El lado salvaje
Anthony DeCurtis es parte del problema y también parte de la solución. Como periodista de rock estaba destinado a una relación tensa con Lou Reed, pero el músico lo consideraba su amigo. DeCurtis confiesa que jamás habría escrito Lou Reed: Una vida antes de la muerte del músico. Como sea, su libro es un profundo abordaje a la vida de Lou Reed, siguiendo grandes líneas pero también recopilando pequeñas escenas oscuras o luminosas y anécdotas decisivas. En esta entrevista DeCurtis repasa a Velvet Underground como kilómetro cero de todo lo que sería under y alternativo del rock, la homosexualidad, los padres, las largas relaciones con las parejas femeninas, la relación con Rachel, su pareja trans y, por supuesto, su pésima onda con los periodistas de rock.

Unos seis años atrás, justo después de que la noticia de la muerte de Lou Reed recorrió el mundo, el periodista norteamericano David Fricke estuvo de visita en Buenos Aires. Legendario cronista de la revista Rolling Stone, conocido porque luego de ascender al lugar de editor pidió volver a ser redactor explicando que prefería escribir, lo último que había hecho Fricke antes de subir al avión que lo dejó en Argentina –donde ofició de invitado de honor en el aniversario de la versión local de la revista– fue escribir una larga necrológica dedicada a la estrella desaparecida. “Fue el trabajo más difícil que hice en mi vida”, le aseguró a quienes le alcanzaron a preguntar por el asunto durante su visita. “Lo escribí llorando, pero tenía que hacerlo. No podía evitarlo, porque si no, escuchaba su voz preguntándome: ‘¿Qué te pasa? ¿No querés escribir sobre mí?’”. Fricke contó que incluso le llegó a confesar al productor Hal Willner, uno de los tantos allegados al músico a los que entrevistó para el artículo, que sentía que, si hacía mal su trabajo, Reed lo iba a perseguir desde el más allá. Y que Willner le contestó: “No te preocupes, David. Lo hagas bien o mal, Lou te va a perseguir igual”.

Al escuchar la anécdota desde su departamento en el Upper West Side de Manhattan, cerca de la Universidad de Columbia, Anthony DeCurtis lanza una sonora carcajada a través del teléfono. Colega suyo durante años en Rolling Stone, y actualmente también su vecino, DeCurtis sabe muy bien a lo que se refería Fricke (y también Willner, digamos), ya que ha dedicado los últimos años de su vida a investigar y escribir sobre el mismo tema que su amigo, para el fascinante Lou Reed: Una vida, un libro que ya tiene edición en castellano. Pero hay algo más que sabe DeCurtis y que lo deja pensando. “Es interesante. Porque ese temor inicial de David es el mismo que siempre sintió Lou Reed, pero con respecto a Delmore Schwartz”, apunta el biógrafo, refiriéndose al poeta que, como profesor universitario, fue lo más cercano a una figura paterna que alguna vez reconoció su biografiado. “Lou siempre tuvo miedo de traicionar en su trabajo el nivel artístico que Schwartz esperaba de él, y temía que, si eso sucedía, lo acechase desde su tumba”. 

Pero la primera razón de los comentarios tanto de Fricke como de Willner, y también de la carcajada de DeCurtis, es algo que ya es mítico cuando se habla de Reed: su conflictiva relación con los periodistas de rock. “Va a sonar trillado, pero es una de las cosas sobre Lou que siempre me pregunté”, confiesa DeCurtis. “Porque puedo entender a ciertos artistas pop: venden millones de discos y sus fans llenan estadios pero los periodistas no los quieren, así que ellos dejan de prestarles atención y se enojan con nosotros. Puedo vivir con eso. Pero los Velvet y Lou necesitaron de los periodistas, y también de otros artistas, para mantener su música viva en la conciencia del público de rock. ¿De qué estaba tan resentido entonces? Me terminé dando cuenta que en ese asunto pasaba lo mismo que con muchos aspectos de su vida: de alguna manera, estaba resentido por esa dependencia”, calcula De Curtis, que también apunta que, después de un tiempo, cuando terminó limpiando su vida, Reed estaba avergozado de muchas de las cosas que había dicho y hecho. “Siempre pensaba que eso era lo que los periodistas iban a preguntarle”, explica. “Así que, cuando alguien empezaba a hablar de su pasado, aun cuando la pregunta fuese legítima y no se vinculase con nada de eso, directamente los callaba y estaba listo para la pelea”.

