Vidas de perros
A fines de los años 80 un caso criminal sacudió Italia. Pietro De Negri, dueño de una guadería canina en Roma, asesinó a su amigo y ex boxeador Giancarlo Ricci. Ambos eran adictos a la cocaína y delincuentes menores. En su confesión, De Negri describió horrendas torturas y mutilaciones que, finalmente, no coincidieron con la autopsia. Pero la leyenda persistió. Y ahora Matteo Garrone, el director de Gomorra, decidió llevar el sangriento y complejo episodio al cine: la película, Dogman, se estrena en los próximos días y construye un relato de amistades tóxicas, dependencias químicas y emocionales y un entorno de masculinidad sobreexcitada, de machos alfa y beta. Una fábula moderna donde la violencia elimina y reemplaza cualquier tipo de humanidad.

La sangrienta crónica de la vida real protagonizada por Pietro De Negri, alias “Er Canaro” (“el cuida perros”, en dialecto romanesco), forma parte de la antología de anécdotas criminales famosas de la Italia del siglo XX. A comienzos de 1988, De Negri, oriundo de Cerdeña y dueño de una peluquería y guardería canina en el barrio romano de Magliana, asesinó a su amigo, un ex boxeador llamado Giancarlo Ricci –como él, adicto a la cocaína; ambos pequeños criminales–, luego de soportar durante años sus humillaciones y golpes. La pormenorizada confesión de De Negri sobre las horrendas torturas y mutilaciones infligidas a su víctima durante horas no coincidió, finalmente, con los resultados de la autopsia, que reveló, por ejemplo, que varias falanges habían sido amputadas luego de su muerte y que el cuero cabelludo de Ricci nunca había sido despellejado. La leyenda, sin embargo –como suele ocurrir en estos casos con tintes espeluznantes–, pudo más que los hechos fehacientemente comprobados. 

Las películas o series basadas en hechos reales suelen, en ocasiones, tener un efecto similar en el espectador y sus imágenes y sonidos adquieren tal fuerza que terminan reemplazando en el imaginario cualquier ligazón con la realidad fáctica. El célebre crimen del “hombre de los perros” se transformó recientemente en el punto de partida de dos proyectos cinematográficos producidos en paralelo, ambos estrenados en Italia el año pasado. El primero de ellos, Rabbia furiosa, dirigido por Sergio Stivaletti, reconvirtió los hechos esenciales en un relato deudor del universo gansteril clásico pero también del espagueti western, un pastiche conscientemente pulp coronado por un festín gore en el cual el realizador –conocido esencialmente por su carrera como especialista en efectos especiales– se termina sacando las ganas de recrear en pantalla las más descerebradas torturas físicas (no es casual que este film se haya exhibido recientemente en nuestro país en el festival especializado Blood Window). El segundo fue dirigido por Matteo Garrone, el director de Gomorra, y su pedigrí fue confirmado desde el primer momento gracias a la inclusión en la competencia oficial del festival de cine más prestigioso del mundo, Cannes. Es precisamente este último largometraje, Dogman, el que llegará dentro de diez días a la cartelera argentina, un film que parte del célebre caso real para construir a partir de él un relato de amistades tóxicas, dependencias químicas y emocionales y un entorno de masculinidad sobreexcitada, de machos alfa y beta. Una fábula moderna donde la violencia elimina y reemplaza cualquier atisbo de humanidad.

