El macrismo y su "institucionalidad"
Y se dicen republicanos…
Imagen: NA

Advertencia: esta nota no hablará de los seguros, probables u operados nombres del gabinete de Alberto Fernández.

Sí debe decirse que el lugar continuamente ocupado en los medios por las certezas o el humo, acerca de esos integrantes, no sólo responde a una expectativa lógica, ni a la buena información, ni a la necesidad de llenar espacio, ni a los intereses de quienes autopromueven sus candidatos o sus propios nombres (lo cual es asaz riesgoso por aquello de que el que suena, suena).

Hablar todos los días de lo mismo, casi con fruición, sirve a dos razones centrales que pueden ir en el siguiente orden o en el inverso.

A) Encontrarle el pelo al huevo para que cada figura circulante sea exprimida respecto de todas las contradicciones de su vida política y de todos los aspectos que reflejarían choques entre ambos Fernández.

B) Reemplazar con A) cualquier referencia principal al ominoso fin del gobierno de Macri, no ya por la crisis económica espantosa que deja en los flancos interno y externo sino, y sobre todo, en su reivindicación de haber protegido con decencia los valores republicanos.

Acerca de B), lo ocurrido la semana pasada cruzó límites de obscenidad pero sólo unos contados medios, entre los tradicionales con llegada nacional, dieron cuenta de este bochorno que debería avergonzar a -digámoslo así- algunas gentes de derechas susceptibles de mantener honestidad intelectual.

Los radicales orgánicos y quienes siguen reivindicándose como alfonsinistas sin que se les caiga la cara tras haber apoyado a pie juntillas este esperpento, ¿no tienen nada para decir sobre los enganchaditos de estos días?

Primero, Macri decretó un régimen especial para sus caciques de nivel secundario. Los cargos de director general pasan a ser estables por cinco años. Se dictamina que, si el Estado pretende removerlos, debe pagarles una indemnización equivalente a los sueldos que les restan para completar ese plazo.

Con la firma del Presidente, de Marcos Peña y de Dante Sica, el macrismo convoca a defender derechos de los trabajadores estatales al borde de partir.

Hasta el descolgado más patético advertiría que una medida de esa naturaleza tiene únicamente el sentido de agregarle conflicto al futuro gobierno, para custodiar a funcionarios con, en varios casos, serios problemas de reinserción en la actividad privada.

Pero esta barbaridad no era todo y sería probable que, hasta el martes de la semana próxima, haya otras que completen el súmmum de la impudicia institucional.

Apenas horas después de que Macri decretara esa conservación de jefaturas, también pretendió que se reuniera la comisión bicameral de comunicación para colocar arribistas de su confianza en los cuerpos estatales que regulan radio, televisión y espacio de licencias en la zona de telecomunicaciones.

La maniobra fue promovida por el senador santacruceño Eduardo Costa, de la UCR y presidente de la bicameral, quien pretendió avanzar además con la designación del Defensor del Público (cargo en el que, a contramano de la ley, permanece un okupa macrista, Emilio Alonso, de nulos antecedentes en el mundo de los medios e interventor de un organismo relevante para apuntalar el derecho de las audiencias. Ver nota de Washington Uranga , en este diario, el jueves pasado).

El macrismo estuvo a punto de lograr quórum para imponer esa asquerosidad tan republicana. Lo impidió, por un pelo, la respuesta denunciatoria y activa de los trabajadores de esos organismos públicos (Defensoría, Enacom, RTA). Más el aporte de referentes de la esfera comunicacional. Si no era por eso, hoy estaría asistiéndose a la colocación de alfiles de Macri en lugares considerables para librar la batalla cultural que se viene. O que debería venirse.

Y todavía falta, porque se lanzó un DNU a fin de que el nuevo gobierno no indague sobre los arrepentidos . A once días de expirar, el Presidente creó un ente autárquico para impedir que las próximas autoridades tengan datos, precisos, sobre cómo la Justicia macrista consiguió tanto remordimiento, que puso en la cárcel a decenas de funcionarios y empresarios del gobierno anterior. La jugada tuvo algo más de rebote mediático, no demasiado, porque generó reacción indignada hasta en Comodoro Py y en camaristas de Casación.