SERÉ TU ESPEJO

Profesor del programa de escritura creativa de la Universidad de Pensilvania, colaborador y editor de la Rolling Stone durante la mitad de su vida, con un par de libros editados compilando las entrevistas que hizo para la revista y otro junto a Clive Davis, productor musical y mítico ejecutivo discográfico –descubrió a Janis Joplin, Santana, Bruce Springsteen, Aerosmith y muchos otros–, DeCurtis como periodista de rock fue un privilegiado: Lou Reed se consideraba su amigo. Así es como justamente abre su libro, con Reed contándole que cuando la gente le pregunta por qué se llevaba mal con los críticos, él siempre responde que se lleva bien con Anthony DeCurtis. “A ver si con eso se callan”, agregó. 

Pero esa referencia y ese recuerdo ubicado justamente a comienzo del libro, funciona como una suerte de advertencia sobre lo que no es. Como cuando Alfred Hitchcock casi al comienzo de Los Pájaros presenta una escena en la que los científicos aseguran que los pájaros no se comportan como luego se comportarán durante el resto de la película. Porque Lou Reed: Una vida no es un libro meramente celebratorio de los lados más respetables del artista en cuestión, ni sus intenciones son las de limpiar su memoria, nada de eso. “Nunca lo hubiese escrito si Lou siguiese vivo, de eso no tengo dudas. Se hubiese enojado, habría pensado que no tenía ninguna razón para hacer eso y le hubiese dicho a la gente que no hablase conmigo, y yo me hubiese sentido mal por eso. Hubiese sido un dolor de cabeza”, asegura DeCurtis, que conoció a Reed casualmente en un aeropuerto, justo cuando había salido una reseña de su disco New York, al que calificó con cuatro estrellas sobre cinco. “Deberías haberle puesto cinco”, fue su típica respuesta. “Pero una vez que murió, realmente pensé que merecía una biografía en serio. Porque algunos de los libros que hay escritos sobre él son buenos, y otros no tanto. Pensé que yo podía hacer un mejor trabajo, ya que lo conocí, estuve bastante alrededor de él y lo tenía en alta estima. Pero al mismo tiempo no pensaba en términos de bueno o malo, sino que tenía, digamos, una mirada tridimensional sobre él. Además podía escribir bien sobre su música y con conocimiento de causa sobre su vida. Así que me dije: esto es lo que tengo que hacer”.

Fricke contó que, cuando se encargó de la necrológica, lo sorprendió que todos contestasen sus llamados a pesar de reservado que era Lou... ¿tuviste la misma experiencia?

–Para nada (se ríe). Mirá, muchos hablaron, como sus dos ex, su ex novia de la universidad, lenny Kaye, Hal Willner…   fueron muchos. Pero muchos también pensaron que era muy pronto, otros estaban al tanto de lo reservado que era Lou, que desconfiaba de los libros...

Hay una historia fascinante en tu biografía, que es la de Rob Bowman, el responsable de la caja compilatoria Between Thought And Expression, que cuando tuvo esa idea se convirtió en el mejor amigo de Lou Reed hasta que de pronto dejó de serlo...

