El tormento más puro


EL CUENTO POR SU AUTOR

Si hay un territorio idealizado es el de la infancia. Se dice, equivocando mil veces la fuente, que la patria es la infancia. Como si con eso bastara para calmar el desequilibrio que significa aparecer en un mundo armado y demencial que no te necesita. En la infancia descubrimos el miedo, lo fantástico, dudamos del tiempo y jugamos con la muerte. Pero la infancia como fenómeno burgués niega el hambre, el terror, y hace hincapié en la inocencia, mientras fomenta el consumo de actividades y fuerza la mímesis de las criaturas con sus progenitores bien pensantes. Nadie se asume idiota. Heredamos mucho más que bienes muebles, o inmuebles, problemas gástricos o disfunciones de variado tenor. Heredamos dogmas, mentiras, duelos y formas de ejercer la violencia sobre los otros, más o menos solapadas por la velocidad de existir.

Estos tres relatos breves forman parte de El tormento más puro, y hacen ancla en ese campo oscuro del principio, donde los límites son borrosos, que resulta tan fructífero para imaginar. A pesar de las apariencias, son seudo realistas.

Los hechos de “Fragilidad” acontecieron, leí la noticia en un diario local. No así el desarrollo de su intimidad, que desconocía e inventé. Lo mismo sucede con “Las parlantes”. Aunque a veces dudo de mis fuentes y me da por suponer que también fueron inventadas. “Primer amor” es fruto de una pesadilla. Soy adicta a mis sueños, de ellos extraigo la libertad que la vigilia me roba.

Elijo esta secuencia para escapar de la obligación del cuento largo, y para obligar a quien lea a saltar un poco en el vacío, aunque ese vacío no sea más que un hueco entre párrafos.

FRAGILIDAD

Leonardo tiene dos años y nueve dientes. Juega solo entre las macetas del patio. La luz del mediodía cae sobre la baldosa que ocupa. Y así, tan iluminado, parece bendecido desde el cielo.

Junto al malvón hay un ser extraño, como un muñeco largo que saca intermitente la lengua finita, nerviosa. A Leonardo le pesa el pañal, pero igual se arrastra, seducido. Gatea y la cosa se paraliza, se deja atrapar. El nene la pesca con las dos manos, la reduce y se la mete en la boca. La muerde con sus colmillos recién nacidos. Le mastica la cabeza. Oprime ese cuerpo como si fuera un demonio al que someter. El juego consiste en aguantar el tironeo. Perder un poco el equilibrio sin soltar. Las baldosas se humedecen bajo el pañal.

A la madre le resulta raro tanto silencio. Y asoma medio cuerpo por la ventana de la cocina. Lo que ve, la espanta. Su hijo tiene la cara y las manos llenas de sangre. Una víbora entre los dientes. No te asustes, Leonardito, mamá te salva.

Frente a ella, el nene se niega a abrir la boca. La madre tira, pero de una patinada se golpea contra al suelo. La cabeza de la bicha sigue adentro de Leonardo, que la muerde con felicidad. La madre teme. La víbora parece mala. El nene mordisquea un ojo. Lo desprende, se lo traga. La madre no sabe qué hacer y le golpea la espalda para que escupa. Pero no funciona.

Corre a buscar cualquier cosa. Un elemento contundente. Piensa en la tijera, pero vuelve con un martillo. Lo primero que encontró. Leonardo se asusta al verla armada y tira lejos a su presa, que cae muerta junto al malvón. La madre la golpea con el martillo para asegurarse de que ya no existe. Después, levanta al nene y busca la moto, lo sienta adelante. Acelera.

Las diez cuadras hasta el hospital parecen doscientas. Sube la rampa, sortea unas camillas y entra a los gritos. Las enfermeras de la guardia se lo arrancan de las manos. Leonardo llora fuerte, la madre no puede pasar. Los chillidos del nene retumban en la sala de espera.

La tarde se dilata en la observación de las lesiones mientras la madre moquea, desesperada. Cuando por fin se abre la puerta, un médico la calma. No hay heridas ni síntomas de envenenamiento. La sangre no era del nene. Pueden volver a casa. Si hay fiebre, paracetamol.

El regreso en moto es lento. Por ser tan valiente, Leonardo se gana un cucurucho. El sol se retira del cielo.

La puerta del patio quedó abierta y llamó la atención de las libélulas, están por todos lados. La madre las espanta con la escoba, y con su furia.

