Consumo problemático y los dispositivos de salud mental
La demanda en adicciones, entre la criminalización y la expulsión
El verdadero objetivo de los tratamientos, plantean los autores, no es que la persona deje de consumir, aunque en muchas ocasiones sería lo más aconsejable, sino alojarla y favorecer las nuevas condiciones de producción de subjetividad.

El campo de la salud mental presenta una curiosa relación con el mundo de las sustancias psicoactivas. Los y las psiquiatras, al igual que los equipos de salud, disponemos de ellas como herramienta terapéutica, en muchos casos fundamental, a la vez que rechazamos sin mayores cuestionamientos tratar a aquellas personas que desarrollan trastornos derivados de su uso.

La ilegalidad de muchas de estas drogas no es una cuestión menor, en tanto quienes consultan por problemas derivados de su consumo son técnicamente delincuentes por el simple hecho de tenerlas consigo. Este rechazo a atender la demanda por consumo problemático de drogas no se limita a aquellas sustancias ilegales, también se extiende a sustancias como el alcohol o las benzodiacepinas.

La situación actual, reflejada por los últimos datos del Observatorio Argentino de Drogas, es que los consultorios externos y los hospitales son el cuarto y quinto efector en importancia en recibir la demanda de tratamiento por adicciones. Por encima de ellos se encuentran las iglesias y grupos religiosos, las reuniones de Alcohólicos Anónimos y las comunidades terapéuticas. Esto pone de manifiesto el incumplimiento generalizado de la Ley Nacional de Salud Mental y Adicciones, que en su artículo 4° remarca la obligatoriedad de brindar atención a las personas que usan drogas en todos los hospitales públicos y las lleva a buscar respuestas en otros agentes o a que nunca lleguen al sistema sanitario.

No se necesitan centros especializados en adicciones para recibirlas, lo que se necesita es un compromiso ético para trabajar con las presentaciones clínicas de la época. Debemos darle a la salud pública el rol protagónico que le corresponde ocupar en cualquier proceso de transformación social y cultural.

El sistema de salud público y estatal, con sus dimensiones de gestión y de atención en los diferentes niveles de complejidad, debería ser el actor protagónico en el proceso de cambio del paradigma en el abordaje de los consumos problemáticos de sustancias. Para alcanzar este objetivo es necesario implementar un modelo de atención complejo, científico, interdisciplinario, intersectorial, conforme a una perspectiva de derechos y accesible.

La única manera de atender la demanda por consumo problemático de sustancias es, valga la obviedad, aceptando que se utilizan estas sustancias. No podemos asistir a esta población si pretendemos que llegue siempre a la consulta sobria, pulcra y a horario. Proponer estas condiciones como parte inflexible del encuadre terapéutico e institucional implica negar la clínica de los consumos y perpetuar el circuito de exclusión que estos sujetos arrastran desde el inicio de su padecimiento.

Entonces, para que la atención de estas personas pueda instituirse bajo las condiciones arriba propuestas, es necesario que su problema de salud sea descriminalizado. Los trastornos derivados del consumo de sustancias son un problema de salud en la misma medida en que lo son un infarto de miocardio, una fractura de tibia o un aborto. En tanto la tenencia de drogas continúe siendo un delito penal, la figura del “adicto” o la “adicta” va a seguir siendo homologada a la del “delincuente”, lo que provoca la exclusión de potenciales usuarios o usuarias del sistema de salud de sus diferentes efectores (consultorios, hospitales, centros de salud, guardias).

Alojar, ser hospitalario y sostener vínculos intersubjetivos complejos son partes ineludibles de nuestra tarea. En tanto los consumos problemáticos no se constituyan y acepten como un problema de salud, quienes trabajan en el sistema sanitario difícilmente puedan realizar este tipo de abordajes. Para poder hacerlo, es necesario también partir de la idea de que las personas que consumen drogas cuentan con un saber que los profesionales y las profesionales de campo de la salud no tenemos. Este saber --que no es teórico sino biográfico, subjetivo, social y cultural-- debe ser puesto a dialogar con los saberes profesionales y académicos.

En Tesis sobre el concepto de historia, Walter Benjamin señala que la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores. Lo que el autor nos propone es escribirla desde el punto de vista de quienes fueron vencidos. Para tratar a las personas con un consumo problemático de sustancias hay que darles la palabra, sobre todo a quienes “no están recuperadas”, en tanto su palabra está devaluada. Solo a través de esta operación de reescritura invertida es posible interrumpir el circuito de la opresión.

Por otra parte, la representación social del estereotipo del “adicto” o la “adicta” alcanza tanto al personal del campo de la salud como a las propias personas que consumen sustancias. No es infrecuente que de ambos lados del mostrador, el equipo de salud y quienes los consultan, coincidan en que el problema es “la droga”.

Es nuestra tarea otorgarle al abordaje clínico de los consumos problemáticos el espesor subjetivo que le corresponde, haciéndolos objeto de una atención sanitaria de igual calidad y compromiso ético que los que se les procuran a los demás padecimientos mentales.

Para esto, el dispositivo de atención debe ser descentrado, con un foco que no recaiga únicamente en el o la paciente sino también en su entorno y en el equipo tratante que lo recibe. Todas las personas participantes de este dispositivo son el centro en algún momento. La flexibilidad del sistema, que no significa blandura ni acefalía, es la única forma de alojar sin expulsar. Es por eso que entendemos que el verdadero objetivo de los tratamientos no es que la persona deje de consumir (aunque en no pocas ocasiones esto sería lo más aconsejable) sino alojarla y favorecer las nuevas condiciones de producción de subjetividad que implican que haya una red que escucha.

Alejandro Brain, Luciano Rosé, Rodrigo Videtta y Hernán Arra son miembros de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM).

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