ENTREVISTA
Tierra en la boca
Novela inaugural de la docente feminista Dolores Reyes, Cometierra se atraganta, grita y denuncia los femicidios a través de su protagonista, una adolescente capaz de escuchar a las víctimas y sobrevivientes de ese universo donde la violencia licua cualquier anhelo. Pero también donde se vuelve a poner en carne viva aquello que todos los días pretende borrarse como si fuera materia de descarte.
Imagen: Jose Nico

Dolores Reyes trabaja en la Escuela 41 de Pablo Podestá. A 150 metros, dice, está el cementerio. Allí están enterradas Melina Romero y Araceli Ramos. Melina tenía 16 años. En 2014, su cuerpo fue encontrado con signos de abuso cerca de un arroyo en José León Suárez. Araceli tenía 19 años. En 2013, su cuerpo fue encontrado en un terreno de Tres de Febrero, adentro de bolsas de residuos. A ellas, víctimas de femicidio, y a las sobrevivientes, está dedicada Cometierra. Se trata de la primera novela de Dolores, editada por Sigilo y con una portada bellísima de la ilustradora Jazmín Varela. Desde la primera línea, Cometierra hunde a sus lectorxs en un universo oscuro, fascinante, que interpela por su diálogo con esta época. 

Allí se cuenta la historia de una chica sin nombre, que vive en el conurbano sola, junto a su hermano. Su madre fue asesinada por su padre, que está preso o no se sabe dónde. Cuando come tierra que haya sido pisada por una persona desaparecida, ella tiene visiones que le permiten saber si esa persona está viva o muerta. Y dónde está. Al principio, su don es desconcertante. La gente empieza a dejarle botellas con tierra en el jardín, como quien arroja un mensaje desesperado a un mar sólido. Ella traga, ve, advierte, denuncia. En ese tránsito, empieza a entender que para salvar a otrxs, se debe salvar también a sí misma a través de la belleza, del amor, de los vínculos cotidianos donde puede refugiarse. “La tierra tiene mucho que ver con nuestra historia. Ahí están las huellas de las desapariciones en los setenta, de los femicidios actuales”, dice Dolores, nacida en 1978, docente, feminista, madre de siete hijxs con quienes vive en Caseros.

¿Cómo fuiste construyendo esta novela?

–Hace algunos años retomé la escritura. La había tenido relegada durante mucho tiempo por la maternidad y el trabajo: quedé embarazada por primera vez a los 16. Además tuve una crisis muy fuerte de pareja. Me quería separar y volver al punto de encontrarme conmigo misma, con las cosas que me gustaban. La escritura siempre me gustó más que nada. Eso y leer. Pero nunca dejé de leer. Me gustan Sara Gallardo, Silvina Ocampo, Antonio Di Benedetto y unos cuantos poetas como Héctor Viel Temperley o Leopoldo María Panero. Y gente más cercana, como Selva Almada. De hecho, empecé a ir a su taller, que durante un tiempo coordinaron con Julián López, y ahí nació la novela. Además me gusta Leo Oyola. Él, que tiene un origen parecido al mío, me dio la pauta de que yo también podía escribir aunque viniera del conurbano y no tuviese la vida prolija que tienen la mayoría de lxs escritorxs. 

¿Cómo es eso de la vida prolija o no?

–Me refiero a la carrera literaria. Mi camino es otro. Me recibí de maestra, que es mi trabajo desde siempre y pasé por casi todas las escuelas de Pablo Podestá. También me encargo de la crianza de siete hijxs, que tienen entre 23 y siete años. Además estudié letras clásicas en la UBA. Ahí me di cuenta de que había ciertas cuestiones de género que no estaban presentes en la literatura contemporánea pero en la literatura griega, sí. Pude hacer lecturas de género a partir de Aristófanes, Antígona, Medea…   En Antígona, ella y su hermana discuten sobre cómo enterrar a su hermano en medio de un conflicto civil porque no enterrarlo era una deshonra pero hacerlo iba contra lo que disponía el Estado para quien era considerado un traidor. En Aristófanes se relata la primera huelga de mujeres.

¿Tu mirada de género viene de ahí?

