Entrevista
Pancho Muñoz: "Aprendí a escribir poesía escuchando"
En la AM 750 acompaña a Federica Pais en su programa Te Quiero. Pero al mismo tiempo está presentando su décimo libro de poesía: Huella de perro en el cemento fresco.  
"Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz. "Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz. "Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz. "Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz. "Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz. 
"Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros", dice Muñoz.  
Imagen: Jorge Larrosa

El periodismo, en la vida de Pancho Muñoz, nació de la poesía. El camino que le abrió las puertas de Radio del Plata. Nacional, Continental, Provincia o El Mundo –entre tantas otras–, que lo convirtió en guionista y ladero de Lalo Mir y en colaborador de revistas emblemáticas como Pelo, que le permitió construir un sello personal desmenuzando cada mañana las tapas de los diarios con su mirada recargada de una ilustrada ironía barrial, fue un camino que empezó a construirse en forma de versos hace ya casi sesenta años. Un camino en el que esas dos experiencias fueron creciendo a la par, y que hoy lo tiene en la AM 750 acompañando a Federica Pais en su programa Te Quiero y presentando al mismo tiempo su décimo libro de poesía: Huella de perro en el cemento fresco (Milena Caserola).

“El nombre viene de cierto misterio cotidiano. Tienen que darse un montón de casualidades físicas para que la huella quede grabada: que el cemento esté medianamente fresco, cosa que no gotee y el perro no hunda toda la pata, y luego que esa pata sea suficientemente mullida y no tenga demasiada resistencia al cemento”, explica Muñoz, sentado en un pequeño patio de la AM 750 después de terminar su programa, sobre el origen de esa imagen que eligió para titular su libro y uno de los poemas que lo componen, en el que se lee: Un juego feroz con un final previsto / en donde nadie nunca cambia nada / Huella de perro en el cemento fresco. “Hay una cuestión de densidades que hacen que se eternice esa huella. De alguna forma la poesía es un cemento fresco. Si tocás bien y se dan esa serie de casualidades, hay una marca que queda grabada”.

Para Pancho Muñoz, nacido el 25 de mayo de 1945 y criado en Ramos Mejía, todo se disparó cuando tenía 17 años y trabajaba en la ferretería familiar. En esa época empezó a escribir sus primeras poesías, conmocionado por la lectura de César Vallejo, José de Espronceda y Francisco de Quevedo. Uno de esos poemas que pergeñó en la ferretería, del que ya no recuerda siquiera el título, fue publicado en un diario de inclinación socialista llamado Propósitos. Ese poema llegó a manos de un editor de Clarín que enseguida se comunicó para reclutarlo en la sección Rural del diario. Ahí no duró mucho tiempo y pasó a Cultura, “ya que mucho no podía escribir sobre la remolacha y sí tenía algo para decir de Los Beatles”, recuerda Muñoz. En pocos años el azar volvería a hacer girar la rueda para depositarlo en el interior de un estudio de radio.

“Yo tuve toda una infancia de peronismo. Después me agarró la revolución cubana, la poesía de Nicolás Guillén, y la explosión de los Beatles. Eso y la vida propia del barrio eran mi mundo”, dice Pancho Muñoz y enseguida comienza a golpear la mesa como si se tratara de un tambor y a recitar con una voz firme y ajada. “Me agrada un cementerio / de muertos bien relleno / manando sangre y cieno / que impida el respirar / y allí un sepulturero / de tétrica mirada / con mano despiadada / los cráneos machacar. Eso es de Espronceda, es todo ritmo, redoble de tambores. A escribir poesía se aprende y yo aprendí escuchando. Lo primero que te llega es el sonido en bruto. Después pasé de Pablo Neruda a Nicanor Parra, que decía: si le pegan un bife, no ofrezca la otra mejilla, ofrezca un recto al mentón. Sentía que me estaba hablando a mí. Eso me cambió la vida”.

Como redactor en la sección Cultura de Clarín, ya entrada la década del ochenta, le tocaba estar en el Estadio Obras casi todos los fines de semana. De ahí se volvía a su casa en Flores y compartía el taxi con Elizabeth “la Negra” Vernaci. Fue ella quien finalmente lo llevó hasta esa “madre eterna” que es, para Muñoz, la radio. Lo invitó a escribir guiones en 9PM, el programa que conducía junto a Lalo Mir en Radio del Plata. “Ya para ese momento yo tenía hecho mi viaje por la avanzada francesa: Rimbaud, Artaud, Apollinaire, Lautremont. También por la Generación Beat y la psicodelia. Había pasado de los tambores a otra esencia que tiene más que ver con la ironía, lo sarcástico”, explica Muñoz. “En esa época no había fax ni nada, así que iba y llevaba los guiones de apertura a la radio. Hasta que un día Lalo me dice '¿por qué no lo lees vos?' Y desde ahí no paré más”.

