El crecimiento económico no es neutral. El impacto de la Ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva 

¿Cómo bajar la pobreza y la indigencia?

El mejor escenario para reducir la pobreza (o la indigencia) es el que combina el aumento del ingreso medio real (por crecimiento económico y/o mejora en la participación sectorial de los hogares en el PIB) con la disminución de la desigualdad interpersonal (coeficiente de Gini).

Surgió una polémica en torno al nivel de la pobreza por ingresos en la Argentina originada por el evidente contraste entre dos estimaciones realizadas por ODSA-UCA. Aunque, en principio, de toda polémica puede surgir algo positivo, cabe señalar que la discusión sobre el nivel de la pobreza alborota mucho pero aporta poco. La muestra del ODSA-UCA suele informar tasas más elevadas que la EPH de Indec. Los especialistas saben que el nivel de un indicador como la tasa de pobreza por sí solo dice poco, pues aunque pueda estar adecuadamente fundado siempre tiene algo de arbitrario.

Elevaría algo la discusión enfocarnos en la evolución de la pobreza. La evolución previa a 2016 es terreno de estimaciones privadas que, ante la ausencia de cifras oficiales de Indec, no necesariamente coinciden, debido a la heterogeneidad de los criterios usados para actualizar los umbrales y para gestionar las EPH del período 2007-2015. Pero en lo que al último año refiere, sobre este punto no parece haber grandes desacuerdos. Espera para la segunda mitad de 2019 un deterioro interanual significativo del indicador.

El verdadero debate

Más importante es concentrarnos en los determinantes de esa evolución. Y aquí las controversias son más interesantes. Mientras algunos toman por válida la “teoría del derrame”, desde hace años existe cierto “consenso teórico” que encuentra dos factores explicativos de los cambios en la pobreza.

Un ejemplo vernáculo de la persistencia de los “teóricos” del derrame es la reciente columna de opinión de Jaime Durán Barba, que con sólo dos evidencias (evolución del PIB y la pobreza en China) concluye: “La pobreza cero es posible (…) estimulando la producción y la riqueza”. Para estos “teóricos” fomentar la riqueza de algunos alcanza, tarde o temprano, para paliar la pobreza de otros.

El “consenso teórico”, por su parte, sostiene que la pobreza monetaria depende de dos factores:

a) La evolución del ingreso medio real (efecto-ingreso).

b) Los cambios en su distribución (efecto-desigualdad). 

Aumentos en el poder de compra del ingreso medio y mejoras distributivas reducen la pobreza. Caídas en el ingreso medio real y deterioros distributivos, la incrementan.

Desde ese consenso cabría señalarle al “columnista del derrame” que entre las evidencias que aporta omitió la fuerte mejora distributiva a la que asistió China en los últimos años (11,7% de reducción del Gini entre 2010 y 2015, según Banco Mundial).

Crecimiento, participación y distribución

Pero aunque el “consenso teórico” parece más adecuado, sus principales exponentes terminan por hacerlo más complementario que crítico al “derrame”. Esto se debe a que identifican el efecto-ingreso con el derivado del crecimiento económico y esta identidad es espuria: el crecimiento económico no es neutral.

Para ponerlo de modo sencillo, de acuerdo a una conocida metáfora culinaria, el PIB es una torta que se reparte entre distintos comensales (gobierno, empresas, factores del exterior, hogares). La porción que a cada uno toca (ingreso sectorial) puede variar dependiendo tanto de la evolución del tamaño de la torta (crecimiento) como de la forma en que se corta (participación secundaria sectorial).

Como la pobreza sólo se predica de los hogares, su evolución depende de los cambios en el ingreso de ese sector institucional, que están determinado por la modificación del tamaño de la torta (crecimiento) y por cómo se altera su corte (participación secundaria de los hogares): un aumento de la participación secundaria de los hogares (sin cambios en el PIBpc) tiene igual efecto sobre ese ingreso que un cambio proporcional en el PIBpc (sin cambios en la participación sectorial).

