Sin magia negra

Imagen: Sebastián Joel Vargas

—Me mandó a que te haga pasar. Que te haga esperar en el palier. Ahí tenés la luz. Cualquier cosa si se apaga apretá el botoncito rojo —dijo la señora de guardapolvo azul con el balde en la mano y una rejilla sobre el hombro. Ni bien bajó por las escaleras la luz se apagó.

Ahí estaba. Sentada. Observaba el único recodo donde podía mirar. El reflejo venía del piso de abajo y daba a algunos escalones. Se frotaba el dedo. Jugaba con el anillo. El ascensor amagaba a estacionar en ese piso. Pero solo amagaba. Ella sentía cómo se abría y cerraba la puerta. Algunas veces de forma suave. Otras, con sacudones. Pasaba de arriba para abajo. De abajo para arriba. Por suerte nunca frena en este piso, pensó. Se levantó de la silla de madera y se animó a apretar la llave de luz roja sin tocar la chapa que sobresalía de la caja. Morirse de esta manera sería triste. Siempre morirse es triste, pero quién se va a poner triste por mí, pensó. Creyó que encendiendo la luz la espera se haría más amable. Pudo ver las paredes amarillas y dos puertas placa con la letra A y otra con la B. La puerta A se abrió, salió una mujer junto al aroma del sahumerio que empapó el palier. Detrás de la señora salió él.

No la saludó, dejó la puerta abierta para que pase. Las paredes estaban empapeladas con pósters de dioses y de santos. Había dos veladores sobre el escritorio cubiertos con celofán rojo. Le señaló la silla que estaba delante del escritorio forrado de plumas de colores y cuando ella se terminó de acomodar él le beso la frente. Cambió el sahumerio que ya estaba corto. Le preguntó qué la traía por ahí. Ella no respondió. No supo qué decir. Pero él se sentó como si conociera el caso.

—Pensé que eras una mujer —dijo ella.

—Te voy a explicar. Mucha gente se confunde con los afiches de Maestra Sandra. La Maestra Sandra es quien me transmite el poder de Dios. Maestra Sandra —dijo y señaló al elefante que estaba detrás del velador cubierto de plumas rojas. Debajo había un cartel que decía “colaboración”.

Ella bajó la mirada, se frotó el dedo, hizo un vaivén con el anillo. Se sentía que no era lo que buscaba. Para mí Sandra era Sandra y no un elefante, pensó y se acordó del cartel “Vidente Sandra. Traigo a la persona amada en 21 días”.

—Yo soy Manoel, soy brasilero. Trabajo desde los cinco años, hace 55 años. También está María que lo hace desde los ocho, es argentina y Elizabeth que es venezolana y trabaja desde los once. Pero ella va a los domicilios, más que nada con inválidos. Yo hago tres días y María otros tres. Yo te voy a atender, ¿de acuerdo? Ella asintió con la cabeza.

—Somos los únicos que podemos derrotar al enemigo con un vaso de agua. Sin magia negra. Anotá acá tu nombre, apellido y fecha de nacimiento.

Manoel señaló el papel que estaba entre cuatro plumas y dos hilos perimetrales. Se parece a un mini ring de box, pensó ella. Le recordó a su padre que miraba las peleas de “Látigo” Coggi.

Dudó en escribir su verdadero apellido, lo anotó con una letra ilegible y ajustada.

—¿Ana Berra? —preguntó él.

—Becerra —respondió Ana.

—Si me mientes esto no va a funcionar —dijo él.

Ella tragó saliva y le respondió que su letra no era la mejor.

Manoel se levantó, se desabrochó el primer botón de la camisa y llamó a una niña que salió de atrás de la cortina negra. Le dijo algo al oído. Le dio dinero. La niña picaporteó la cerradura. Él, desde atrás, la miraba y movía las llaves como un péndulo, le entregó el manojo y le dio un beso en la frente. La niña salió.

—Nunca conocí un lugar así, es todo nuevo para mí —fue sincera Ana.

—Yo te voy a explicar: Dios me dio un don de revelaciones, de cura. Tengo que estar aquí por tres días. Hay gente que tiene estudios. A nosotros no nos hizo falta porque Dios nos dio un poder. Yo no vivo de esto. Tengo una empresa en Buenos Aires con más de cien personas a cargo. Fabrico piezas para camiones y también tengo una sucursal en mi Brasil, en Sao Paulo.

Ana escuchaba la explicación y miraba a la Maestra Sandra. Nunca hubiese imaginado que sería un elefante. Tampoco se había imaginado que al hombre que le había jurado amor para toda la vida adelante de Dios, el Pastor y toda su familia no la iba a querer más. Que a ese hombre que le había jurado amor eterno y su entrega completa como mujer, la iba a castigar con golpes cada vez que llegaba borracho de la fábrica. Quizás me merezco estar así, pensó.

—Todos tenemos una tendencia en la tierra. Tú también tienes una tendencia. Por eso estás aquí. Mi tendencia es ayudar al público. Yo sé que, si no vengo aquí tres días a la semana, mis hijos, mis nietos, mi empresa y mi mujer desaparecen de mi vida.

Ana pensaba en cuál sería su tendencia. El ruido de la puerta del ascensor la desenfocó. Se tocó el anillo. Miró a Sandra. Sacó unos billetes, los planchó con la mano y los colocó debajo de los pies del elefante. Le afirmó a Manoel que era todo lo que tenía. El hombre levantó las manos, le mostró los dientes y le agradeció.

—Aquí no hacemos magia negra. Trabajamos con Dios —volvió a observar señalando a Ganesha.

—Dios —dijo señalando a Jesús.