La primera mutación evidente respecto de la historia real es geográfica: Garrone traslada la acción desde Roma hacia una región costera de Castel Volturno, en el norte de Nápoles, un barrio similar al que podía apreciarse en su película más famosa, Gomorra, y la misma locación donde rodó, hace casi dos décadas, El embalsamador. El otro regreso a territorio conocido es estético, ligado a ciertas texturas y tonos visuales, sensoriales: la extraña y por momentos perversa relación entre los dos hombres –el pequeño y enjuto Marcello; el físicamente poderoso, casi bestial Simoncino– recuerda el vínculo central entre los personajes de El embalsamador, otra película cuyo protagonista tenía una relación cercana, aunque muy diferente, con los animales. Al dogman no le interesa, como al imbalsamatore, sostener en el tiempo una apariencia vital sino, por el contrario, evitar la muerte. En un momento inesperado y un tanto absurdo, Marcello regresa a una casa de dos plantas en la cual Simoncino y otro ladrón acaban de dar un golpe. La intención es rescatar al perro de la casa de una extinción segura; trepándose por una canaleta, logra sacar del freezer al pobre caniche, a punto de morir por enfriamiento. El perrito agradece de la mejor forma: sin escándalos ni ladridos. “Es una película que llevó su tiempo realizar. Comenzamos a escribir el guion junto a Ugo Chiti y Massimo Gaudioso hace trece años”, destacó Garrone en la conferencia de prensa del Festival de Cannes, inmediatamente después de su primera exhibición pública. “Como todos saben, el origen es un hecho menor y oscuro de las crónicas policiales, pero la película tiene muchos cambios respecto de esa historia. Haber conocido al actor Marcello Fonte cambió varios aspectos, de una manera muy natural, y nos fuimos alejando más y más de los hechos reales, adoptando una dimensión más humana. No queríamos que el personaje fuera completamente monstruoso y por esa razón lo describimos inmerso en una violencia que no aprueba. En cierto sentido, es una víctima de esa maquinaria y es por ello por lo que no es posible hablar específicamente de un relato de venganza. Marcello, el personaje, es un hombre ingenuo, un inocente, y creo que su humanidad es lo que le da fuerza a la película. Esta es una historia que podría pasarle a cualquiera de nosotros”.

El amo y el esclavo

Dogman comienza con un momento típico en la vida cotidiana de Marcello. Convenientemente atado, un magnífico y enorme espécimen de dogo muestra los dientes y ladra de manera virulenta, mientras el peluquero manguerea su cuerpo desde la distancia e intenta cubrir la pelambre con shampoo. “Tranquilo, amor”, intenta calmarlo el humano, pero el perro continúa con su frenesí de violencia. Si la correa de pronto se cortara, seguramente mordería al dueño del local hasta lastimarlo gravemente o matarlo. Algunos minutos después, la situación ha cambiado y el can permanece quieto, en silencio. Casi podría afirmarse que disfruta del momento, mientras Marcello aplica el aire caliente de un secador de pelo industrial sobre su lomo y mofletes. “Muy bien, muchacho”. Algo parecido ocurrirá un par de escenas más tarde. Simoncino está enloquecido por la pérdida de algunos cientos de euros en un juego de apuestas y se lo ve dispuesto a destruir la máquina y el local entero de no obtener una respuesta a su pedido de un reembolso por parte del dueño. Es Marcello quien intenta tranquilizarlo, como si se tratara de una bestia a la que sólo es posible domar con cariño. El cerebro de Simoncino está usualmente alto en el cielo de la cocaína y los momentos de paz son escasos. Marcello es su dealer habitual, el que consigue las dosis incluso si debe pedir fiado. La tiza de coca pura es la galletita de premio, la única manera de mantener a la fiera bajo control. Los otros dueños de los locales en el barrio soportan a Simoncino como si se tratara del loco del pueblo, aunque últimamente sus actitudes han comenzado a molestar más de la cuenta. Incluso se han dado algunas conversaciones sobre matones a sueldo “de afuera” que podrían hacerse cargo del problema. Marcello escucha y no dice nada. Está escindido. Como su vida en general. Por un lado, Simoncino, los excesos nocturnos, la droga; por el otro, su ex mujer y su amada hija, una nena de unos diez años que lo acompaña a un concurso de estilistas caninos y con quien sueña viajar algún día a Hawai o a las Maldivas. El mismo hombre calmo y retraído que atiende concienzudamente el local durante el día, recibiendo a todos los clientes con paciencia y amor por el oficio, no sabe, no puede, no quiere negarle nada a Simoncino durante las noches, haciendo las veces de chofer y campana durante una excursión delictiva a una casa de familia. La dominación de Simoncino sobre su amigo es total. Hay algo perturbadoramente infantil en esa amistad, que es también un vínculo de poder, de dueño y esclavo, de amo y mascota.

