Lo que le pasa al corazón  

No es que le disguste el pasado, pero prefiere mantenerlo a una distancia prudente. “Nunca pienso en el Pasado/ pero a veces/ el Pasado piensa en mí/ y se sienta/ siempre muy suavemente en mi cara”, escribe. Por más que no quiera amargarse con los sueños frustrados, cada tanto le pasa. “Mi abogado dice que no me preocupe/ Que la mugre ha matado la revolución/ Me lleva a la ventana del ático/ Y me cuenta su plan/ De falsificar la luna”. Algunos lo definen como un depresivo crónico: “Sentado en los peldaños de madera/ al sol de la mañana/ intentando aprender a morir”. Y, en el mismo poema, más abajo, redondea: “Como ya no deseo explicarme /Me he convertido en una piedra/ Como ya no anhelo a nadie/ No estoy solo”. Sin embargo, no es tanto un depresivo como un tipo que a cierta edad mira a su espalda con una sonrisa que no viene del cinismo sino de la comprensión. Y no se envanece: “Trabajé siempre con firmeza/ Pero nunca lo consideré un arte/ Financiaba mi depresión/ Viendo a Jesús, leyendo a Marx” // Y aquí estoy revisitando / Lo que le pasa al corazón”. Justamente así se llama uno de sus últimas canciones: “Happens to the heart”. Hace días que la escucho. Si bien el tema me gana con la gravedad que destila, el video que acompaña su lanzamiento es de una sensibilidad reblandecida: un adolescente rapado, pálido, rasgos atormentados por el angst, un joven Trakl de traje negro y sombrero, viene caminando por un bosque mientras se escucha entonar al hombre: “Luchábamos por algo definitivo/ No por el derecho de disentir”. El pibe se aleja en el bosque, tira el sombrero, se desprende de la ropa, camina desnudo al encuentro de un monje que le entrega un hábito. El iniciado sigue hacia la luz al final del camino, alcanza una cima y se sienta al borde del abismo. El relato admite al menos dos interpretaciones. Su autor pasó unos años en un retiro tibetano. Entonces el video sería una ilustración del cuentito de aprendizaje. Pero puede haber otra lectura: el pibe como reencarnación de aquel otro que ha sido el hombre que dice el poema con esa voz ominosa y envolvente, esa voz que es su marca de autor, aunque la voz no es nunca la que cuenta: son las letras. Que se volvieron desde hace rato oración.

Sin perder nunca la elegancia, no le faltaron ni amores ni excesos. Se ha dicho que el sexo y la religión fueron sus obsesiones. Les dedicó sus poemas y canciones, canciones introspectivas, como las últimas, casi rezos. En efecto, estamos ante un tipo que se prepara para la muerte. No le causan gracia los estragos de la edad. Aunque alude a menudo al destino, a pesar de la fatalidad aspira a un cierto ascesis y asume una humildad sincera. “En raras ocasiones/ se me concedió el poder/ de enviar oleadas de emoción/ al mundo. / Fueron sucesos impersonales/ sobre los que no tenía ningún control”. Y también: “Soy la canción y no el cantante”. Sin embargo, no olvida la real life, qué hacer con esta existencia en un mundo al que no hemos pedido venir y no logramos acostumbrarnos. “Ahora conoces la inmensidad/ que abarca el sufrimiento/ tampoco los maestros del Tibet/ ni los rabinos de Nueva York/ calmarán la sed que surge/ de la garganta de la soledad”.

A todo esto, ¿y Dios? ¿Dónde está si es que existe? El poeta se resiste a nombrarlo, a siquiera escribir su nombre y cuando lo hace es de esta forma: “D—S”. Sin embargo, a los ochenti, encontrándose cerca de la partida, sin nombrarlo, pero llamándolo Señor y él, a sí mismo, repitiéndose Himeni (“aquí estoy”, en hebreo), compone una canción sombría con aire de himno: “Yo Want It Darker”. “Lo querés más oscuro” increpa al tal Señor: “Si sos vos el que reparte las cartas/ me salgo de las partida/ Si tuya es la gloria / Entonces que la vergüenza sea mía/ Lo querés más oscuro/ Apagamos la llama”. Y después: “Pero la historia es la de siempre/ Hay una nana para el sufrimiento/ Y una paradoja para la culpa/ Pero lo dicen las escrituras/ No es ninguna demanda infundada/ Lo querés más oscuro/ Apagamos la llama. / Himeni Himeni/ Estoy preparado, mi Señor”. Que nadie se sorprenda, el hombre supo decir: “Estoy preparado para morir. Llegado a cierto punto, y si estás todavía en tus cabales, tenés que aprovechar la oportunidad de dejarlo atado. Tal vez sea un cliché, pero se subestima su poder analgésico. Dejá todo en orden si podés hacerlo, es una de las actividades más reconfortantes, y los beneficios son incalculables”.

A esta altura se habrán dado cuenta que me refiero a Leonard Cohen (1934-2016) a sus últimas canciones, pero más específicamente, a su libro póstumo de poemas, letras, anotaciones y dibujos: “La llama”, una joya de literatura confesional. Según su hijo Adam: “Durante el difícil período de su escritura, mi padre enviaba mails con “no molestar” a los pocos que solíamos pasar a verlo. Reanudó su compromiso con la práctica de una meditación rigurosa para que su mente se concentrara en el trabajo mientras las múltiples fracturas en las vértebras le provocaban un profundo dolor y su cuerpo se debilitaba por la enfermedad. A menudo me comentaba que, con todas las estrategias de las que se había servido en el arte y la vida durante su rica y complicada existencia, habría deseado mantener con mayor firmeza el reconocimiento de que la escritura era su único consuelo, su verdadero propósito”.

 

No se trata, como verán, de un libro cándido. Y tampoco de autoayudismo poético. Porque Cohen propone dudas. ¿Acaso no es bastante en un mundo confundido donde las certezas del sistema están a la orden del día mientras aumentan los evangelizadores capitalistas y los creyentes muertos de hambre duermen a la intemperie?

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