Suely Rolnik inaugura la edición aniversario de CineMigrante y presenta su último libro editado en Argentina
La izquierda bajo la piel
Pensar enlazando el deseo, la subjetividad y la política en tiempos filosos. A esta especie de road-movie de coyuntura se sube Suely Rolnik, filósofa, crítica cultural, curadora y docente brasileña con su último libro, Esferas de la insurrección (Tinta Limón). Frente a las nuevas lógicas del poder y a la textura subterránea con que se debaten las diferentes versiones de la izquierda macropolítica, Rolnik propone nada menos que la descolonización del inconsciente. Todo esto y mucho más aún, ya que sucede en el marco de la 10ª edición del Festival CineMigrante, con el foco puesto en el Brasil resistente.
Imagen: Sebastián Freire

Esferas de la insurrección es el segundo libro de la teórica y psicoanalista brasileña Suely Rolnik publicado por Tinta Limón en la Argentina. Al igual que su antecesor, Micropolítica: cartografías del deseo (2006), en coautoría con su maestro y amigo Félix Guattari, este libro elabora una teoría de la relación entre deseo, subjetividad y política a partir de un análisis y diagnóstico de coyuntura en momentos bisagra. En el primero, se trata de la transición democrática y la emergencia del Partido de los Trabajadores, con la primera campaña presidencial de Lula vista como road-movie entre conversaciones militantes, encuentros esquizo-analíticos y notas de viaje. En este flamante libro, al filo de la actualidad, el nudo es la nueva modalidad de poder que incluye el golpe contra el gobierno del PT pero que abarca también la esfera micropolítica, un golpe que se da en etapas y que Rolnik analiza como una serie en tres temporadas. Sin embargo, lo que sobresale es lo que Paul Preciado titula en su magnífico prólogo y que aquí evocamos también como título: la textura subterránea, bajo la piel, con que las distintas versiones de la izquierda macropolítica se debate entre encuentros, desencuentros, rupturas y alianzas con las prácticas de desestabilización micropolíticas. De allí, de la piel, surge lo más profundo, lo que Rolnik propone como proyecto ambicioso, como apuesta revolucionaria: la descolonización del inconsciente. No hay recetas; hay apuntes, hay pistas, hay ensayos, hay aventuras. Dos entrevistas en libros publicadas también en Argentina ya trazan ese zigzagueo: “Para una crítica de la promesa” (en Conversaciones en el impasse, AAVV, Tinta Limón, 2009) y “¿Cómo hacernos un cuerpo?” (en 8M. Constelación feminista, AAVV, Tinta Limón, 2018). Esta vez su visita a la Argentina tiene dos estaciones. Primero, inaugurar la 10ª edición aniversario de CineMigrante, dirigido por Florencia Mazzadi, ya que a partir del diálogo con Rolnik fue curada la Sección Central “Imágenes para la insurrección” y el foco del festival puesto en Brasil, con el lema “Brasil, persiste, resiste”. Hoy mismo Rolnik dará la conferencia central titulada “La persistencia de la vida. Apuntes para descolonizar el inconsciente”, presentada por la filósofa argentina Esther Díaz en el Centro Cultural San Martín y mañana sábado conversará sobre su libro en La Cazona de Flores (Morón 2453).

¿Qué significó para vos escribir este libro como acto de desciframiento de un presente de peligro?