La posibilidad de la metáfora está ahí, al alcance de la mano: una pequeña comunidad que sobrevive, conviviendo diariamente con el crimen, que deja hacer mientras no toque directamente a alguno de sus miembros. Sin embargo, Garrone no fuerza la parábola, no impone lecturas y prefiere concentrarse en lo que más le interesa: la relación entre Marcello y Simoncino, siempre a partir de la mirada del primero. Lo de Edoardo Pesce como bestia humana (Zolá podría haber creado un personaje similar de haber nacido un siglo más tarde), siempre al borde de la explosión violenta, resulta notable. Pero más destacable aún es la creación actoral de Marcello Fonte, cuya fragilidad física y actitud pasiva, por momentos pusilánime, permite una identificación y empatía casi absolutas. Merecidamente, el actor debutante en las grandes ligas (apenas había participado de algunos pocos roles menores en cine y tevé, incluido un cameo en Pandillas de Nueva York) terminó ganando el premio al Mejor Actor en Cannes. “Cuando creamos el personaje pensé mucho en uno de mis ídolos del pasado, Buster Keaton. Marcello Fonte es magnífico y aquí logra algo similar a un actor de una película muda”, declaró Matteo Garrone en Cannes, antes de describir la particular manera en la cual su protagonista llegó a formar parte esencial del proceso creativo. “Además de actor, Marcello es guardia de seguridad y lo conocí de esa manera, mientras cuidaba un lugar tomado donde se estaban llevando a cabo una serie de ensayos teatrales. Lo interesante de ese grupo de teatro era que estaba integrado por ex presidiarios. Para los papeles secundarios mi agente de casting estaba buscando personas que dieran la impresión de ser rudos, por eso nos acercamos a ellos. Pero una semana antes de comenzar con las audiciones uno de los actores falleció de un aneurisma y fue reemplazado por Marcello, que conocía de memoria todas las líneas. En cuanto vi su participación me enamoré de esa forma de transmitir ternura, dulzura incluso, de esa humanidad que finalmente logró empapar la película. En el fondo, Dogman es una historia sobre un hombre no violento que pierde la inocencia frente a los mecanismos de la violencia. Siempre me ha interesado el ser humano y lo que quería era explorar los conflictos y deseos de un hombre, como así también sus miedos. No es una película sobre la venganza, sino sobre un hombre que busca justicia, aunque su acercamiento sea muy ingenuo”.

El animal escondido

Luego de asistir a la proyección de Dogman, puede resultar extraño imaginar el largometraje que Garrone está terminando de filmar por estos días: una nueva versión de Pinocho, que se suma a otros dos proyectos basados en el cuento de Carlo Collodi que están en desarrollo, el de Guillermo del Toro para Netflix y el de Ron Howard (con papel protagónico de Robert Downey Jr.) para la compañía Warner Bros. Más extraño aún, Roberto Benigni –quien ya dirigió en 2002 una versión propia de la historia, interpretando el rol del famoso niño de madera– hará ahora las veces de Geppetto. Extraño, ma non troppo: Garrone afirma que creció leyendo esa historia y que su versión será extremadamente fiel al texto. Todo lo contrario, en algún punto, del procedimiento aplicado a los hechos reales de Dogman, donde la sordidez está presente desde un primer momento, aunque aplacada por varias capas de sordina. No solamente por esa humanidad ya mencionada sino también por la fugaz aparición del humor, como en esa escena, digna de la mejor commedia all’italiana, en la cual Simoncino, herido de bala en el pecho, es golpeado con fuerza por su madre anciana ante el descubrimiento de que ha vuelto a consumir drogas. Luego vendrá un nuevo crimen, un robo que no debería haber ocurrido. Un robo que Marcello no debería haber permitido. Y la cárcel, que el inocente soportará estoicamente sin abrir la boca y de la cual saldrá indemne, a pesar de las admoniciones del comisario del pueblo. Es por ello, por el cabal silencio, por esa cruz adquirida a consciencia merced a algún extraño sentido de la lealtad, que el regreso a la vida será tan duro. Después de la prisión nadie lo quiere cerca; las miradas reprobatorias llegan de todos lados, a toda hora. Ni siquiera Simoncino, el verdadero culpable del calvario, es capaz de ofrecerle una mínima recompensa. Es entonces cuando el animal escondido sale de la jaula y se dispone a afilar las uñas y los dientes. Es entonces cuando la realidad comienza a desdibujarse en una fantasía con algo de recuerdo y mucho de deseo. Las cartas ya están echadas y Er Cane comienza su derrotero hacia la fama criminal. Para Garrone, sin embargo, no se trata de explotar el morbo sino de sublimar la violencia. “Es importante observar la relación que Marcello tiene con los otros habitantes del pueblo, algo que funciona como metáfora de nuestra sociedad. Cómo lo ven en un primer momento y cómo esa mirada cambia. Y cómo, a partir de allí, Marcello comienza a buscar una redención. Si la historia real en la cual se basa la película es sobre la tortura, lo que deseaba era transformar eso en un relato sobre una persona que quiere recuperar su dignidad.”

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