Una visión desde el psicoanálisis sobre el último nieto hallado por Abuelas
El nieto 130 y lo que “no encajaba” en su familia de crianza
A partir del testimonio de Javier Matías Darroux Mijalchuk, que dijo sentir que no encajaba en su familia de crianza, el autor plantea las preguntas clave de esos nietos que aún no han “aparecido” a esa vida que, de todos modos, se les manifiesta ante sus ojos.
Imagen: Bernardino Avila

Lo que también supo desde siempre, él y los integrantes de ese clan de crianza, era que no encajaba. Y entonces la sospecha sobre su posible vínculo con desaparecidos empezó a integrar el universo de posibilidades.

–¿Por qué?

–Me crié en una familia más bien burguesa, tirando a la derecha, y yo tenía ideas más tirado a la izquierda. Siempre discutía con mi abuelo de crianza y una de las frases con las que él terminaba esas discusiones era “querido, son los genes”.

Declaraciones del nieto
recuperado 130, Página/12
jueves 13/6/2019.

Saber

“No encajaba” y “querido, son los genes”. ¿Cómo relacionar ambos términos de una ecuación en la que se formula un saber que excede por completo a la conciencia? ¿De qué manera se “sabe” algo que se manifiesta de forma distorsionada, como si una vida paralela se asomase con fuerza entre los intersticios cada vez más resquebrajados de un espejo en el que ya no se refleja casi nada? Esta podría ser la pregunta de cada uno de esos nietos que aún no han “aparecido” a esa vida que, de todos modos, se les manifiesta ante sus ojos, ya no espejados tan claramente en los ojos de quienes los han criado, con más o menos buena fe, o directamente habiendo sido cómplices de la desaparición de sus padres, y con ellos, de su propia desaparición para la vida en la que fueron soñados.

Decir que son los genes, como si se tratara de un ADN que ya “sabe” –al modo de un programa biológico– lo que el individuo es y lo que hará para sostener la vida de la especie, no es una solución para ese “no encajaba” con el que se establece una línea de tensión, una relación conflictiva. Si algo no encajaba, es porque se sale de la naturalidad con la que la familia pretende identificar a los individuos de un clan, tal como si ésta fuera antes que nada una reunión de sangre. Desde Freud, ese “no encajar” siempre tuvo que ver con lo que para la conciencia era intolerable, un saber del que el individuo afectado no quiere saber nada. Un “saber no sabido” por obra de la represión, cuya función es y siempre fue tratar de pegar, de juntar y de disimular, como si fuera una pared lisa y recién pintada, un muro lleno de grietas. La palabra que Freud utilizó, desde el principio, fue la palabra “inconciliable”. En términos políticos, es una palabra que tiene gran resonancia, reverberación.

La re-conciliación

Para Freud, lo “inconciliable” es de estructura, es aquello en lo que radica el inconsciente, por definición. Se trata de un saber del que no se quiere saber nada. ¿Por qué? Porque ese saber, en el fondo, destruye hegemonías, imperios, totalidades, y “no encaja” con lo que hay que aparentar, con lo que hay que tener, con lo que hay que ser, en relación a un sentido, estable y homogéneo, y sobre todo definitivo. Básicamente es un saber sobre la finitud, y sobre la multiplicidad, sobre la destitución del saber absoluto. La política entendida como pura acumulación de poder (política capitalista) reserva el término “reconciliación” a todo aquello que contribuyese a conformar bajo una misma bandera, una misma identidad, un pueblo, traficando en el mismo acto la intención de hegemonía y totalización, e incluso la intención refundacional, ese permanente “ahora sí, verás” que nos enferma. La verdad es que la reconciliación solo convocaba, bajo la garantía de la vigencia represiva, a todos aquellos que quisiesen dejar el pasado atrás para mirar hacia adelante en la dirección programada por la misma convocatoria. Pero Freud le da otro sentido ético a “lo inconciliable”. Siempre será inconciliable a la conciencia, en tanto el inconsciente freudiano es ese saber que deja de lado al “yo” como si éste representara un poder y un dominio absoluto de sí mismo. El individuo ya no podrá decir “yo” sin saber bien de qué está hablando. Tomar la palabra será, a partir de ese momento, dejar hablar en el individuo todas las voces de las que no tiene registro. El sujeto analizante no quiere “conciliar”, simplemente prefiere dejar pasar la multiplicidad de lo que habla en él, aun de forma muda.