Leonardo quiere salir, pero es hora de bañarse. No desea que la madre lo moje, lo seque, lo perfume. Un pañal limpio significa que es hora de dormir, la retirada. Pero la madre sabe cómo convencerlo. Primero se bañará ella, mientras él toma la leche en su sillita.

El vapor borra rápido la imagen de los dos. La madre se mete veloz bajo el agua, corre la cortina. Se enjabona. Al cerrar la ducha, silencio. ¿Leonardito estás bien? Se asoma. El nene salió. En su lugar, la mamadera goteando.

Afuera, hasta hace un instante, la cabeza sin vida de la víbora era picoteada por un pájaro negro. Un mirlo corregía esa muerte inútil, convirtiéndola en su improvisada cena. La carne de la serpiente es blanda, deliciosa.

Leonardo salió al patio y gateó hasta la carroña con el martillo en la mano. Tenía la seguridad de un ingenuo. El ave no lo vio llegar. Por eso ahora, aletea y se desangra. Leonardo golpea como su mamá, con la boca abierta. Hay plumas negras junto al pañal.

PRIMER AMOR

Qué limpita fue tu infancia, aunque mataras insectos. Nunca te vi sucia. Y mirá que arrancar con los dientes alas de mosca no es asunto delicado. Pero usabas delantal. Los cuerpitos heridos iban a tarros de vidrio. Había que verlos de noche, qué brillo. Nos invitabas a pasar, de a uno. Cerrá los ojos y elegí. A ciegas, el bullicio crecía. Los zumbidos se enredaban. Cuando fue mi turno, señalé sin ver. Es un grillo, dijiste, tuviste suerte. Abrí la boca sin mirar. Voy a destapar el frasco, no te asustes. Escuché tu risita muy cerca. Cuando abrí los ojos, la vi. Con tu lengua infantil chupabas el cuerpo de una araña. Después la guardaste en el tarro. Ahora besame, dijiste. El terror me cerró la garganta.

LAS PARLANTES

Eran mofletudas, con los ojos fijos y las pupilas de vidrio. Los tirabuzones secos, el tronco de metal, miembros articulados. Fueron realizadas a fines del XIX. La producción de estas muñecas fue un fracaso. Demasiado raras, las boquitas entreabiertas mostraban mucho los dientes. Filas en carey diminuto, de sonrisa falsa. Algunas se vendieron, por la novedad. Estas dos quedaron sin dueño, en la vidriera de la juguetería Fingen. El dueño del local, Álvaro Fingen, se negaba a dejarlas ir. Era amigo del fabricante y por eso, su hija Rosie, de seis años, les había prestado la voz.

En cuanto salieron a la venta las muñecas, la nena cayó enferma. El infortunio mostró su perfil más macabro y, a los tres meses, Rosie murió sin decir una palabra.

Después del entierro, el cielo parecía un bache, una depresión oscura. El señor Fingen pasó en el local toda la noche, dando cuerda a las muñecas. Quería escuchar a la fallecida.

En el cuerpo de la rubia, Rosie cantaba una vieja canción de cuna. Y centelleo, centelleo, a través de la noche. Su voz era triste, distante. Parecía venir del sepulcro. A través de la pelirroja, repetía otra frase como un mantra. Según Fingen, hablaba del paraíso. Los labios del cielo dicen cosas, parecía decir. Nunca se entendió qué cosas. A la vocecita quebrada, se le sumaba el crujido de la grabación.

Se hizo rutina en él pasar la noche con ellas. Temía dejar sola a Rosie, apagarle la luz. Nunca cierren los ojos, les decía. Como si pudieran. Esperaba a que el primer rayo rozara la persiana para subir a su casa y dormir hasta el mediodía. Su mujer no abandonaba la casa, detestaba a las muñecas. Y los empleados tenían prohibido tocarlas. Renovaban la vidriera cada mes, salvo por esos cuerpitos duros de robadoras de garganta. Una junto a la otra, la rubia y la pelirroja fueron cercadas por juguetes menos sofisticados que se vendían bien: pistolas, caballos mecedora, bloques de madera, burbujas, bancos mecánicos y monos a cuerda.

Cuando nació Rosie B, la segunda hija del matrimonio, el señor Fingen dejó de visitar a las muñecas. Su mujer murió en el parto y él debía concentrarse en la sobreviviente. Pero prohibió que las parlantes fueran retiradas de vidriera.

