Se pueden visitar tres muestras del artista, en el MNBA, el CCK y el Colón
Julio Le Parc en Buenos Aires
Explorador de la luz, del movimiento y del vínculo con el espectador activo, Le Parc es uno de los artistas argentinos más intensos y lúcidos del presente. Distante de un arte que sólo puede ser consumido por la burguesía, un arte que reafirma todos los privilegios, durante toda su carrera se ha dedicado a cuestionar el poder y el rol de los intermediarios. Y lo ha hecho con obras lúdicas, juguetonas, hipnóticas, capaces de cambiar nuestra percepción. 
Ondas 110 nº8, 1974, de Julio Le ParcOndas 110 nº8, 1974, de Julio Le ParcOndas 110 nº8, 1974, de Julio Le ParcOndas 110 nº8, 1974, de Julio Le ParcOndas 110 nº8, 1974, de Julio Le Parc
Ondas 110 nº8, 1974, de Julio Le Parc 

Todavía no se había convertido en estrella mundial del arte cinético. Aún no había recibido el título de Commandeur de l’Ordre des Arts et des Lettres del gobierno de Francia, ni se había vuelto el maestro que revolucionó el arte con obras que hipnotizan e incluyen al espectador en un entramado espacio temporal lumínico-lúdico. Sin embargo, en las pinturas, dibujos, acuarelas y grabados que Le Parc realizó entre 1955 y 1960 habita el espíritu y el interés profundo que guiará sus fascinantes investigaciones artísticas. No parece correcto referirse a esa etapa como la del joven Le Parc: hoy, a sus noventa años, dueño de una energía envidiable, agudo y sin perder un ápice del sentido del humor ácido y entrañable que lo caracteriza, trabaja sin descanso en su estudio de Cachan, en las afueras de París. Estuvo en nuestro país, acompañado por su pareja y por sus hijos, para ocuparse de todos los detalles de sus muestras en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), en el CCK y en la Sala del Centro de Experimentación del Teatro Colón.

“El elixir Le Parc”, así llama Yamil Le Parc, hijo del artista y director artístico de Julio Le Parc. Transición Buenos Aires-París (1955-1960), a las más de cien obras que integran la exhibición en el MNBA, con curaduría de Mariana Marchesi. Fueron realizadas desde que Le Parc estudiaba en la Escuela Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires, hasta sus primeros años en París, donde fundó el Grupo de Investigación de Arte Visual (GRAV), con el que realizó experiencias revolucionarias con el color, los efectos de la luz, el movimiento y, sobre todo, la participación del espectador. La muestra incluye, además, Rombo naranja, un móvil de 1600 piezas de acrílico e hilos de acero, de casi 4 metros de diámetro, realizado en 2019, que se expone en el hall del museo.

Reverberaciones infinitas

Le Parc es un artista imposible de asir y etiquetar. Como en sus obras, sus destellos y reverberaciones de luces son infinitos. En su caso, siempre la praxis artística está unida al acto reflexivo, individual o colectivo. Así desató las obras más hipnóticas que uno jamás haya visto.

Durante el Mayo Francés, cuando ya había ganado el Gran Premio en la Bienal de Venecia, Le Parc fue expulsado de Francia por hacer afiches para apoyar las reivindicaciones de los obreros de Renault. “Nosotros somos el poder”, decía uno de los afiches que tenía en su auto, junto con panfletos de apoyo a los obreros que estaban en una planta en la afueras de París y a quienes la policía planeaba desalojar. Pero Le Parc no pudo continuar su camino: la policía cortó la ruta y por ser extranjero le iniciaron un proceso de expulsión que lo mantuvo fuera de Francia, lejos de su mujer y de sus hijos, por seis meses.