–Esa historia es increíble, pero es una versión de las cosas que escuché en muchos contextos diferentes. Todo con Lou comenzaba con una tremenda cantidad de entusiasmo, y entonces por una razón u otra se daba vuelta de pronto. Es como siempre funcionó su vida emocionalmente. De alguna manera es lo que le sucedió, por ejemplo, a alguien como Lester Bangs, que al comienzo lo admiraba.

En el caso de Bowman, si Reed lo hubiese dejado armar esa compilación como se lo propuso inicialmente, tal vez hubiese reinventado su carrera en un momento en que no eran tan comunes, como sucedió con Eric Clapton y su caja Crossroads, en vez de haber pasado totalmente inadvertida-

–Una palabra que aparecía una y otra vez, hablando de Lou con las mujeres con las que estuvo involucrado sentimentalmente, era “necesitado”. Había una parte de él que necesitaba reafirmarse todo el tiempo. Lou nunca lo hubiese admitido, pero creo que realmente era así. Nuestra amistad, por ejemplo, comenzó de esa manera, con él pensando: “Esta persona entiende realmente lo que hago”. Eso lo hizo relajarse. Y cuando se relajaba y pensaba que perdía el control sobre una relación, es cuando empezaba a volverse loco, y se volvía contra esa persona. Algo que sucedió muchas veces en su vida. 

El periodista norteamericano Jon Lee Anderson contó alguna vez que, en su biografía sobre el Che Guevara, la única voz que sentía que estaba ausente era la de Fidel Castro, porque no pudo entrevistarlo y había cosas que sólo él y el Che podían contar. ¿Hay algún Fidel Castro en tu libro?

–Se me ocurre no uno sino dos: John Cale y Laurie Anderson. Cale contesta sobre Lou si uno le dedica un par de preguntas al tema durante una entrevista sobre su nuevo disco, pero lo último que quisiera hacer en su vida es sentarse a hablar una hora sólo sobre él. Y no sé qué tan cándida hubiese sido Laurie en el caso de haber podido hablar con ella, ya que el retrato que ha hecho de la relación... ciertamente ha limado muchas asperezas. Pero fue alguien esencial en los últimos veinte años de la vida de Lou y me hubiese gustado entrevistarla para el libro. Sin embargo, no siento que sus voces estén ausentes: entrevisté varias veces a Cale en el pasado y escribió sus memorias, donde habla de su relación con Lou. Y también entrevisté antes a Laurie, y compartí bastante tiempo alrededor de ella y Lou desde que los conocí. 

LA FOTO DEL ANUARIO DE LA SECUNDARIA

SATÉLITES DE AMOR

Todas esas otras voces, las que están detrás de los posibles Fidel Castro, son el gran logro del libro de DeCurtis. Pero porque son utilizadas por un autor que no está resentido con su biografiado, y que está lleno de preguntas legítimas sobre el pasado que pretende contestar. Lejos de ser un libro que simplemente le ponga el micrófono a todos los que tuviesen cuentas pendientes con Reed –como, por ejemplo, supo hacer Albert Goldman en su libro sobre John Lennon–, su historia crece con cada testimonio, al saberlo poner en el lugar correspondiente, capa tras capa, hasta construir un retrato saludablemente complejo. Está el caso de la novia de Reed en Syracuse, Shelley Albin, que revela que fue el único novio que tuvo en su vida que le regaló una caja de chocolates con forma de corazón para el día de San Valentín. O Michael Fonfara, integrante de su banda durante los años 70, que cuenta cosas como que Lou sólo tomaba Johnnie Walker rojo, desdeñando todo whisky sofisticado que le regalasen al grito de: “Dénme buenas cosas industriales y no proezas artesanales”.  