A medida que la charla avanza su cuerpo delgado se va encorvando sobre la mesa, aunque siempre termina dispuesto a incorporarse con elasticidad para encender otro cigarrillo. Su voz adoquinada y rasposa juega con los tonos y los silencios al mencionar a esos poetas que poblaron su vida y que brotan en cada frase para explicar algo que siempre parece estar más allá de las palabras. Ezra Pound le hace recordar que “la autoridad debe ser entendida como una buena razón”, Raúl Gustavo Aguirre aparece para decir que “el poeta debe ser como el cazador furtivo esperando eso que a cada momento está por salir”, Cervantes para entender que una novela es “literatura atada” y Marcel Proust para definir a la poesía como “un estado mental ligero”. En ese entramado de voces y recovecos, Pancho Muñoz se va construyendo como embajador de un tiempo pasado en el que se confunden el arrabal y el existencialismo.

“Es muy difícil definir qué es poesía. Lo que es más fácil es advertir aquello que no es poesía. Hablar de un 'estado mental ligero' es hablar de una compulsión a desagotar ese momento de 'iluminación', que es algo que suena muy pretencioso pero que simplemente se trata de haber sido conmovido por un momento, un flash que tuviste”, explica Muñoz. “No es algo voluntario tampoco: aparece con una hormiga, una chica que se suelta el pelo, alguien que se cae por la calle, son momentos que por algún motivo a uno lo conmocionan. Luego viene el talento y la gracia que se necesitan para desagotarlo y convertirlo en palabras, que de por sí tienen un régimen soviético. Siempre es el lenguaje el que juega con nosotros. El desagote de esa iluminación es mucho más importante que la iluminación misma”.

--¿Hay un entrenamiento para pulir ese “desagote”, o se trata más bien de una capacidad innata?

--Hay un aprendizaje absoluto. Mis primeros libros están más apretaditos, cuidados. Después fui tomando confianza y pude gozarla más. Pero el escribir angustia. Que no es lo mismo que el sufrimiento. Es una angustia que tiene su propio sabor. Yo soy muy lector de poesía, y en la poesía lo interesante es que uno no lee con lo que sabe. En cambio, si lees un ensayo estás leyendo con tus códigos, influencias, citas, referencias. Con la poesía lees sin saber. Lees y punto. Por eso en la poesía no hay un después. Eso es el estado mental ligero. Luego viene el entrenamiento. Uno celebra las búsquedas y no, lo que hay que celebrar son los hallazgos. Eso de andar buscando, haciendo cursos, eso tiene un límite. Después uno se libera y lee sin saber, lee poesía.

--¿Cómo conviven ese estado ligero ligado a la poesía con las necesidades más “duras” del periodismo?

--Se llevan muy bien. Hay grandes ejemplos de eso: lo tenés a Dolina para empezar, el poeta de la radio. Mucha gente de la gráfica, el Turco Asís haciendo periodismo, Osvaldo Soriano, Roberto Arlt. Ajustando más las tuercas, Roberto Fontarrosa. Donde hay datos siempre puede haber poesía. Eso a veces se piensa alverre por esa frase horripilante de personas que te dicen "trabajás de lo que querés". ¿Qué premio me gané? La literatura es un trabajo, como el de un cirujano. Con su propio sindicato, sus propias reglas. Un trabajo en el que el resultado no está nunca garantizado. Lo que se va a la basura es diez veces más grande de lo que queda en la hoja. Es una búsqueda de ciruja, de cartonero, vas eligiendo las piezas que te hacen falta para conformar tu artefacto.

--Después de pasar por la gráfica elegiste la radio. ¿Qué fue lo que te hizo tomar esa decisión?

--El micrófono es una droga. Además de que entre las dos opciones con la radio ganaba mucho más y tenía más libertad y comodidad. La palabra en la radio es más impúdica y tiene mucho más cuerpo. La cámara en cambio es una gorra de policía. La radio tiene muchísimo de actuación, tanto como la política. En la política se mezclan el micrófono y la cámara. La política está para adivinar el futuro, sino no sirve para nada. El arte es otra cosa, el arte cura, esa es su función. Tranquiliza, enfervoriza, te da respuestas. El arte es consecuencia de lo que está pasando. A fines de los setenta no es que apareció el punk, el mundo se punkizó. Es al revés de como se pretende cuando le quieren dar a los artistas una categoría que no tienen.

--Creciste en las décadas del sesenta y setenta, donde el “hombre nuevo” parecía estar a la vuelta de la esquina, desde el arte y desde la política. ¿Estamos en una época completamente distinta?

