Discurso y poder conforman una dupla indisoluble
Las palabras en el centro del combate
La capacidad de normalizar lo aberrante se consigue con la apropiación del lenguaje, una herramienta que garantiza la dominación más efectiva.
Donald Trump disemina la perversión del mensaje.Donald Trump disemina la perversión del mensaje.Donald Trump disemina la perversión del mensaje.Donald Trump disemina la perversión del mensaje.Donald Trump disemina la perversión del mensaje.
Donald Trump disemina la perversión del mensaje. 
Imagen: Mandel Ngan /AFP

El lenguaje no es un medio que sirve a determinados fines. Es un fin en sí mismo, algo que interesa al poder, y no ha existido ningún período histórico en que el poder no librase su batalla por el dominio del campo del lenguaje. Quien conquista el lenguaje (o cree conquistarlo) tal vez haya ganado la batalla principal. Para Freud las palabras eran la condición de los hechos, y conocemos bien su sentencia: "Se empieza por renunciar a las palabras, y se acaba por renunciar a los hechos". Viktor Klemperer, en su terrible y lúcido estudio sobre la lengua del Tercer Reich, mostró con absoluta contundencia a dónde condujo una operación destinada a apoderarse del lenguaje, a despojarlo de su poética, a rebajar su polifonía, a privarlo de su capacidad para marcar de modo singular la subjetividad hasta convertirlo en un ruido de furia, en un clamor universalizante que hace vibrar a las masas y las deshumaniza por completo. Uno de los recursos fundamentales es la descontextualización y la abreviación.

La brevedad del mensaje es decisiva para lograr el objetivo de pudrir el lenguaje y transformarlo en una maquinaria de matar. Peter Wehner, en su ensayo The Death of Politics ("La muerte de la política") muestra que la más grave contaminación del presente no es la que infecta la tierra, las aguas y los cielos, sino la polución de las palabras. Esa polución se puede analizar en sus dos tiempos, que no son cronológicos sino que obedecen a una secuencia lógica. En primer lugar, la perversión del mensaje. En la actualidad, Twitter es la herramienta perfecta para ello. Pocas palabras, pero que contengan la mayor carga de degradación posible, respaldadas por la convicción de que el emisor no hace más que reproducir lo que el receptor quiere oír. Es el método Trump: dice lo que todo el mundo piensa y no se atreve a expresar. ¿Usted se ha callado durante años porque la corrección política le ha cerrado la boca? Ya no es preciso callar más, porque la libertad del líder se contagia hacia abajo. Ahora todos podemos decir lo que pensamos porque es lo que él piensa, y lo que él piensa es lo que todos pensamos.

"El psicoanálisis y el decir poético tienen la enorme responsabilidad

de organizar la Resistencia contra la toma del lenguaje". 

En segundo lugar, se trata de intervenir sobre el código. Para ello, el truco consiste en vaciar el mensaje de todo significado mediante la reducción al absurdo. Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, se está convirtiendo en un experto. Acaba de asegurar en un mitin que su partido gobierna en "400 capitales" de España (país que posee una sola capital nacional -como todos- y 19 capitales de provincia). En esta segunda fase lo importante no es el mensaje, sino atreverse a expresar cualquier cosa, por más inaudita, fraudulenta o contraria a los hechos. Hacerlo todo el tiempo, sin cesar, y lograr así tal aturdimiento significativo que la debilidad mental del ser hablante domine la vida cotidiana. Cuando eso se obtiene, se alcanza el verdadero poder. El poder de desconectar todo enunciado de la verdad fáctica, lo que significa que a nadie le importe nada aunque sepa muy bien que lo que está escuchando es una falacia o una mentira descarada. El poder de normalizar lo aberrante, que es superior al poder de Dios, solo se consigue mediante la apropiación del lenguaje. Cuando se dispone de ese poder -y no existe ninguno que lo supere, porque a los pueblos no se los puede someter solo mediante la amenaza física, como lo demostró Hannah Arendt- entonces se tienen todos los demás.

Es por esa razón que el primer asalto debe llevarse a cabo sobre el campo de las palabras. Hasta Stalin, que era un campesino iletrado, comprendió eso con su instinto político. El odio y la agresividad se han vuelto indispensables en la política, al punto de que amenazar, insultar y burlarse de los valores "femeninos" tales como la compasión y la solidaridad es un recurso que aumenta la popularidad. El psicoanálisis y el decir poético tienen la enorme responsabilidad de organizar la Resistencia contra la toma del lenguaje, porque esa tarea ya no podemos esperarla de ningún partido.

*Psicoanalista. Argentino. Reside en Madrid. AMP.

 

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