-El libro está articulado en tres textos. El primero empieza a ser escrito en 2012, con la urgencia de elaborar el impeachment del presidente Fernando Lugo en Paraguay, que fue el laboratorio de la nueva modalidad del golpe en América latina y la instauración de una nueva modalidad de poder. Mi escritura y pensamiento se disparan ante la urgencia que se produce en mi cuerpo, eso es lo que me obliga a escribir y a elaborar. Como tengo 71 años empecé el libro en un momento de mi vida donde tengo más claridad de cómo intervenir políticamente, en una especie de reconciliación con la posibilidad de establecer un diálogo entre la dimensión de la macropolítica y la micropolítica. El segundo capítulo es más didáctico sobre mi trabajo de micropolítica, gracias a la liberación de ese trauma de relación entre micro y macro. Busco describir en cada parte cómo esas dos instancias se vinculan. Ese trauma no es solo mío, es de mi generación, y emerge en contexto de otras revoluciones. En mi experiencia ese trauma viene de los años 60 como una relación imposible entre lxs que estaban en la lucha macropolítica (izquierdas y lucha armada) y quienes estaban en la contracultura. Vivía con angustia la imposibilidad de juntar mi ser de izquierda (que para mí significa simplemente no querer este estado de desigualdad y de injusticia, naturalizado en el régimen capitalista, colonial, racializante con el establecimiento delirante de la idea de raza) y mi experiencia de politización de la subjetividad y sus modos de vida, porque las personas involucradas en la macro mantenían intacta la política de subjetivación del régimen colonial capitalístico, lo que se manifestaba por ejemplo en el machismo.

En tu libro hay un énfasis en pensar qué es una vida que resista el abuso. ¿Cómo surge este problema como eje de tu intervención?

-El encuentro entre Europa occidental y este continente se fundó desde una micropolitica reactiva según la cual lx otrx no tenía existencia propia ninguna, solo como objeto de abuso, de cafisheo y de violencia. En este plan, la izquierda, si bien por un lado es lo mejor en el marco de ese régimen dentro del plano macropolítico, por otro, desde la perspectiva micropolítica, despliega un tipo de subjetividad en relación con lxs otrxs (no solo humano) que se mantiene tal cual. Gracias a luchas como la revolución de esclavxs en Haití, y casi un siglo y medio de luchas posteriores, es que hoy podemos entender, en tanto fuerza psíquica colectiva, que si mantenemos esta misma forma de subjetividad y de relación con lx otrx, seguiremos bajo el dominio del régimen colonial capitalístico más allá de las denominaciones macropolíticas. Sin tomar en serio esto obviamente no podemos entender lo que ha pasado recientemente con las nuevas modalidades de poder. Ahora está más presente colectivamente la necesidad de hacerse cargo de esa dimensión micro desde las izquierdas y la posibilidad de conciliar ambas luchas.

¿Pero cómo ves esa articulación entre micro y macropolítica hoy concretamente?

-Esta sería una respuesta provisoria porque es algo que estoy buscando elaborar ahora y que en las nuevas generaciones está muy presente. Una política del deseo apunta a dislocar la subjetivación capitalista, racializante y colonial. Frente al colapso y la precarización total de la existencia, hay vidas que no soportan desestabilizarse y otras que sí, o porque se encuentran en campos relacionales donde se produce una sinergia colectiva para hacerlo posible o porque tienen más fuerza vital. Las primeras, buscarán reaccionar aferrándose al estado de cosas existente, intentando conservar su forma de existencia actual ante la amenaza de la pérdida total de referencias. Esto es la política del deseo reactiva. Mientras que otras vidas, al experimentar en el cuerpo la desestabilización que le produce el actual estado de cosas, hacen lugar a la germinación de los embriones de futuro que lo habitan frente a los efectos de las fuerzas del presente. En ese sentido, lo que vemos es un desmonte de la colonialidad que es irreversible. No hay vuelta atrás por más que tarde mucho tiempo. Es como cuando la prostituta se libera del cafisho y del abuso que él hace de su fuerza vital en la sexualidad para acumular poder económico, político y narcisista. Y si lo logra es porque deja de estar seducida por su aparente poder de control de sí mismo y del mundo, propio de la psicopatía.

¿Cómo elegiste la figura del cafisho que trabajás en varios textos y que resuena hoy en muchas luchas feministas como emblema de la expropiación patriarcal?