--La historia en ese momento era ir, no se sabía bien a dónde. La fiesta era ir, estar en eso. Hubo una aparición mortífera que fue la del rock cantado en castellano. Era una divisoria de aguas. Empezaba la verdadera grieta cultural, lo que yo llamo las aduanas culturales: Borges, Cortázar, Pizarnik. Es un Triángulo de las Bermúdas que filtra todo y en el que termina todo. No tenés documentos que te validen para pasar por ahí y el arte empieza a compararse todo el tiempo con eso, cuando lo nuevo sucede siempre en los márgenes. Hoy vivimos en un mar de poetas jóvenes, de música joven. Hay una aversión al trap furibunda hecha por los talibanes del rock. Y es fantástico el trap, lo están haciendo pibes de 14 o 15 años. Son movimientos que se escapan, que van por la periferia, los intersticios. No importa cuánto tiempo tarde en morirse una expresión artística, sino todo lo que hizo mientras vivió.

--¿Creés que en todo eso hay un movimiento tan potente como lo fue el rock en tu juventud?

--Lo nuevo siempre produce rechazo y después todos se desesperan por aprenderlo. Pasa en la medicina, la física, la política, la música, hasta que termina venciendo. ¿Qué va a pasar dentro de cinco años? Creo que es mejor no saberlo. Una vez le hice una nota a una chica que jamás me voy a olvidar. Plena crisis del 2001, era un dirigente estudiantil de La Plata. Le pregunté qué estudiaba y ella me contesta "antropología". “¿Y después?”, le pregunto, haciendo un poco el cheronca, diciéndole entre líneas de qué vas a vivir. “¿Y mientras tanto?”, me contestó ella. Claro, tenía razón. Qué va a pasar después no sé, este es mi mundo, ¿de qué vivo ahora?

--Viviendo en un mar de poetas, ¿cómo se reconoce una buena o una mala poesía?

--Es tan personal eso... aunque hay un marco que excede lo subjetivo. Sabemos lo que no es poesía. Oscar Wilde decía que una vez se había pasado una tarde entera decidiendo qué hacer con una coma, y que al final la quitó. Yo pienso que es un laburo minucioso, obsesivo. La palabra que queda soldada, abulonada, que no se puede cambiar, que no tiene sinónimos. Eso es buena poesía. Uno tiene la obligación de ser claro cuando está escribiendo. Así te metas con la trama más dañada, más confusa. Cuando uno se dio cuenta de que llegó al límite esa claridad, ya está. Hasta ahí debe llegar, en eso se juega la honestidad. Así son todas precisiones las que deja, no queda nada librado al azar.

--Suele repetirse que determinados autores son para determinados momentos de la vida. ¿Creés que el arte funciona de esa manera, que tiene más fuerza en un momento puntual?

--Nunca leí una novela dos veces. Ni un cuento tampoco. Y No he sido el mismo después de leer Leopoldo Marechal. Con la poesía lo que pasa es distinto. Vuelvo a leer Vallejo con la misma fruición de cuando tenía 18 años y el poema es otro, es distinto. Yo en un tiempo estudié Derecho y siempre me llamaron la atención esas escaleras interminables de la facultad, subir hasta allá arriba. O el Palacio de Tribunales o el Hospital Argerich. Creo que a la poesía la han puesto arriba al pedo, para que nadie llegue. ¿Cuánto tardás en leer un poema? ¿Tres minutos, cuatro? Entrás y salís. No hay después. Agarrás el poema y lo lees. Y si tenés ganas de leerlo, algo te va a pasar. No importa en qué momento de la vida estés. 


La realidad y las tapas

--Encontraste un espacio de observación que hiciste propio y que son las tapas de los diarios. ¿Cuáles son los hallazgos que se pueden hacer en una tapa?

--Ahí está todo lo que parece que no se está diciendo. Yo jodo con que las tapas son la prueba contundente de la jibarización del pensamiento contemporáneo. Está todo reducido, desvalido, desprotegido. Son un estropicio. Hay cosas que no se pueden creer y sí se pueden decir. Las tapas dicen eso. En estos últimos años, más aún, han hecho una verdadera carnicería con la realidad. Cuando leo las tapas me pongo en el centro del mundo y le quiero contar a la muchachada lo que está diciendo buena parte del periodismo más podrido del país, cómo te dan vuelta las cosas, cómo los intereses tiñen la moral… qué palabra. Y hago un ejercicio que es como con la poesía. Cuando leo las tapas no leo con lo que sé, leo simplemente. Entonces podés llegar a encontrarte con una que diga, que no existió, pero bien podría existir: "Felizmente llegamos a un 80% de inflación anual". Cualquiera dice cualquier cosa, con los economistas a la cabeza, que tienen un discurso que no se puede sostener dos horas.

--¿Tenés alguna preferida en todos estos años?

--Hay tapas antológicas. Pero están todo el tiempo renovándose. El hit reciente, por ejemplo, fue el de Clarín diciendo que Alberto “compite” con Macri por sus actos en la Plaza de Mayo. A ver… Macri se está yendo, haciendo un acto de despedida. Alberto hace uno de asunción. Ya fue la competencia, ganó por una sobrada diferencia. Pero Clarín te pone que todavía “compiten”. La tapa más disparatada siempre es la de mañana.

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