Opinión
Un país normal

En el mundo de las paradojas hemos dado un significativo paso en dirección a constituirnos en un país normal… Era normalmente esperable que la población le diera una inolvidable tunda a quien la había engañado en proporciones sin precedentes. Y sin embargo nos preocupaba que el embaucador principal posara como competitivo. Fuimos víctimas también. En distintas proporciones todos fuimos engañados. Por más que estuviéramos al tanto de la sordidez de sus intenciones. Hoy nos sentimos reconfortados al sentirnos mayoría y viéndolos retornar a la pequeñez. Pero sabemos que habrá poco tiempo para la euforia. 

A ellos se les han licuado sin atenuantes las consignas de democracia, orden y felicidad. Ahora ya son todas banderas nuestras. Y las tenemos que levantar con firmeza. Nadie nos las puede quitar. Pero lo destruido es mucho y su capacidad para proseguir con el daño no desaparece. Por eso tenemos que comenzar a pensar qué camino deberemos recorrer. 

Suelo referirme al ejemplo chino, no como posible de imitar, pero si para inspirarse en su metodología. Aprender que hay colinas que debemos fortalecer y llanuras que habremos de ceder. Que el perfil bajo y la fuerza del otro tienen que ser utilizadas en nuestro provecho. El paso ha sido grande, y sin duda habrá de repercutir en la región. Mal que le pese al jactancioso esperpento que se ha parapetado en Brasilia. También sabemos que debemos consolidar lo llevado a cabo y ensancharlo. Hay que instalar la conciencia de que vamos a necesitar mucha fuerza, una indiscutible autoridad para remontar lo acontecido y alumbrar un nuevo camino. 

A pesar de la caricatura que expanden los medios a nivel planetario sabemos que somos mirados. También hemos confirmado que es posible desembarazarse del implacable cerco mediático. Y tenemos mucho que aprender porque los tiempos son distintos de los de tres lustros atrás. Sabíamos que el mundo ya no era unipolar pero solo atisbábamos lo que suponía una guerra económica. Tenemos un mayor margen, por un lado, pero las reglas del juego son implacables y muy poco podemos hacer para incidir sobre ellas. Formamos parte de un mundo que en muchos momentos la ve pasar como desde las tribunas de Wimbledon. Pero sabemos que hay cosas que no cambian.

Para ser de la partida tenemos que generar un bloque, consolidar amistades, como antes, pero a sabiendas que el terreno es distinto. Vemos como se expande el reflejo extendido de replegarse sobre sí mismo, pero también asoman en ámbitos impensados voces nuevas que comienzan a llamar a las cosas por su nombre. En las dos grandes últimas metrópolis imperiales resuenan las palabras de Jeremy Corbyn, Bernie Sanders y otras más, que eran inesperadas un lustro atrás. Es un escenario donde todo aparece como parejo, casi como empatado, pero no está escrito que siga así, inalterado. Si seguimos en el camino de los aciertos, este año podrá concluir como dándole inicio a una nueva ola. 

Como Álvaro García Linera nos recuerda. En todo caso, quienes vaticinaban que se había llegado al fin de un ciclo, tendrán que revisar sus papeles, al igual que los que ofician de encuestadores. 

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