Le Parc llegó al punto de rechazar una gran muestra individual en el Museo de Arte Moderno de París, una decisión que lo lanzó sin escala en una lista negra que le impidió exponer por décadas en los principales museos de Francia. Esa cuarentena forzada empezó cuando había sido convocado para participar en una exhibición en el Gran Palais, junto con otros artistas. Pero al enterarse de que habían rechazado las obras de una gran cantidad de colegas, decidieron suspender la muestra el día de la inauguración: descolgaron las obras y las llevaron a la calle. Para Le Parc, la invitación del Museo de Arte Moderno de París, que fue en ese mismo momento, condensó una encrucijada: ¿correspondía aceptar una muestra allí mientras realizaba una acción para que modificaran la política institucional cultural en el Gran Palais? Se trataba de “dos componentes del mismo sistema”, dijo en la entrevista abierta al público en el MNBA. Como solía hacerlo para analizar y reflexionar, escribió un texto sobre el tema y convocó a una reunión en el museo, en la que participaron sus colegas, representantes de su galería en París, artistas de la brigada que integraba y su familia. Después de exponer sus razones, decidió dejarlo librado al azar –ya de por sí, una forma de rechazo, un oprobio ante los ojos del director de un museo con semejante renombre–. Yamil, que en ese momento tenía seis años, fue seleccionado para lanzar la moneda que marcaría el sino del artista. Le Parc rechazó la invitación; Yamil, quien se ocupa hace décadas de la obra de su padre, cargó con el peso del azar.

En Francia, Le Parc realizó acciones con dos brigadas antifascistas. Una estaba formada por artistas que emigraron de Chile tras el golpe de Pinochet: denunciaron la dictadura y pintaron murales en París, Venecia (a pedido del Sindicato Portuario) y en Atenas, entre otros sitios. Luego, integró otra brigada antifascista en la que se sumaron artistas franceses, que, cuenta Le Parc, pusieron en cuestión “el medio cultural y el funcionamiento de las instituciones”. Y con el colectivo Denuncia, junto con el brasileño Gontran Guanaes Netto, el argentino Alejandro Marcos y el uruguayo José Gamarra, en 1972, hizo la obra La Tortura, para denunciar las atrocidades de las dictaduras militares en América latina. Hay que armarse de coraje para entrar en la sala del subsuelo del CCK, donde se exhibe por primera vez en nuestro país este mural, que, con escenas de tortura, sumerge en los infiernos de la condición humana.

No dominarás

El GRAV se propuso un acercamiento con la gente sin pasar por el filtro de la crítica. Denunciaron la uniformidad de la producción artística. Generaron una nueva relación entre la obra y el público: sacaron el arte del cubo blanco y de los museos. Por dar un ejemplo, crearon en la calle una instalación en la que el piso se volvió inestable y los transeúntes tenían que caminar haciendo equilibrio. Esa obra, que unió arte y vida, se rehízo en Julio Le Parc. Un visionario, en el CCK, la muestra más grande jamás hecha del artista –incluye más piezas que la del Pérez Art Museum Miami– que reúne 160 obras, entre gouaches, acrílicos sobre tela, esculturas lumínicas, grandes instalaciones móviles, obras de luz y juegos.

Muy crítico del rol de los coleccionistas como únicos agentes autorizados a validar el arte contemporáneo y también muy crítico del rol estelar que intentaron ocupar ciertos curadores, Le Parc propuso poner al artista en el nivel de un trabajador común y corriente. “Transformar la pretensión de hacer obras de arte por una constante experimentación. Abstenerse del juicio de los conocedores y críticos, y tener en cuenta la opinión popular”. Su preocupación clave fue “liberar al espectador de las inhibiciones que provoca el arte con su supuesta categoría de cosa superior y desarrollar en él la capacidad de acción y de reacción”.

Para esto, en sus obras agudizó los recursos visuales y logró potenciar las experiencias vitales del espectador. Llevó el arte a las calles para golpear la pasividad del espectador; en todas sus exhibiciones ideó sistemas de encuestas para conocer la opinión de los espectadores, para que puedan explayarse, desarrollar ideas.