-Mis decisiones son siempre estratégicas con las palabras. Creo que en el primer texto que aparece es “Geopolítica del cafishio” pero es un concepto que uso de antes. En portugués se usa no solo literalmente, sino también para hablar del uso instrumental de lx otrx, lo que no sucede en otras lenguas. Mi manera de trabajar tiene que ver con buscar las palabras más comunes, porque son las que tienen más capas de memoria afectiva en nuestros cuerpos. En cambio, lo que prevalece en el campo académico es ignorar lo vivo, con el efecto de enmascarar la desestabilización y producir una alucinación de estabilidad eterna y de verdad. El uso de palabras distintas de las comunes contribuye para este fin pues, junto con el blanco macho y su invención científica de raza, hacen que la producción de conocimiento teórico se postule como capacidad de pensamiento superior. Hay mil maneras de decir lo que está sucediendo. Soy profesora desde los 17 años y desde muy chica me interesó buscar las palabras más precisas para mi implicación con los afectos del presente y la necesidad de encontrar modos de decirlos para que se hagan sensibles. Es en ese sentido que, para pensar la idea de plusvalía más allá de la mera fuerza de trabajo, para pensarla como extracción de la fuerza vital misma, la palabra cafetinagem (cafisheo o fiolaje en castellano rioplatense) es un lugar común que tiene potencia de movilización porque resuena en la memoria del cuerpo de aquellxs que la escuchan o la leen. Mucho más que si hablamos solo de abuso y violencia, porque cafisheo conecta violencia con extractivismo (en el caso de la prostituta, extractivismo de su fuerza vital en su manifestación sexual) y, sobretodo, lo hace desde una imagen muy simple y concreta que convoca el afecto de esa conexión en la memoria de todxs, independientemente de clase, raza o género.

¿Qué vueltas le das a la cuestión del inconsciente a partir del trabajo sobre lo específico colonial?

-A mí desde niña me interesaba el psicoanálisis, que era una práctica común para clases medias, porque intuía que había en ese campo resonancias con aquello que yo buscaba. Pero empecé un trabajo de psicoanálisis impulsada por dos experiencias de violencia: la pedofilia en niñez y luego la prisión a los 20 años. Hoy podemos decir que lo que teorizó Freud como neurosis es el modo dominante de subjetivación del régimen colonial, racializante capitalístico, cuyo sufrimiento se manifestaba más contundentemente en las mujeres a fines del siglo XIX. La neurosis se caracteriza por la desconexión con la experiencia subjetiva de nuestra condición viviente, lo que nos impide movernos desde aquello que la vida nos exige a cada momento para seguir fluyendo. Es como si él hubiera reintroducido en las sociedades bajo ese régimen esta conexión con lo vivo que había sido silenciada. Freud inventó un ritual de iniciación a esa reconexión. En ese sentido, el psicoanalista ha introducido en ese régimen la resistencia en la esfera micropolítica, lo que obviamente no predomina en el modo en que se lo entiende y se lo practica desde su invención. Yo creo que la obra de Deleuze y Guattari logró tornar sensible esa fuerza clandestina del psicoanálisis como potencia micropolítica en nuestra vida cotidiana. Ahora, si pensamos en descolonizar el inconsciente, que es lo que ha venido trabajando por ejemplo el feminismo negro de diversas maneras, es abrir la pregunta sobre cómo una se reconecta hoy con la experiencia de lo vivo, ya que estamos disociadxs de la emoción vital (el afecto), reducidxs a las emociones psicológicas (el sentimiento) y sensoriales.

¿Cómo entendés la reconexión con esa emoción vital?

