La contaminación sonora en el mundo contemporáneo
La salud mental en una época de mucho ruido
Para Lacan, el ruido es la externalización del tormento de la lengua, y la psicosis actual lo disemina por el planeta.
La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla. La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla. La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla. La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla. La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla. 
La contaminación sonora es tal que hay aparatos para medirla.  
Imagen: Andres Macera

Si Faulkner -autor de "El ruido y la furia"- volviera a nacer, podría escribir una nueva obra que se titulase "La furia del ruido". Sería también un best-seller. El ruido nos está volviendo locos, a algunos más que a otros, pero aumenta de forma exponencial: se triplica cada treinta años. Estamos familiarizados con la contaminación visible, pero hay una que no se ve, solo se siente: la polución acústica. Del mismo modo que la oscuridad es cada vez más escasa, el silencio se extingue. Si alguien quiere gozar de él, tiene que pagarlo muy caro. Seis mil dólares por día en algunos lugares que se promocionan como "reservas naturales del silencio". Los pobres meten barullo, porque el ruido distrae. Agita el cuerpo y sirve para olvidar algunas cosas, pero a partir de cierto grado se convierte en un infierno. El ejército norteamericano utiliza temas de Kiss, Eminem y algunos otros músicos como método de tortura en Irak y Guantánamo. Los pasan a todo volumen y no hay quien aguante eso. Pero no es indispensable el volumen para que el ruido llegue a volvernos locos. Una chicharra que canta por la noche puede ser suficiente para arrancar a alguien de sus bisagras. El mundo ya no se concibe sin ruido, sonidos y músicas. Cuando nos mantienen a la espera en una llamada, mientras comemos en un restaurante o tomamos café en un bar, literalmente nos asalta la música. En cualquier lado un coro polifónico de bings, pops, pings, clocs, rings, tics, ñics, fluye de los teléfonos móviles anunciando la entrada de Whatapps, Twitters, correos, mensajes, noticias. El ruido nos persigue por todas partes y a todas horas. Por internet se pueden comprar dispositivos que emiten sonidos espantosos para vengarse de los ruidos que hacen los vecinos. La Guerra de los Roses es ahora la Guerra de los Noises. Stéphane Pigeon, un ingeniero procesador de sonido, es el creador de una verdadera enciclopedia de ruidos y sonidos. Ha grabado miles, en una frecuencia uniforme para ayudar a la gente a familiarizarse con los más insoportables y deleitarse con los que ayudan a dormir. "El ruido se ha emancipado de la mano del ser humano, convirtiéndose en algo autónomo e inagotable", escribe Bianca Bosker en The Atlantic. No sé si ha leído a Lacan, pero lo parece: el ruido es la externalización del tormento de la lengua, y la psicosis generalizada contemporánea lo disemina por todo el planeta. 

A algunos el ruido les viene de maravillas para alejarse de sí mismos, porque el silencio puede ser peligroso y dar lugar a descubrimientos indeseables. 

Desde hace años, hay gente que escucha un ruido del que no puede aislarse. Es un fenómeno que se extiende cada vez más. Recorren consultas de médicos, psiquiatras, y psis de todas las categorías. Hacen denuncias. El ruido, ¿suena dentro o suena afuera? A eso se lo conoce como "The Hum", el zumbido. Se estudia en todo el mundo y no hay nada concluyente. Se forman asociaciones de personas que escuchan ese zumbido. Son legiones. Otros, como lo dice el evangelio, tienen oídos para no escuchar y por ende no oyen nada. Los del zumbido no están tan zumbados como parece: ahora ya se sabe algo a ciencia cierta (nunca mejor dicho). Los silos donde se almacenan gigantescos servidores de internet y bases de datos, emplean refrigeradores para que la temperatura no haga explotar los sistemas. Los refrigeradores producen exactamente esa clase de sonido que muchos escuchan. La tecnología tiene su propia voz, que no duerme, no descansa, y no cesa nunca. Esa voz cada vez grita más fuerte y de ese modo se consigue que todos oigan pero no escuchen nada. A algunos eso les viene de maravillas para alejarse de sí mismos, porque el silencio puede ser peligroso y dar lugar a descubrimientos indeseables. Quizás muchos de los que se tapan los oídos con auriculares y escuchan música todo el día en realidad no procuran aislarse del mundo, sino tomar recaudos respecto de su propio inconsciente, que posiblemente respira más y mejor en ambientes silenciosos. Por eso hay tanta gente que prefiere llenarse de ruido.

*EOL y AMP. publicado el 13 de octubre, a las 12:40, en Facebook.

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