Ya en 1968, en un texto que escribió con Enzo Mari (y que puede leerse completo en ¡Sé artista y cállate! Textos 1959-2017 (publicado recientemente por primera vez en español por el MNBA) se cuestionó qué podía hacer un artista de su generación. Indagó cómo romper con las estructuras rígidas del sistema cultural y cómo crear las condiciones necesarias para modificarlo. Planteó “poner en evidencia las contradicciones del medio artístico, del rol del artista en la sociedad y de nuestras propias contradicciones, a través de textos, manifiestos, declaraciones, diálogos públicos e intercambio de ideas con otros artistas”. Su objetivo, dijo, era que las futuras generaciones pudieran ver los aspectos ocultos del arte.

“El gran público –sostienen en ese texto–, con razón, continúa indiferente como siempre. Indiferente y distante de un arte que sólo puede consumirse, y ni siquiera eso, por la burguesía, un arte que reafirma en sí mismo todos los privilegios del poder, un arte que mantiene la dependencia y la pasividad en la gente”. En otra oportunidad, Le Parc se refirió a la necesidad de crear “una guerrilla cultural o guerrilla intelectual, no de manera aislada, sino combinando los esfuerzos a nivel internacional. Apuntó a analizar los problemas de manera más precisa y meterse directamente en la realidad.

Explorador de la luz, del movimiento y del vínculo comunicante con el espectador activo, Le Parc crea efectos lumínicos deslumbrantes con mecanismos muy simples. Cuando llegó a París, no podía darse el lujo de comprar ni siquiera un motorcito, pero no se detuvo: usó latas, hilos, móviles que se movían en forma aleatoria y creaban el efecto deseado. Ya en los sesenta sus gabinetes con espejos anticiparon el arte virtual que irrumpiría en escena muchas décadas después.

Sus obras son lúdicas (hasta hizo juegos), hipnóticas, capaces de cambiarnos de una vez y para siempre. Frente a Conjunto de círculos virtuales por desplazamiento del espectador (1965/2018), es posible lanzarse a danzar buscando capturar esas formas que van mutando y cambiando con nuestro ojo inquieto. Difícil resistirse al golpe emotivo que generan sus obras.

Como sostiene Jean De Loisy, crítico de arte, quien ocupó la presidencia del Palais de Tokio, el juego en su obra tiene un sentido político: una obra no está lograda en el mundo Le Parc sin una implicación política del cuerpo. “La razón por la que es político es que la obra no está hecha por un genio que está por encima de la comunidad, sino por la comunidad y un artista, que está en su mismo nivel”. En esa simetría conceptual y real radica también el elixir Le Parc.

Su obra provoca una experiencia visual y vital irrepetible. Basta con entrar en la sala del Centro de Experimentación del Teatro Colón para sentirlo en carne viva. En la sala en penumbras, la expectación de acelera: hecho con más de 3 mil piezas de acrílico translúcidas fluorescentes, Mobile Rombo Colón es una mega instalación con 28 espejos perimetrales que potencian el efecto lumínico, desconcertante. Brilla en la oscuridad.

Sus obras detonan estímulos sensibles, visuales, racionales, estéticos, que nos llevan a otra dimensión. El hipnotismo cinético se complementa con una fuerte sensación de inestabilidad visual: al sumergirse en sus obras la experiencia vital toma cuerpo y alma.

Las tres muestras de Julio Le Parc que se pueden ver en Buenos Aires son:

Transición Buenos Aires-París (1955-1959), en el MNBA, todos los días de 18.45 a 20; martes de 11 a 20. Los viernes el museo permanece abierto hasta las 22. Hasta el 17 de noviembre.

Julio Le Parc. Un visionario, en el CCK, miércoles a domingos y feriados, de 13 a 20. Hasta el 10 de noviembre.

 

Mobile Rombo Colón en la Sala del Centro de Experimentación del Teatro Colón (Tucumán 1171). Martes a domingos de 12 a 20. Las localidades se retirarán en la boletería del Teatro, de lunes a sábado de 9 a 20 y domingos de 10 a 17h. Hasta 6 de octubre. 

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