A la deriva

La mañana era desapacible, acaso como todas las mañanas, pero esta más, puesto que no prometía evadirse del frío del invierno que asolaba sin piedad. Para colmo la brisa que acompasaba las sinuosidades del arroyo intensificaba el temblor en la piel y solicitaba con urgencia un brebaje caliente que renovase las energías.

De un salto se incorporó, tomó el sobretodo que aumentaba el calor de las cobijas y se lo puso sobre la ropa que usaba de pijama. Encendió el calentadorcito a alcohol y sacó de la mochila la botellita con agua, el sobrecito del café, la de leche en polvo y el trozo de pan anterior con que atenuaría la demanda de su cuerpo. Pensé que andaba por la calle y sin embargo no me he movido de aquí, dijo para sí mismo. No es una suerte haber despertado, no es agradable caminar este mundo. Ayer caminé hasta sentirme exhausto, pero no pude alejarme lo suficiente; hoy volveré a intentarlo.

Al rato saltó del barco semi hundido y se dio a caminar hasta llegar a la avenida Lucero para doblar por Oroño. Un sol débil ascendía cada vez más, mientras los intersticios de luz y de sombras acompañaban la métrica rítmica de sus pasos como si construyesen una oración ilegible y secreta, sobre el suelo.

En la esquina donde comienza el parque lo encontró; se levantaba del banco donde había dormido.

-¿Le molesta que camine a su lado? -preguntó- Uno se siente sólo a esta hora del día.

Con un gesto asintió y el otro comenzó a caminar con dificultad notoria a su lado.

-Tengo treinta años -dijo- hace ocho que camino, desde que huí de mi casa, pero ahora no tengo una de donde huir.

Después se quedó en silencio, pero observó el estuche de la máquina fotográfica balanceándose al costado de la mochila y dijo: -¡Ah!, usted debe haber sido todo un caballero… Para usted es más difícil que para mí…

-No sé cuánto has caminado -respondió.

El otro, evadiendo la pregunta, dijo:

-¿Espera llegar a alguna parte?

-Uno siempre espera algo. Tal vez la posibilidad de encontrar a alguien que comprenda

-¿Alguien con los ojos bien abiertos?.

Por primera vez, Fernando se sorprendió.

-Yo estudiaba Filosofía -dijo- Pero nunca fui muy lúcido y me regía siempre por mis sentidos, algo así como la intuición, algo que tal vez utilizó o se produjo en Descartes, al ver su sombra reflejada por una luz o por el brillo de una hoguera y sentir la duda de la existencia como tal, y que… para desalojar esa evanescencia… la idea de la muerte que subyace en su famosa proposición, se afirmó en un concepto determinante: pienso… Bajo cierta inclinación, cierta singularidad, cualquiera puede promover en el pensar la idea. Tal vez como la pensaba Platón influido por Parménides o Zenón. Una idea es lo que es.

-¿Qué quiere decir eso? -preguntó el otro.

-Que es sin ningún determinante… una línea o un círculo no dependen de una perspectiva aunque puedan utilizarse bajo una…

Y luego, agregó:

-Siempre hay una cuestión de formas en lo social que presenta cierta perspectiva, admiten un costado que se percibe y queda un resto, lo que no se muestra. Por consiguiente lo que es, contradice la mera idea, porque es lo que no es… el sentido de una apariencia.

Después de una pausa, el otro dijo:

-¿Yo qué voy a aparentar? Sólo mi edad, pero eso es del tiempo… por lo demás, soy este que usted ve.

-Es verdad, yo también soy el que se ve -respondió Fernando- anoche casi me muero por el frío.

-¿Cómo sabe que no está muerto?

-No me parece -agregó Fernando. Pienso…

-Yo morí muchas veces -dijo el otro- La existencia admite una perspectiva, solemos creer lo que ponemos en los otros como algo real, algo verdadero, pero es solo una idea que tenemos y que el otro no es. Cada vez que me dan una limosna digo Dios te bendiga… pero ignoro si el otro es creyente… lo doy por sentado y después me quedo pensando si de verdad hay creyentes de verdad… Si fueran de verdad no permitirían gente como nosotros… siempre sedienta, hambrienta, cansada… Para mí, el primer y el último cristiano murió en la cruz… pero, lo olvido.

De pronto comenzó a temblar y cayó sobre la vereda, como si lo hubiese fulminado un rayo. Unas personas que pasaban se acercaron para ayudar, alguien se ofreció a trasladarlos a un hospital en su auto. Cuando se iban, el otro le pidió que se acercara y le dijo al oído: "El que camina está desprotegido, vive y muere a la intemperie".

Fernando siguió caminando, pero sin percatarse totalmente había cambiado de dirección y se hallaba frente al cementerio de disidentes. Una mujer de espalda le pareció conocida. Cuando la mujer se fue, se acercó a la tumba que ella miraba y descubrió que era la tumba de su madre. Uno de los cuidadores le dijo que la mujer se había suicidado. Al salir se encontró con el otro.

-¿Le molesta que camine a su lado? Uno se siente solo a esta hora del día -repitió.

-Pero… ¿no te llevaron a un hospital…? -preguntó Fernando. No esperó una respuesta; se dio a caminar junto al otro, turbado por el hecho de no haberse despedido de su madre. Saber de esa manera, casual, totalmente inesperada que su madre no había tolerado su vida.

Es difícil que dos personas que siguen caminos distintos puedan estar de acuerdo en una materia que depende de muchas otras. Si la existencia es determinada por el pensar, por ejemplo, si es posible caminar con los ojos cerrados o simplemente caminar de espaldas. Mientras hilvanaba todo esto en su mente, diciéndose a sí mismo que el sólo hecho de pensar era tan extraño como el sueño, se encontró con lugares donde no había pensado jamás volver. Las cuatro plazas de Alberdi, la bajada Puccio, la placita Dumont. Todo se ve mejor desde aquí arriba, pensó y dirigiéndose al otro que seguía permaneciendo en un silencio, que parecía connatural de la vida misma, le dijo: "Me acostaré bajo uno de los arcos. Vigila si mis ojos permanecen cerrados".

 

Enseguida se quedó dormido. Cuando despertó se incorporó de un salto, tomó el sobretodo que aumentaba el calor de las cobijas y se lo puso sobre la ropa que usaba de pijama. Encendió el calentadorcito a alcohol y sacó de la mochila la botellita con agua, el sobrecito del café, la de leche en polvo y el trozo de pan anterior con que atenuaría la demanda de su cuerpo. "Pensé que andaba por la calle y sin embargo no me he movido de aquí", dijo para sí mismo. "No es una suerte haber despertado, no es agradable caminar este mundo. Ayer caminé hasta sentirme exhausto, pero… no pude alejarme lo suficiente… hoy volveré a intentarlo…".   

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