Yo tenía 9 años cuando mis padres me llevaron al estreno en el cine Rex de Paraná (sí, cine Rex). La vi en la primera fila: por ese entonces veía todo en la primera fila, pegado a la pantalla. Todavía me gusta estar cerca, pero con los años uno de a poco se va alejando y prefiriendo las butacas más retiradas, como si el tiempo nos fuese haciendo tomar distancia de esas aventuras que suceden allí y que cuando se tiene 9 años son tan posibles como cualquier vaivén cotidiano. 

No se qué pasó exactamente esas dos horas en la isla Nublar, en compañía del paleontólogo Alan Grant, la paleobotánica Ellie Sattler, el matemático Ian Malcolm, el millonario y creador del parque John Hammond y sus nietos Lex y Tim, pero lo que ví esa noche en la sala del cine Rex definiría el resto de lo que iba a suceder en adelante. Nada en el mundo podría jamás compararse con escapar de un T. Rex en plena tormenta. Darle de comer a un Brachiosaurio desde la copa de un árbol. Correr en medio de una estampida de Gallimimus o esconderse de los Velociraptores en la cocina. 

Esa mezcla de fascinación y terror que la presencia de un Velociraptor era capaz de provocar. Y lo mejor de todo: los dinosaurios existieron. El ADN era real y Spielberg, Sam Neill, Laura Dern y Jeff Goldblum eran como mi familia. Desde entonces no había duda de que esa noche en el cine Rex había asistido a una revelación de mi vocación, así que decidí que quería ser paleontólogo: como Alan Grant, admirar y escapar de los dinosaurios. La vi más de 200 veces hasta que el del videoclub ya por vergüenza de cobrarme siempre por la misma película le ofreció venderle el VHS a mi padre. Algo que él accedió sin dudar. 

Tenía todo tipo de merchandising. Figuritas. Juguetes. Videojuegos. Los libros de Michael Crichton (luego se convertiría en uno de mis autores favoritos de siempre) y hasta escribí una secuela de Jurassic Park y le mandé una carta a Steven Spielberg recomendándole la trama para una segunda parte. Escribíamos junto con mi amigo Gastón... ¡y años más tarde veríamos cómo una escena de The Lost World coincidiría exactamente con lo que habíamos escrito!.

Todo marchaba bien entre los dinosaurios y yo hasta que en una visita al pediatra en la que me dijo, con muy poco tacto: “Pero para cuando vos seas grande ya van a haber desenterrado todos los huesos que queden ahí abajo”. Una idea me persiguió por días: no podía entender cómo podía tener tan mala suerte, haber nacido con una vocación y un deseo tan desfasado a mi tiempo. Como dice Grant en la película luego de ver a los dinosaurios vivos: “Creo que nos quedamos sin trabajo” (a lo que Ian Malcolm le contesta: “¿No querrá decir extintos?”). Si eso llegara a ser cierto, era un muy mal chiste del destino. Nada quería más yo que desenterrar dinosaurios, y ahí estaba, encerrado en la escuela primaria mientras todos los paleontólogos del mundo en actividad descubrían los que quedaban por descubrir. 

Supongo que no me quedaba otra que adaptarme y evolucionar. Entonces pensé que si no era posible ser Alan Grant o Ian Malcolm, ni iba a poder pasearme por Jurassic Park, tal vez lo mejor era “hacer” las películas donde los dinosaurios y mis personajes favoritos habitaban. Y decidí que iba a hacer cine. 

Por suerte finalmente hacer cine es bastante parecido a escarbar huesos de dinosaurios. Ciencia y magia (y aventura) se mezclan en el cine. Uno no precisamente hace una película, sino que la descubre. Como cuenta Stephen King en su único libro de teoría: Uno encuentra las historias, los relatos, como fósiles enterrados. A veces encuentra solo un huesito de un pequeño animal y otras todo un Tiranosaurio completo. En uno está el olfato para saber donde buscar, pero sobre todo, y aquí imagino el oficio aparece, el saber usar las herramientas adecuadas para desenterrarlo en el mejor estado posible y sin dañarlo. 

Uno siente una conexión, una necesidad tan fuerte por ver en la pantalla ciertas historias, ciertas imágenes, sin saber bien por qué, aún cuando cada tanto lo invada a uno el miedo de haber llegado tarde. El año pasado se cumplieron 25 años del estreno de Jurassic Park y resulta que todavía hay muchos esqueletos de dinosaurios por desenterrar.

Luego de más de diez años de hacer películas muy lejos de Alan Grant, y Ellie Sattler y aprender que el cine era mucho más vasto y complejo, creo entender por fin qué significó ese gran cambio que Jurassic Park trajo a la historia del cine, de los VFX y sobre todo a la mía, esa noche de junio en el cine Rex. Jurassic Park, 25 años después me insta a volver a acercarme a la pantalla. Y sentarme en primera fila. 

Los dinosaurios son sin duda los mejores y más admirables monstruos, porque existieron. Ese punto de cruce donde la magia y la ciencia se encuentran. Eso nos recuerda Jurassic Park, los dinosaurios y el cine. Nos devuelven en un doble movimiento nuestra dimensión real y la posibilidad del mito. La posibilidad de la aventura y del asombro. Nos dicen que el mundo que habitamos es tan fascinante y plausible, como unos Raptors en la cocina.


Iván Fund

Sus películas han participado de festivales como Cannes, Rotterdam, Viena, BFI Londres, Busan, Bafici, La Habana, Mar del Plata y Nantes, entre otros, recibiendo diversas distinciones. Además de dirigir sus propios proyectos, trabaja como productor, director de fotografía y montajista. Actualmente está presentando su último largometraje, Vendrán lluvias suaves (2018, premio especial del jurado de la Competencia Internacional en el 33º Festival de cine de Mar del Plata) y preparando su próxima película.