Paradójicamente, lejos de toda idea clásica de normalidad, Freud vio en eso la cura. La construcción de un sujeto que resuena y deja resonar en él las voces de la cultura a la que arraiga algo mucho más hondo que “los genes”, en el sentido biológico del término. Si hay algún tipo de conciliación, lo es en el reconocimiento de tal multiplicidad, y no en el alineamiento sostenido al patrón del poder hegemónico que delinea para cada época una “normalidad” en la que tiende a concentrar todo lo que denomina “su capital político”. Dentro del capitalismo, todavía no se ha podido construir una “polis” que reconozca políticamente lo que acontece a nivel de los sujetos como lo que Freud, y luego Lacan, han plasmado como “cura”. Tanto es difícil “amar y trabajar” al mismo tiempo –desde Freud– (porque el trabajo alienado deja afuera el amor como “improductivo”) como curarse en el lazo social, si este lazo solo se determina por la falsedad capitalista del semblante, en la que el individuo se engaña con tener una vida social con “maquillaje publicitario” dentro del que se aísla y creyendo en su “yo”, solo de manera paranoica (o sea, constituyendo las rivalidades necesarias para sostenerse en tal posición, y haciendo de la guerra social su modo cotidiano de supervivencia).

130

Es un número. El ciento treinta que da testimonio de la manera –como lo hubo en otros, aunque bien vale refrescar el punto– en que esto que decimos más arriba acontece en cada nieto de padres desaparecidos. Lo desaparecido retorna bajo la forma del síntoma que el psicoanálisis “recupera” en el lazo social que inventa, su dispositivo clínico, que favorece la reaparición del “los cuerpos” desaparecidos del capitalismo, los cuerpos del amor, del deseo y el goce. Consiste en desandar el camino de la apropiación. José Slimobich, psicoanalista hispano-argentino con el que me formé, acuñó la palabra “desapropiación” para ubicar la posición del analista en lo que lee en el decir del analizante, y junto a él, la sorpresa de lo que lee. Palabra justa en muchos sentidos, y certera en este que aquí tratamos de plasmar. Es el yo “desapropiado” de su objeto, un yo que “se corre” de la tendencia apropiadora capitalista, que basa su lógica social en la posesión y el desecho. El destino de esos nietos que no quieren saber nada de lo que seguramente acude a ellos como un ruido, el ruido de la verdad y del goce acumulador en el que quedan identificados como desechos (tanto como “resto” como “destrucción”: des-hecho). Tal vez 130 sea el número de lo que se agolpa a las puertas de la represión como una verdad que ya no puede no ser reprimida, sino transformada en otra cosa. Las abuelas la van convirtiendo en el número, en la enumeración de las veces con las que esos golpes van tronando sobre el muro acumulador. Las Abuelas hacen de eso el número de la diferencia que se integra a la comunidad, que HACE comunidad.

Son los genes

En esa frase, el abuelo de crianza reconoce un ADN que solo el concepto de pulsión es capaz de explicar, más allá del determinismo biológico, del que la vida humana apenas si puede ser considerada como un “error”, ya que “no encaja” como tal en ningún programa. La pulsión, como concepto que articula el borde somático y el psíquico, da cuenta de la causa que mueve a un sujeto más allá de la necesidad nutricia. No solo de pan vive el hombre, sino que en el agujero que hay y se abre entre ese pan y su historia, entra la realidad de la existencia del sujeto, su verdadero nacimiento. El nieto 130 termina de nacer, de parirse con su verdad, con eso que no encajaba, como si de lo que se tratase o se hubiera tratado siempre, desde siempre para él, era encajar en ese canal de parto que el abuelo le señalaba sin saber: son los genes, sí, pero de un ADN pulsional que fluía junto a la leche materna, en su misma “química”, transdimensionalizada de la realidad en la que él siempre hubiera sido apenas un díscolo, alguien al que “le encajan”, más bien, una realidad que no es la suya, una verdad que apenas si podría agarrar con alfileres, por la que hubiera tenido que hacer siempre un esfuerzo “de ajenidad” (enajenante) por sostener, y que siempre le hubiera quedado “de más”, lo suficiente para que sea padecimiento.

* Psicoanalista. Miembro de EPC (Espacio Psicoanalítico Contemporáneo). Miembro del IGH (Instituto Gerard Haddad de París).

 

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