A DeCurtis se le acelera la voz del otro lado del teléfono cuando se le habla de esas otras voces que le permitieron dar una mirada detrás de la cortina de la vida de su biografiado. “Me enamoraba de cualquiera que pusiese hablar de esa manera, al punto de que mi editor me tenía que pedir que sacara algunos textuales”, se ríe del otro lado de la línea. “Pero es que es gente que te cuenta detalles que nadie sabe y, lo que es mejor, ni siquiera se imaginan”. Confiesa que su escena preferida es la de un Reed que no está en su mejor momento, dirigiéndose hasta un suburbio de Nueva York como es Yonkers para ver ensayar a The Tots, la banda que lo terminó acompañando en la gira mundial de presentación de Transformer, su primer regreso formal a los escenarios después de la separación de Velvet Underground. “No puedo dejar de imaginarme la cara de esa madre de familia cuando abrió la puerta y tuvo que guiar al fantasma que debía ser Lou hasta el sótano, para ver ensayar al grupo sus hijos”. Señala que también el fotógrafo Mick Rock fue una sorpresa, recordando las excursiones que Reed hacía por los muelles de Nueva York, grabando y fotografiando a los taxi boys que se ganaban la vida por ahí. “Rock también sacó fotos, y asegura que nunca se las mostrará a nadie, lo que es admirable”. Pero también concede que fue difícil escribir cosas como esa que recordó Bowman, el frustrado compilador de la antología, que cuando lo acompañó a retirar plata de un cajero fue testigo de cómo un Reed ya limpio de todos sus vicios hizo echar a un linyera que escapaba del frío neoyorquino durmiendo dentro. “Mirá, Lou era un tipo difícil, no hay dudas de eso. Pretender que no, hubiera sido falsificar lo que era. Pero al mismo tiempo había una dulzura en él, y también genialidad. Yo sólo intenté contar la verdad, tal como la entendí. Hay gente que dice que me centré demasiado en las drogas, otros que es un libro demasiado centrado en lo musical, y que se aburrieron un poco. Pero, en la medida de mis capacidades, creo que conseguí hacer un retrato de él que no deje nada afuera. Porque lo que era positivo en Lou también siempre fue entendido como negativo, sus virtudes eran también sus vicios, sus talentos eran sus maldiciones. Tratar de balancear eso fue un truco indispensable para escribir un libro como el que yo quería lograr”. 

Ese balance, por ejemplo, le generó alguna polémica, como cuando se lo acusó de querer ocultar que Lou Reed era gay. “Fue curioso eso, porque yo no oculto nada. Pero es algo difícil de resumir. Y el mejor ejemplo es el testimonio de Shelly, que Lou inmortalizó en ‘Pale Blue Eyes’. Ella me dijo que no creía que Lou lo fuera, aunque también me contó que la llevaba a bares gay”, dice entre risas DeCurtis, y señala que Reed siempre fue muy ambivalente sobre el tema durante toda su vida. Y recuerda otra anécdota, sobre un ex compañero de la universidad, que años después ofreció devolverle manuscritos de esa época que habían intercambiado, y su respuesta tajante fue: “No quiero tener nada que ver con ese marica”. Para DeCurtis, había en Reed un impulso hacia lo que percibía como normalidad, que resume en un verso de su tema ‘Coney Island Baby’: “Quiero jugar futbol para el Coach”. Algo que, en su opinión, no es difícil de entender, pensando en el Reed de la madurez. Sin embargo, destaca, está muy establecido que fue activamente gay durante muchos años de su vida. “Si tengo que pararme en algún lado, diría que la fuente principal de su deseo residió en las mujeres de su vida, en los matrimonios largos y profundos que mantuvo. Pero que al mismo tiempo estuvo abierto a otras tendencias, y fue hacia ellas activamente”.  

