BALANCE DEL NO 2010-2019 | Durante enero, relevamos lo más destacado de estos diez años
Ghost, una misa metalera para la década del anonimato imposible
El proyecto del sueco Tobias Forge fue una banda imprescindible desde la triple frontera del pop, el heavy y el paganismo.
Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década.Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década.Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década.Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década.Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década.
Un ego enorme, un séquito misterioso y canciones mutantes y atrapantes fueron el sello de Ghost durante la década. 

“No queríamos trabajar con alguien que viniera de producir cinco discos de heavy, porque eso te hace sonar desactualizado. No queríamos hacer el disco del año, sino del próximo año. O de los próximos diez años.” Eso le explicaba al NO uno de los Nameless Ghouls en 2016, a propósito de Meliora, el disco que Ghost había editado hacía un año y que, probablemente, encarne su obra más importante hasta la fecha. Es discutible si alcanzaron de lleno el objetivo de máxima, pero no el nivel de ambición artística ni el resultado de un trabajo y una banda imprescindibles para recorrer la década que se cerró. “Ghost es un poco así, una canción puede cruzar de los Beatles a Profanatica”, ahondaba el guitarrista. “Es pop porque es melódico y ganchero, pero también hermético, oscuro.” Una jactancia de época: saltar las fronteras de estilos para encimar todo dentro de una playlist o, en este caso, un repertorio.

 

Aquel músico probablemente ya haya sido despedido por Tobias Forge, cabeza del grupo desde su formación en la ciudad sueca de Linköping. El cantante es el único que se reserva el derecho a entidad en su personificación –encarnó a Papa Emeritus I, II y III, ahora al Cardinal Copia–, mientras el resto de los integrantes se impersonaliza detrás de máscaras genéricas. Esa anonimia agregó un factor de puesta en escena que atrapó a juventudes bajo un hálito de satanismo pop y llamó la atención de colegas.

“Cuando los escuché por primera vez, pensé que era una banda de los ’80 que no conocí en su momento”, dijo Phil Anselmo, por ejemplo. El ex cantante de Pantera se sumó así a la lista de celebridades rockeras admiradoras de Ghost, como James Hetfield o Dave Grohl, quien les produjo su primer EP, un compilado de versiones que iban de los coterráneos ABBA hasta Depeche Mode. Con otros covers, como los de Eurythmics (Missionary Man) y Pet Shop Boys (It’s a Sin), la banda también rindió tributo a la década más tributada de la década: los ’80.

Opus Eponymous se llamó su debut, publicado en forma independiente en 2010, de sonido algo rústico pero con estribillos brillosos como el de Ritual o Stand by Him, donde los suecos demostraban que podían tomarse las cosas en serio como para que todo estuviera donde tenía que estar, pero no tan en serio como para que esa seriedad fuese un obstáculo. La invocación a Satán o la génesis del Anticristo sonaban simpáticas, sin llegar al límite de lo kitsch.

 

Ahora subsidiada por sellos multinacionales, a Ghost la jugada por fuera de la solemnidad y al pie del showbiz le habilitó una canción glam como Dance Macabre –cuyo clip presenta un Los Angeles sangriento– en su último disco, Prequelle, de 2018. Mientras el rock pierde peso en la modelación de conciencias, Ghost propuso recuperar algo de la vieja épica conquistadora a través de riffs claros y buenas canciones, lo que los convirtió en un grupo fácil para cualquier oyente, y a la vez un placer culposo para algunos seguidores del heavy metal.

Para Meliora, fue clave la inclusión de Klas Åhlund como productor. De eso hablaba el Nameless Ghoul: Åhlund no venía del palo del metal, era conocido por sus trabajos con Madonna o Katy Perry. El disco capturó un espíritu de época con su sonido barroco y apagado, húmedo y polvoriento, como una vista al sótano penumbroso donde se esconden los secretos de una iglesia. Cirice resume esa factura con un riff ganchero y un estribillo altamente melódico, sumado al poder de He Is como balada, y al valor de Absolution. Los mellotrones y los timbales reafirmaron ese impulso grandilocuente, para canciones que igualmente serían efectivas con guitarra criolla y voz.

Las demandas legales de su ex músicos finalmente le pisaron la sábana a Tobias Forge, que tuvo que develar su identidad y hoy da entrevistas a cara lavada. No le hizo ni cosquillas: se frota las manos pensando en un próximo disco y un nuevo intento por conquistar el mundo.

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