataron para que le hiciera el sonido de su actuación en la Sala Martín Coronado. Pero ya no era el mismo. Tenía las manos hinchadas por las drogas (se inyectaba entre los dedos). Parecía un boxeador... igual tocó maravillosamente bien. Contra mi voluntad, el contrabajista Marc Johnson insistió en usar su equipo Bose. También recuerdo los grititos de entusiasmo que Enrique Villegas pegó en medio de la música.


Ella Fitzgerald 

Opera, 1970

Cuando trabajaba con cantantes yo ponía varios micrófonos para que la intérprete pudiera elegir el que prefiriera. Ella eligió uno rojo, ¡porque había optado por un vestuario rojo! Desde luego, también grabé aquel concierto, pero sucedió algo inesperado. Tuve que instalar mi consola dentro del escenario, por una disposición del teatro. Cuando en el ensayo Ella cantó un blues, modifiqué un poco la ecualización para que sonara más grave. Entonces el productor argentino me dijo que lo dejara como estaba: así se lo había ordenado Norman Granz, manager de Ella y célebre mecenas de jazz que andaba por ahí. Yo insistí en que era mejor darles un toquecito a los graves. Finalmente, Norman Granz me encaró y me dijo: “Usted deje las perillas como están, váyase a tomar un café y regrese cuando empiece el concierto”. No tuve más remedio que hacerle caso. Más tarde, al darse cuenta que con mi Revox había grabado el concierto, me pidió la cinta prestada para oírla. No la recuperé jamás.


El ciclo Melero: la memoria sonora del jazz en Argentina se realizará todos los miércoles de junio en la Cúpula del CCK, Sarmiento 151. Las entradas gratuitas se podrán retirar personalmente a partir del jueves anterior a cada fecha hasta agotar la capacidad de la sala. También se podrán reservar a través de www.cck.gob.ar. A las 21.

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