CON LOS TOTS EN EL LINCOLN CENTER, EN 1973

MATÁ A TUS HIJOS

Una de las indudables sorpresas del libro de DeCurtis es la forma en la que desmitifica la relación de Lou Reed con sus progenitores, especialmente con su padre. Figuras castigadas tanto en sus letras como en sus declaraciones públicas, en las páginas de Lou Reed: Una vida aparecen en cambio unos padres que, lejos de ser monstruosos, se desviven por su hijo. “Confieso que, cuando empecé a trabajar en el libro, simplemente asumí que el padre de Lou era tal como él lo había descripto: esencialmente un monstruo. Así que cuando entrevisté a su primera mujer, Bettye, cuando ella me comentó cómo Lou nunca les pedía a sus padres dinero, lo que atiné a decir fue por qué sus padres le darían alguna cosa, siendo como él los había descripto. Y Bettye me dijo que por supuesto que le darían dinero si él se los pedía. ‘Hubiesen hecho cualquier cosa por Lou’, me dijo. Ahí fue cuando empecé a comprender que la historia era otra”. 

La historia que cuenta DeCurtis en el libro es la de una familia convencional, y un padre que tal vez se haya defraudado porque su hijo no siguió con su negocio de contador. Pero que se desvivían por él. Y que si lo sometieron a una terapia de electroshock durante su juventud díscola no fue porque eran unos monstruos, sino porque era lo que la medicina recomendaba entonces. Estuvieron presentes cada vez que los invitó durante su carrera, y cuando los Velvet se separaron, Lou regresó inmediatamente a la casa de sus padres, se instaló en el cuarto de su infancia, y hasta trabajó para su padre. “Incluso el libro en el que inicialmente compiló sus letras está dedicado a sus padres y su hermana”, apunta DeCurtis, que también cuenta en la biografía que el tema “Kill Your Sons”, originalmente se llamó “Prominent Men”, y era una balada en contra de la Guerra de Vietnam que compuso en la universidad. “Es verdad que, hasta en la última entrevista que dió, habló desdeñosamente de su padre. Pero yo creo que las particularidades de su relación, en gran parte el detalle no menor de la terapia de electroshock, complicaron sus sentimientos hacia él, pero Lou buscó durante toda su vida una figura paterna. Y siempre tuvo la sensación de haberlo decepcionado”.   

¿De qué te sorprendiste al investigar para el libro y de qué estás orgulloso al haberlo terminado? 

–Creo que la misma respuesta sirve para las dos preguntas, y es la sección dedicada a la relación que tuvo con Rachel, su pareja trans. Estoy orgulloso de esa sección del libro, porque sabía la historia de Lou con Rachel, pero de una manera general. No tenía idea de lo profunda y seria que había sido, fue una revelación para mí, y creo que escribí bien sobre eso. Es la parte que elijo leer cada vez que hago una lectura.

¿Qué fue lo que te sorprendió?

–No es lo mejor para decir de uno mismo, pero tengo que confesar que cuando supe de la relación de Lou con Rachel creí era que simplemente se trataba de otra experimentación suya. Uau, qué salvaje que es Lou, pensé. Y no le di más vueltas. Pero prestando atención a las raras ocasiones en que habló de ella en sus entrevistas, y en lo que sus amigos decían sobre ella y la relación que los unía, aprendí sobre la seriedad de ese vínculo. Y eso me pareció algo notable. Mirá, creo que si una estrella importante de rock estuviese en pareja con una persona trans hoy en día, aún sería considerado radical o revolucionario. ¡Y esto sucedió 40 años atrás! Así no deja de resultarme algo sorprendente. Ah, y una cosa para agregar sobre el tema es que el cuerpo de Rachel finalmente fue encontrado. 

Es algo que no figura en el libro...

–Es que cuando lo terminé de escribir nadie sabía que había pasado con ella. Su nombre de nacimiento era Rachel Humphries, y se descubrió que ese nombre figura entre los cuerpos que no fueron reclamados y terminaron enterrados en una tumba anónima luego de haber fallecido en St. Claire’s, uno de los centros de tratamiento más importantes de Nueva York durante lo peor de la crisis del Sida.