-Cuando hay gérmenes de futuro que habitan tu cuerpo, resultantes de su fecundación por las fuerzas del cuerpo vivo de su entorno, vivís una desestabilización que en el marco del inconsciente colonial se te aparece como debilidad y amenaza de desamor o no reconocimiento, porque solo tenés como brújula el repertorio dominante que estructura nuestra subjetividad y su modo de existencia. De esta manera, la potencia del deseo, convocada por el malestar para crear un nuevo equilibrio, es desviada de ese destino creador y es canalizada para alimentar la producción de capital y el consumo. Los medios de comunicación, no sólo por sus narrativas acerca del estado de cosas, sino también por los personajes que proponen como ideales, refuerzan el fantasma de peligro de disgregación inminente fabulado por el sujeto, intensificando su miedo y transformando el estado de desestabilización en potencia de sumisión. Éste sí que es efectivamente un peligro real, que se alimenta del peligro imaginario del sujeto. Y si denomino como “colonial-racializante-capitalístico” al régimen inconsciente que corresponde a esta política del deseo, no es simplemente porque el capitalismo nace junto con la empresa de colonización de una parte del planeta llevada adelante por Europa occidental y son inseparables, sino sobre todo porque un régimen no es una abstracción. Lo que le da su consistencia existencial es una cierta una política de producción de subjetividad y de deseo sin la cual no puede existir. En ese sentido, combatirlo implica desplazarse de esa micropolítica, lo que nos obliga a describirla lo más precisamente posible. Y si insisto en ese concepto es porque con su nueva estrategia de poder, el capitalismo actúa mucho más intensa y refinadamente en esa esfera y esta es una de las razones por las cuales está logrando expandir su proyecto colonial a punto tal de englobar al conjunto del planeta.

Cuando caracterizás el nuevo régimen del poder usas la noción de capitalismo finanicerizado globalitario. ¿Cómo se diferencia esa noción de la de fascismo o neofascismo que circula mucho en relación con Bolsonaro y los gobiernos neoliberales actuales, de Trump a Erdogan?

-Creo que es empobrecedor si solo pensamos desde experiencias del pasado como el fascismo y nazismo. Claro que hay elementos en común: el uso de la propaganda para producir subjetividad, por ejemplo, pero hoy con el avance tecnológico de la comunicación de masas y su presencia por todas partes en tiempo real, se vuelve algo muy distinto. También son elementos comunes la producción de una subjetividad que cree en la existencia de “la verdad” y que busca en un líder altamente conservador y populista, pero la voz de esa verdad para conducirse a partir de una identificación con él líder en una escala de masas y el tipo de visión de mundo de una subjetividad que llamamos fascista en relación a la que se está produciendo hoy son distintas. Podemos entender, como lo venimos conversando con ustedes, que hoy neoliberalismo económico y conservadurismo moral se juntan porque el liberalismo económico necesita micropolíticamente de liderazgos brutales y patéticamente conservadores para producir ese tipo de subjetividad. La nueva función de Bolsonaro es producir máxima identificación con lo más reactivo, movilizar afectos de desestabilización codificados sólo como peligro de desagregación y, paralelamente, proyectar la causa del malestar en un otrx. Si en la primera temporada de la serie del golpe el chivo expiatorio ha sido Lula y la izquierda como un todo, en la segunda se han añadido nuevos personajes para el rol de chivos expiatorios: los modos de existencia disidentes de la micropolítica dominante con su figura del blanco, macho, patriarcal, xenófobo, etc., como modelo ideal. La cosa va más lejos: más allá que demonizar las izquierdas, la estrategia consiste en la destrucción total del campo semántico de la democracia; por ejemplo, a través de las fake news. Un último detalle a sugerir es que la producción de ese tipo de subjetividad ha sido preparada por las iglesias evangélicas, que alimentan un odio a todo lo que desestabiliza el orden de familia que nos promete seguridad.

Y en esa clave se comprende por qué hay un ensañamiento especial con las comunidades negras, disidentes y queer, ¿no?

