En documentales como Juan, como si nada hubiera sucedido (1987) y Pacto de silencio (2006), el realizador neuquino Carlos Echeverría sacó a la luz, como un excavador, algunas de las miserias más escondidas de su región. La historia semidesconocida del único desaparecido de Bariloche en el primer caso, la condición de vecino poco menos que ilustre del criminal de guerra Erich Priebke en el segundo. En Chubut, libertad y tierra Echeverría rescata del silenciado pasado patagónico una experiencia efímera pero luminosa. La del médico Juan Carlos Espina, que a comienzos de los años 60 lanzó, junto a otros aventurados, un partido que proponía una reforma agraria que restituyera las tierras en manos de una compañía británica a los mapuches de la zona. Como esas tierras hoy están en manos de Benetton, y los habitantes originarios viven mayormente en la reserva de Cushamen, el intento frustrado del doctor Espina viene a desembocar en los crímenes de Estado de Santiago Maldonado y Rafael Nahuel, dándole a Chubut, Tierra y Libertad una incómoda resonancia en tiempo presente.

En los films previos el propio Echeverría asumía la investigación, llevándola adelante en primera persona. En esta ocasión el realizador delega ese protagonismo en manos de una chica treintañera, nieta de aquel médico, que atravesará la Patagonia de costa a costa para investigar sus huellas. Es una decisión narrativa lógica, adoptada, de hecho, en muchos documentales, en los que algún descendiente, en la mayoría de los casos el hijo o hija, hace de alter ego del espectador, echando luz sobre el derrotero del antepasado. Chubut, libertad y tierra asume así la forma del film de viaje, aunque sólo en el aspecto exterior. Nahue (tal el apodo de la chica) recorre una larga distancia pero jamás se sabrá qué es lo que ese traslado, y la reconstrucción posterior de la figura de su abuelo, producen en ella. No sólo porque en el curso del largometraje (dos horas tres) se mantiene impávida, sino porque poco y nada se sabe de ella. A diferencia del Echeverría de las películas previas, que procedía como un ciudadano corajudo, Nahue no es un personaje dramático. Apenas el agente elegido para contar la historia del doctor Espina.

Lo anterior es, en verdad, una drástica reducción. Lo que cuenta Chubut, libertad y tierra es bastante más que la historia del médico de familia que a comienzos de los años 40 dejó la localidad de Camarones, arribó a la pequeña ciudad de El Maitén para atender a la gente del lugar y un tiempo más tarde fundó un hospital que sería de los más importantes de la zona. Hilando con habilidad instancias narrativas y temas históricos, Echeverría se las ingenia para contar la historia de los trenes ingleses, de la colonización del mismo origen en la Patagonia, de la relación entre la corona británica y los gobiernos locales, de la condición de trabajadores explotados de los habitantes originarios de Cushamen, del poder que fueron adquiriendo los “bolicheros” gracias al sistema de venta a crédito, del mejoramiento de las condiciones laborales que representó el Estatuto del Peón dictado a comienzos del peronismo… y eso es apenas una parte.

 

Una montaña de temas, como puede verse, cuya exposición tiene entre otras la virtud de no volverse agotadora. Sin embargo, el rostro y la voz en off de la no-protagonista no comunican interés o pasión por lo que se está contando, sino abulia, languidez, incomodidad incluso. Todo eso se transmite, como no podía ser de otra manera, al espectador, que recibe así un doble mensaje antagónico: el de una historia que se adivina rica, dramática y apasionante y el de una “protagonista” que, más que haber tomado la decisión de ir en busca de su abuelo parece haber respondido sin mucho entusiasmo a un pedido del realizador.