CON LAURIE ANDERSON, SU PAREJA HASTA LA MUERTE

TODAS LAS FIESTAS DEL MAÑANA

Entre Dylan, The Beatles y James Brown. Ahí es donde DeCurtis ubica a Lou Reed, completando con esos tres nombres un cuarteto en la punta de una posible línea evolutiva de la historia del rock. Cuando se le pregunta por esa enumeración, lo primero que responde es que está sorprendido de que todos se la mencionen. “Porque no lo escribí como provocación”, asegura. “Es algo que ocasionalmente uno hace en el periodismo, buscando una reacción de los demás. Pero éste no es el caso. Ahora que tantos me preguntan por ella, me doy cuenta cómo suena. Y es verdad que, para los contemporáneos de Lou, las idas y vueltas de su carrera solista nos expusieron a muchas frustraciones. Pero, a la larga, es algo que a mí simplemente siempre me pareció una verdad obvia”, intenta explicar DeCurtis, que señala cómo, desde Iggy Pop o Bowie hasta The Ramones, Nirvana o The National, esa línea evolutiva del rock simplemente no existiría sin Lou Reed. “Porque cualquier banda que uno quiera pensar como art rock, underground o alternativa encuentra en Velvet o en él su kilómetro cero. ¡Y eso es mucha gente! Me parece innegable que se trata una influencia genuina e inmensa”, insiste DeCurtis, que confiesa no haber pensado en lo que vendrá en su carrera luego de su libro de Reed. “He pensado en escribir una suerte de memoir, pero es lo que todo el mundo parece estar haciendo”, dice algo resignado. Se entusiasma, o al menos suena divertido, al confesar que le ha costado sacarse de encima a su biografiado después de haber terminado el libro. “De hecho, lo que ha empezado a suceder es que… estoy cantando algunos temas de Lou en las presentaciones”, revela. “Lo sé, no es algo muy común que un biógrafo repase sobre un escenario la obra de su biografiado, pero empezó a suceder y me estoy dejando llevar. ¡Y no dejan de pedírmelo!”, se ríe DeCurtis, que desde sus 68 años recién cumplidos explica que no se paraba al frente de una banda desde su adolescencia. Poniéndose un poco más serio, y mirando hacia el futuro dentro del ámbito de su trabajo, DeCurtis considera que la gente sigue estando interesada en leer sobre música. “Parecería haber interés en los libros sobre el tema, y creo que la historia de los medios no ha terminado. Es verdad que el panorama laboral es mucho más limitado ahora, pero dejame decir algo: nunca fue fácil. El periodismo de rock no es como ser abogado. Es verdad que, si bien era difícil, el camino entonces estaba claro. Hoy ciertamente no hay nada claro”. 

A modo de despedida, y volviendo sobre su enumeración evolutiva, es imposible no señalarle algo curioso: que en ella Reed quedaría a cargo del aspecto alternativo, mientras que lo literario –su obsesión– le correspondería a Dylan. “Es verdad, porque sin Dylan no hubiese habido Lou. Dylan es el que abrió la puerta de una patada si hablamos de escritura literaria dentro del rock. Es más: Lou no podría haber cantado nunca en un disco si antes no hubiese existido Dylan. Es un buen punto. Pero sin embargo estoy convencido de que Lou trajo algo único”.

¿Aceptaría Reed ese vínculo artístico con Dylan?

–Como con todo, Lou fue y vino con Dylan. Inclusive llegó a hacer comentarios antisemitas sobre él. Pero cuando hablás con sus compañeros de universidad, recuerdan que todo el tiempo estaba cantando canciones de Dylan. De hecho, era difícil estar en esa época en la universidad, tener intereses musicales y literarios, y no estar influenciado por él. Es verdad que costaría que Lou aceptase esa influencia. Pero, al final, yo creo que es algo que terminó admitiendo públicamente con su participación en el concierto en el que se celebraron los 30 años de la primera grabación de Dylan, que quedó inmortalizado en un álbum doble en el que no falta nadie, ni siquiera Lou.

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