-La sexualidad es el terreno donde más hay singularidad y variaciones entre las personas y en cada una a lo largo de su existencia; oscilamos entre posiciones de frecuencia de vibración vital en un abanico que va de las más femeninas a las más masculinas, si así se puede llamar los dos extremos de esas variaciones; dichas variaciones son movilizadas en las danzas con les otres en función del encuentro de frecuencias. Ese es el terreno más difícil de someter a un modelo genérico, único y absoluto y por eso se apunta tanto ahí. Los fundamentalismos producen situaciones de masa que funcionan como un útero para acoger los cuerpos frágiles que en vez de tener líquido amniótico que alimentaría la germinación de otras vidas, tiene ese líquido de la basura, un fluido putrefacto y estéril, que genera una imagen de estabilización eterna en el statu quo. La responsabilidad ética depende de dejarse fecundar por las fuerzas del cuerpo vivo del mundo en nuestro cuerpo vivo y hacerse cargo de los gérmenes de futuro que resultan de esa apertura hacia lx otrx lo que implica darle expresión, por medio de palabras, gestos, modos de existencia, de sexualidad, etc. Por eso me ha fascinado tanto el término guaraní que se usa para garganta y que quiere decir nido de las palabras. Eso muestra bien el sentido de que las palabras germinen, porque emergen de una fecundación del aire del tiempo en nuestros cuerpos. Sentimos ese nido como un nudo en la garganta que es como una señal de alarma vital que nos convoca a nos conectarnos con esos gérmenes para cuidarlos. Cuando no podemos decir por condición psíquica y por atmósfera política ese nudo se hace nódulo cancerígeno. Son metástasis que se expanden también al cuerpo social.

El incendio de la Amazonia puede ser pensado como otro episodio trágico de esta serie, ¿verdad?

-¡La Amazonia entra completamente en esa serie! Es la intensificación de una política reactiva que se inscribe como no existencia de lx otrx, o existencia como puro objeto de abuso y violación a favor de acumulación de capital económico y narcisístico. Esto no solo refiere a la relación con lo humano, es con todo lo que compone la biosfera. Cuando los fazendeiros de distintos estados acuerdan que van a empezar los incendios el mismo día, como lo reveló un periodista en Brasil, están evidenciando que la Amazonia no tiene ninguna existencia en su propio cuerpo, pues no saben nada de su condición viviente y, por supuesto, no se hacen absolutamente cargo de la continuidad de la vida, sino que buscan acumulación de capital económico, político y narcisístico, ahora incrementado con poderes tecnológicos, a costa de cualquier cosa.

Para terminar, por ahora (risas), ¿cómo entendés el papel del arte en esta coyuntura?

-El arte siempre puede ser una posibilidad mundana de ascenso social. Lo que llamamos arte es una invención en occidente del siglo XVIII. La politización del arte consiste en que trabaje contra la desconexión de la experiencia subjetiva con lo vivo y ayudar a soportar la tensión de la desestabilización que produce el malestar, ese mismo malestar que está habitado por gérmenes de futuro. Soportar esa tensión es hacerle espacio a una larva que busca desplegar esa pulsión vital. Pero como el inconsciente colonial domina, no hay condiciones favorables para esa germinación. La invención del arte y de la figura del artista es la única actividad humana donde esa germinación se puede practicar, aunque solo como obra de arte y encerrada en un museo o galería. Quiero decir que el arte tiene potencia micropolítica, pero tiende a estar confinada en ese campo de concentración del ejercicio de la creación. Además, hay que destituir la idea de que esta función sobre la pulsión vital es exclusiva del arte. Cada quien tiene talentos específicos para activarla. Pero, ¿por qué el arte se convirtió en un campo privilegiado de extracción de plusvalía para el capitalismo financiero? Porque en su nuevo pliegue el régimen cafishea la potencia vital mucho más violenta y refinadamente, es decir incrementa su intervención en la esfera micropolítica para sostener su poder. Hay una lucha al interior del campo de arte para no caer en esa trampa. Y hay una lucha afuera del campo del arte para estar a la altura de lo que nos exige la vida para perseverar, lo que involucra retomar en nuestras manos la pulsión en su esencia creadora de manera a devolverle la posibilidad de orientarse hacia su destino ético.

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