–Me viene de vivir en un lugar donde todos los años matan chicas. Cómo es posible no tener esta mirada en una sociedad que agrede y mata mujeres y personas trans como forma de poder. Melina Romero y Araceli Ramos están enterradas al toque de la escuela donde trabajo. Como maestra, sé que cuando aparecen alumnas embarazadas es muy probable que haya detrás una violación y abusos intrafamiliares. Hay que levantar la voz contra eso. La escritura es una manera de alzar la voz aunque yo no escribí esa historia con la intención de hacer un manifiesto sino porque hace años que me venía rondando. 

¿Te pasa algo parecido a Cometierra? A ella la rondan pensamientos y situaciones de las que va aprendiendo a hablar para reencontrarse con la chica que quiere ser.

–Sí. Una vez, en el taller de Selva, escuché a un compañero, Marcelo Carnero, leer un texto breve y poderoso que terminaba con la frase “tierra de cementerio”. Y ahí vi a Cometierra, con ese pelo larguísimo y oscuro, con todo lo que puede decir y no, con el deseo de ser una chica como las otras, que pueda salir, enamorarse, darse pequeños gustos. Además, me encantan los cementerios. Mi mamá trabajaba en el centro porteño así que yo hice la primaria ahí. Y con mis compañerxs nos escapábamos a Chacarita y pasábamos muchas horas en el cementerio, leyendo lápidas…   Es fuerte cuando sos chica y te das cuenta de que hay niñxs de tu edad o menores que ya no están. Investigué, aunque no encontré casos de alguien que coma tierra como método adivinatorio. Para mí, Cometierra es una síntesis personal de tragedias que se vienen repitiendo en América latina desde la conquista hasta acá: desapariciones, muertes. A la vez, escribí para seguirla, para saber qué quería esa chica, quién era.

Ella tiene un vínculo muy especial con la señorita Ana.

–Sí. La seño Ana es una figura querible cuando está viva pero cuando es víctima de femicidio y vuelve para pedir justicia, se transforma en una persona demandante, intensa. Ana va midiendo las consecuencias que tiene para Cometierra lo que dice cuando le habla desde la muerte. Entonces le pide que haga, que no haga, pero en cualquier caso, que no la olvide. El asunto es que los asesinos de Ana siguen sueltos. Ahí hay una clave de la novela.

¿Existen elementos biográficos?

–No de una manera buscada pero lo que una es y ve y escucha, aparece en la escritura. Las geografías de la novela son las mías, las del conurbano. Ese patio donde le dejan las botellas, donde las plantas amenazan con comerse todo, bueno, es el patio de mi casa, que está un poco descuidado (se ríe). Y todo el tiempo ves chicxs como Cometierra, enojadxs con la vida, metidxs hacia adentro, por todo el sufrimiento que han padecido. Con el tiempo muchxs me dicen “vos me enseñaste a escribir” o “vos me enseñaste a leer” y eso es lo máximo que te puede suceder. Porque tampoco les dejan tener infancia. Trabajé mucho tiempo en Fuerte Apache y sucedía que los viernes había que revisar todo antes de cerrar porque muchxs chicxs se escondían. Y es que en la escuela la pasaban bien. Mi función era cerrar la puerta del aula y decir “el resto del mundo está afuera, aquí son niñxs, pueden jugar, pueden sentirse bien”. 

¿Qué repercusiones empezó a tener esta novela, que ya será traducida al francés, inglés y neerlandés?

–Me está pasando que me escriben por mensaje privado chicas cuyas madres fueron asesinadas. Ellas tienen necesidad de contar su historia y la de sus mamás, a las que en muchos casos casi no conocieron. Con los padres presos o en fuga y las madres asesinadas, esas familias se atomizan. Entonces las cría una tía o una abuela, que muchas veces ocultan la historia, quizás porque para ellas todo también es demasiado complejo. Una chica me contó que su abuela la educó haciéndole creer que ella era su madre. Hasta que cuando tenía 18 encontró una cédula en su casa que indicaba que tenían que sacar del cementerio a una mujer equis. Así, indagando, llega a una cajita que había escondida con fotos de ella y su mamá verdadera. Se ignora la vida de las mujeres asesinadas. Y se las borra como si fueran material de descarte. Las hijas siguen buscando esas memorias para saber quiénes fueron sus madres y quiénes son ellas mismas.

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