—Dios —dijo señalando a Buda.

—Dios —dijo señalando a la Madre María.

—Ellos son todos dioses del amor, de la vida y la fortuna. Ella es la Maestra Sandra —dijo y le besó la frente.

La puerta crujió y entró la niña con una bebida energizante, le entregó los cinco pesos de vuelto. Se quedó parada para que le besara la frente y se metió rápido detrás de la cortina negra. Manoel se tomó casi toda la bebida de un trago. Barajó las cartas y le explicó el método. Tres bloques. Tres cortes. Tres veces. De izquierda a derecha. Le quiso compartir lo que le quedaba de energizante, pero Ana no aceptó.

—¿Tu estado actual?

—Casada, separada —dudó Ana— Es difícil de explicar.

—La persona está contigo pero no te quiere y tu corazón también guarda otro nombre desde hace años.

—Sí. Acertaste.

Se rieron los dos. Ella por compromiso. Volvió a ponerse seria al segundo. Él siguió riéndose y tomó el último trago de energizante.

— ¿Te sientes sola, cierto?

— A veces sí.

Manoel sacó una carta en la que había una víbora enroscada sosteniendo un huevo amarillo.

—Tienes una enemiga. Hace poco has perdido dinero y no fue poco. Fue mucho. Te están armando un juicio.

—¿De qué? —Preguntó Ana.

—Aún no lo veo con claridad. Lo que si veo con claridad es que esta persona sabe todo de ti. Te hizo un trabajo -una brujería-. Ella sabe todo… hace cinco años te hizo esto. Puedo verlo.

Manoel cerró los ojos.

El silencio hizo que otra vez Ana escuchara el abrir y cerrar del ascensor.

—Tú tienes un Ángel de la guarda que se llama San Jorge. Es él. Manoel señaló el póster y se quedó otra vez en silencio. La miró fijo a Ana. Ella quería saber más y pudo soportar la mirada. Manoel solo movía la boca como tomando carrera de lo que iba a decir.

—Pagaron mucha plata. Durante cinco años. Una persona fue a una vidente que solo hacía magia negra. Te hizo tres trabajos: El primero para que no tengas suerte en el amor. El segundo para que no avances: cuando das diez pasos para adelante vuelves diez pasos hacia atrás. El tercero para perjudicar tu salud. Por eso te duelen las piernas y los brazos al despertarte.

—A veces un poco —dijo Ana. Manoel no se quedó en la respuesta y siguió con otra carta. Salió un ataúd.

—Enterraron una muñeca negra, esa muñeca sos vos.

Otra vez el ruido del ascensor.

Ana dejó de tocarse el dedo y se llevó la palma de la mano húmeda a la boca.

—Veo que pusieron otro muñeco negro que bloquea a la pareja y a cualquier otro intento de pareja. Cintas negras, cintas rojas, velas negras, velas rojas y agujas desde la cintura para abajo. Los enterró con tu nombre, apellido y fecha de nacimiento. Pagó el trabajo con miles de pesos.

Ana intentaba desanudarse la garganta con las yemas de los dedos. Tienes que dar gracias a que no hay sacrificios de animales ni comidas —dijo Manoel y tragó las últimas gotas de la botella. Dio vuelta otra carta: los peces.

—Tu tendencia en la tierra es tener mucho dinero. No importa de dónde vendrá, pero lo tendrás. Quini 6, una herencia. Pueden ser dólares, oros, diamantes. No importa. Tu tendencia es el dinero.

Manoel giró la última carta. Una llave.

—Tú tienes las llaves de tu enemiga. Te preguntarás ¿cuál es? Si no deshaces la magia negra que te hicieron te vas a quedar sola, sin ninguno de los dos hombres y sin dinero. Tú tienes que pagar el mismo dinero que entregó esta persona para hacerte el daño.

—Estoy corta de plata —dijo Ana.

—Sí, ya sé, pero tienes que hacer este esfuerzo. Acá esta toda tu vida —dijo Manoel señalando las cartas.

Ana escuchó otra vez el ruido del ascensor. De reojo observó a San Jorge. A los santos. A los dioses. A la Maestra Sandra.

¬—Ella te va a ayudar. Con magia blanca —aseguró Manoel con el ceño fruncido señalando al elefante.

Con magia blanca, pensó Ana.

—En este vaso de agua puedo ver a tu enemiga. El fuego del demonio se apaga con el agua del Río Nilo que creó Amón Ra. Él dejó la puerta para las almas viejas y perdidas. Hay que saber abrirla. Tu enemiga necesitó de mucho tiempo para hacerte este daño. Repararlo llevará trabajo —dijo Manoel y se levantó.

Ana intentó buscar explicaciones en sus pensamientos. Quién pudo haber sido. Pero otra vez, el ruido del ascensor.

—Puedes pagarlo en dos veces. Pero ten consideración. Los espíritus no te dan treinta o sesenta días como los bancos. Si tienes algo para dejarme puedo detener a los espíritus por unas semanas. Manoel le dio la tarea para ayudar a atraer a su amor. Ella se sacó de su bolsillo la alianza. Él extendió su mano derecha. Le dio un beso en la frente y le abrió la puerta.

 

 

 

Ana abrió la heladera para sacar el pote de miel. Ahí estaba el plato de arroz que él no alcanzó a terminar el día que se fue. De manera intempestiva sacó la miel. Escribió los nombres y untó con cuidado la foto carnet. Entre el pegoteo de los dedos, con el mayor cuidado posible, encendió una vela. Sentada en el piso se comió el resto del arroz de a puñados. En su mano izquierda quedaron sobras de miel, algún arroz adherido y la marca de anillo.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