El paquete descripto podrá no portar interés masivo, es cierto. Convengamos que ni los vericuetos judiciales ni los chanchullos en órganos del Estado despiertan atracción popular. Pero, en lo argumentativo, sí tiene peso -grande- cuán republicanos son los macristas. Y sus correligionarios acompañantes.

Estaba claro que el gobierno saliente sólo puede refugiarse en inventar valores de probidad institucional, porque la economía no les deja otro sitio que huir despavorido. Sin embargo, nuevamente: ahí están quiénes son y cómo proceden los baluartes constitucionales, los cruzados de la libertad de expresión y los que se sienten amenazados porque retornan las hordas kirchneristas.

Qué derecha poco seria. En la estampida, no saben guardar ni el cinismo de los modos.

Se van con la pretensión de meter por la ventana tristes aspirantes a conservar cargos, en lo que era el mejor equipo de los últimos 50 años.

Se van renunciando, justamente, a toda formalidad de respeto a las instituciones. Decretan acomodados a punto de marcharse. Maquinan trucos parlamentarios para morder unas tortas de última.

Así es la política, dirán ante la evidencia. Correcto parcialmente. En todo caso, eso también es la política salvo que quiera atravesársela de manera testimonial.

La dificultad de los macristas, incuestionable, es haber asegurado lo impolutos que eran para cambiar la política. Toda, incluida la sección en que decían diferenciarse de los peronistas.

No. Dicho en forma chicanera, al solo efecto de que alguno de ellos se anime a refutarlo, son iguales al “populismo” que transan, trampea, opera, corrompe.

La diferencia es que con el peronismo, al menos, hay la expectativa de que caiga algo, poco o bastante, para los relegados de siempre. Con ellos no. Nunca.

No puede (no debiera haber) ilusión objetiva con los neoliberales. Y el fondo de la historia, en Argentina, sigue dando batalla.

Se verá cuánto de extensas son esas profundidades, que como ya se vio cuando ganó Macri, cuando volvió a ganar a los dos años de ejercer y cuando su buena elección el 27 de octubre, son un hueso durísimo de roer.

Por lo pronto, Alberto F., como lo designan los medios que se obsesionan con destruirlo desde antes de empezar, le avisó a Kristalina que la primera regla es dejar de pedir prestado; que a otro perro con el hueso del crédito que falta de lo acordado; que si hay que emitir se emite; que de hecho ya ocurrió en la crisis de comienzos de siglo; que le confía al pacto social para acomodar ciertos tantos de la inflación y que sin algo de plata en el bolsillo de la gente no hay salida de ningún tipo. Ni de consumo, ni de recaudación impositiva, ni de nada.

La receta puede merecer desconfianza de “los mercados”, pero es la única realmente existente como alternativa al desastre que, otra vez, deja la fórmula de quitar ingresos a quienes menos tienen para surtir al núcleo duro de los privilegiados.

La región podrá consolidarse hacia derecha electoral y/o efectiva, significa que esta nueva experiencia argentina de ánimo redistributivo está bastante huérfana de acompañamiento y la hegemonía mediática no dará descanso.

Precisamente por todo eso, nacería una gestión fuerte, estimulada por la adversidad, que no es en soledad la de “Alberto F”.

Por el principio de acción y reacción, debiera ser el gobierno de un conjunto intenso, muy intenso, capaz de afrontar también los desafíos de sectores de poder, como la banca y las grandes patronales agropecuarias, que más temprano que tarde gatillarán todo su arsenal.

Los gestos que se perciben, el papel de Cristina, la conformación de los equipos, las declaraciones en una misma dirección, la confianza en esa novedad histórica que representan Axel Kicillof y su gente al mando de La Provincia, son alentadores.

Alguien dirá que eso es más bien por default, siendo que nada podría ser peor que lo que se va.

Sí. Eso también.

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