De modo que cuando los referentes del “consenso teórico” identifican el efecto-ingreso real (tamaño de la porción) con el efecto-crecimiento económico (tamaño de la torta), se están desentendiendo del impacto que tienen las alteraciones en la participación de los hogares (corte) sobre la tasa de pobreza. Esto no debería extrañarnos, pues para el análisis económico convencional la distribución funcional/institucional (participación sectorial) es irrelevante; sólo es (a veces) analíticamente importante la distribución personal del ingreso (Gini).

La evolución de la pobreza por ingresos depende, entonces, de factores de tipo macro, meso y microeconómicos. Respectivamente: a) del crecimiento económico (PIBpc), b) de la evolución de la participación (secundaria) de los hogares, ambos determinantes del cambio en el ingreso medio real, y c) de las alteraciones en la desigualdad interpersonal.

Al obviar los determinantes meso-económicos (participación sectorial) el “consenso teórico” se vuelve más complementario que crítico al “derrame”: en contextos recesivos con caída de la participación de los hogares (como 1994-1995 ó 2001-2002 en Argentina) o en contextos expansivos con aumento de la participación hogareña (como 2003-2008), la presunta identidad entre crecimiento económico y crecimiento de los ingresos termina sobreestimando el efecto de la evolución (macro) económica sobre la tasa de pobreza. Además, en no pocas circunstancias se vuelve conceptualmente inconsistente: situaciones de crecimiento con aumento de pobreza por efecto-ingreso (como en 1995-1996); contextos recesivos con disminución de pobreza por efecto-ingreso (como en 2008-2009).

¿Cuál es la estrategia más eficaz?

Hasta aquí, el mejor escenario para reducir la pobreza (o la indigencia) es el que combina el aumento del ingreso medio real (por crecimiento económico y/o mejora en la participación sectorial de los hogares en el PIB) con la disminución de la desigualdad interpersonal (coeficiente de Gini). ¿Pero cuál de esos dos factores reporta mayor eficacia?

Para responder la pregunta Nanak Kakwani propuso en 1993 su tasa marginal proporcional de sustitución (TMPS), que representa la tasa a la que debiera variar el ingreso para compensar los cambios en el nivel del Gini, de modo de mantener invariante la incidencia de la pobreza: una TMPS superior a la unidad indica que la pobreza disminuye más con mejoras distributivas que con mejoras proporcionales en los ingresos; una tasa inferior señala lo contrario.

La evolución de este indicador (TMPS H) sugiere que aunque durante algunos años (2009-2013 y 2017-2018) la pobreza se mostraba más sensible a las alteraciones distributivas, en 2019 el incremento de los ingresos (por crecimiento económico y/o mayor participación de los hogares) es la prescripción más recomendable para su disminución (TMPS H = 0,82 < 1).

La evaluación de la indigencia a partir de ese indicador (TMPS I) señala, en cambio, que la mejora distributiva es siempre la prescripción más recomendable para su reducción. Las políticas redistributivas, aquellas orientadas a mejorar los ingresos de los sectores más desfavorecidos de la distribución, son las más indicadas para reducir la pobreza extrema (en 2019, TMPS I = 3.55 > 1).

De lo señalado se desprende que el carácter claramente redistributivo de la recientemente sancionada ley de Solidaridad Social y Reactivación Productiva redundará, muy probablemente, en una disminución de la incidencia de la indigencia. La evolución de la pobreza, en cambio, dependerá además de otros factores. Y no sólo de cómo varíe el tamaño de la torta (crecimiento económico). Sino también de cómo se corten en adelante sus porciones (participación secundaria de los hogares).

Nota: La TMPS se encuentra directamente correlacionada con el nivel del ingreso medio real y su valor depende, necesariamente, de la mayor o menor exigencia del estándar de vida expresado en el umbral de privación monetaria (línea de pobreza o línea de indigencia). Estándares más exigentes (umbrales más elevados, como el de la línea de pobreza) se traducen en TMPS más bajas; estándares menos exigentes (umbrales más bajos, como el de la línea de indigencia) conllevan TMPS más elevadas. Esto último nos advierte sobre impacto que puede tener la introducción de cambios (como el de 2016) en el estándar de medición de la pobreza sobre la orientación que podemos extraer del conocimiento de la TMPS. Pero eso es materia de un debate viejo (de 2016), que pocos estuvieron dispuestos a dar en su momento.

* FCS-UBA.

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