Una tarde, el encargado rozó a la rubia con un plumero y tuvo ahí mismo una convulsión nerviosa. Se atribuyó al contacto. Quedó como extraviado, la boca seca. Fue internado. Dos meses más tarde regresó, pero nunca se recuperó del todo. Temblaba o se quedaba duro, agarrotado de miedo.

El personal comenzó a temer. Las parlantes encarnaban el horror. Si se cortaba la luz de golpe, eran ellas. Un rayón en el vidrio de color rojo, ellas. Dolores, pérdidas, ellas, ellas. Quedaron más aisladas que nunca. Los cilindros escondidos bajo sus ropas enmudecieron. Nadie giraba la manivela de aquellas espaldas. El polvo hizo un dibujo sobre sus bucles más espeso que la niebla.

Durante meses, los nenes que se detenían a contemplar la vidriera de la juguetería, lloraban frente a la visión de las parlantes. Algo siniestro, un imán amargo, hacía imposible no perturbarse delante de aquel doble rictus congelado de bocas entreabiertas. El empleado, resentido, resolvió tapar ese sector con un teloncito de corazones rojos. Pero el sol fue destiñendo el color y, al poco tiempo, el aspecto era tétrico de nuevo.

Al igual que su padre, la pequeña Rosie B se sintió, en cuanto pudo bajar al local, cautivada por las muñecas. Les pasaba un algodón cada semana para retirarles la mugre. Les cepillaba los tirabuzones con un peine chino. Y pidió que, en las tardes, le fuera servido un té para tomar con ellas en la vidriera, ocultas por el telón descolorido. Ya no quería salir, ni subir a la casa. Fingen tuvo que traer un maestro para que le diera lecciones, la nena se negaba a ir al colegio. Aprendió algunas cosas sin moverse de la vidriera, pero los asuntos mundanos no le interesaban.

Algunos dicen que, a los quince, Rosie B tenía largas conversaciones con las parlantes sin darles cuerda. Pero son habladurías. No se cansaba nunca de las frases repetidas.

Nuestro mundo habla más alto que el paraíso, cantaba con las Rosie. Las muñecas parecían menos severas, incluso infantiles. El señor Fingen se sentía casi feliz. Sus hijas derrotaban a la muerte. Él no pudo, murió bastante joven. Su fortuna pasó a Rosie B, pero ella eligió mal. Así dijeron. En lugar de quedarse con la casa y alquilar el local, hizo al revés. Los empleados recibieron un telegrama de despido.

La primera noche que pasó sola en el local, alguien forzó la puerta. Varios sospecharon del encargado, resentido por el asunto del plumero y sus secuelas. Pero no pudo probarse. Fue junto a las parlantes que el extraño la forzó, a cara bien cubierta. Ni se bajó el pantalón. Con una mano pudo inmovilizar a Rosie B, con la otra, dio cuerda a las muñecas. Pero se quedaron mudas, ni pestañearon.

En cuanto el atacante huyó, ella cerró la puerta. Nunca más puso un pie en la vereda. Vivía en la vitrina, con la persiana baja. Le gustaba la noche porque la gente está menos consciente y las rarezas se notan menos. Permanecía sentada junto a las muñecas, hablando de sus visiones. Mientras tanto, adentro suyo, se gestaba otra. Una distinta, carne nueva.

Los inquilinos de la casa le dejaban comida caliente y la asistieron en el parto. Pero Rosie B parió a una Rosie que no se parecía a las otras. Los ojos diminutos, muy pegados: parezco un pájaro. Hui en cuanto pude. Ayer me informaron que murió. Su madre murió, dijeron. Y tardé en asociar esa palabra con ella.

Hoy tomo el control, un avión. Tengo ideas. Al llegar, encuentro las persianas del local bajas. Un abogado me espera en el restorán de enfrente. Papelerío, certificados. La llave. Lo primero que hago al entrar es buscar a las muñecas. Es lo único que sé de mi familia.

La rubia estaba bajo una viga de madera que se desplomó por falta de mantenimiento. El mecanismo descompuesto, la cabeza rota. La meto en una bolsa de basura. A su lado, la pelirroja ha salvado su cuerpo. La examino. Le doy cuerda. Una vocecita antigua susurra una frase idiota. Me parece cómica, inofensiva. Decido venderla. Hago lo mismo con la casa y el local.


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