Los brazos armados estatales castigaron con particular saña a Nelly Ruiz de Llorens durante los ‘70. Nacida en 1922 y fallecida en 2018, a los 97 años, esta mujer sufrió en carne propia no solo la desaparición de dos hijos y el encarcelamiento de otros tres, sino también el incendio de la casa familiar en el barrio Argüello, ubicado en el norte de la ciudad de Córdoba, cortesía de la explosión de la dinamita colocada por un grupo paramilitar en los cimientos. Pero Ruiz de Llorens siguió adelante, y con el dinero de la venta de esas ruinas viajó a Europa junto a su marido para ver a sus hijos exiliados y denunciar los crímenes de lesa humanidad ocurridos en la Argentina. También por aquellos años fundó la organización civil Familiares de Presos y Desaparecidos por Razones Políticas y se convirtió en un rostro emblemático de Abuelas de Plaza de Mayo, todo en el contexto de una familia diezmada, con media docena de nietos sin padres. Una de esas seis era Valentina Llorens, quien ahora, más de cuarenta años después, debuta en la realización de largometrajes con el documental La casa de Argüello, que desde hoy jueves se verá en el cine Incaa-Gaumont (Rivadavia 1635).

La voz en off de la directora recuerda en la escena inicial que nació en cautiverio en 1975 y fue criada por la abuela hasta la liberación de mamá Fátima y el posterior exilio junto a ella. Aquella primera infancia al cuidado de Nelly sirvió de motor para que, en 2000, Llorens prendiera la cámara para filmar el día a día de su abuela. Pero al principio, reconoce, no sabía bien qué haría con ese material ni cuál era el sentido de su aventura audiovisual. “La primera idea era retratarla en un ámbito cotidiano, mostrar qué hace alguien como ella en su vida diaria después de haber trabajado y luchado tanto tiempo. Fue un proceso de búsqueda, pero mi idea era que estuviera solamente ella, que era un personaje con muchas aristas: cantaba, estaba relacionada con el teatro…todo eso la volvía muy interesante. Su forma de hacer política no solo era ir a la Plaza. Me gustaba mucho escucharla cantar una vidala, que de ahí fuera a una marcha y después tejiera un chaleco”, dice la realizadora ante Página/12.

El proyecto, sin embargo, adquirió su forma definitiva a raíz de un giro copernicano ocurrido en octubre de 2012, cuando una familia humilde que sacaba tierra de las orillas del río Matanza para rellenar su casa encontró huesos humanos. Meses después, el Equipo Argentino de Antropología Forense confirmaría que entre esos restos estaban los de Sebastián Llorens y Diana Triay, los tíos de Valentina. A partir de ese hallazgo, la película se corre levemente de la figura de Nelly para convertirse en un documental autobiográfico en el que la directora indaga en la intimidad de los vínculos familiares y alumbra un pasado en el que se conjugan la identidad, la memoria, la militancia y los sentimientos silenciados durante décadas.

 

-¿Se hablaba de lo ocurrido con tu mamá y tus tíos cuando eras chica?

-No recuerdo puntualmente en la infancia, pero en mi familia siempre se habló de todo. Nunca hubo nada oculto. Sí había temas más difíciles y engorrosos en los que no se llegaba a la profundidad del detalle. Eso hacía que faltaran algunas cosas para completar la historia. 

 

-La película tiene un eje narrativo inicial en la historia de tu abuela Nelly, pero luego se corre a tu proceso interno mientras ibas filmando. ¿De qué manera fue cambiando la estructura narrativa a lo largo de estos años?

 

-Lo que hice durante los 17 años que estuve armando la película fue filmar todo lo que se me ocurriera. No pensaba muy bien por qué ni si me iba a servir, pero lo hacía. Cuando decidí cerrar, cuando sentí que había varios personajes y contradicciones en todos ellos, en la etapa de edición tomé la decisión de poner el eje en el proceso creativo. Fue un trabajo difícil porque no terminaba de entender cuál era mi rol como personaje, qué tenía que decir, para qué. No le veía mucho sentido a mi testimonio porque no tenía nada nuevo. No había militado ni hecho nada, lo único fue haber nacido en cautiverio. Sentía que no había mucho más que eso. 

-¿De qué manera el hallazgo de los restos de tus tíos modificó la película?

 

 

-Fue un antes y un después. Hasta entonces estaba endurecida porque el dolor te pone en un lugar de resguardo, y lo que hizo la aparición de esos restos fue sensibilizarme a niveles muy profundos. A partir de ahí empecé a entender mi dolor, mi lugar, a mi mamá, lo que significa nacer en cautiverio, mis vínculos. Fue un cimbronazo de raíz. Yo no había entendido qué era un desaparecido hasta que aparecieron. Siempre me lo explicaban, pero sentirlo y visualizarlo fue muy distinto…

-Tu prima María Carolina Llorens -hija de tu tío Sebastián- escribió una columna en este diario  en la que hablaba de ese hallazgo "un encuentro y despedida a la vez”…

 

 

-Creo que tener los restos de esa manera tan contundente despierta muchas cosas, algunas contradictorias. En la película digo que la carátula del expediente pasó de “desaparecidos” a “asesinados”: es la cruda realidad, al mismo tiempo de tener la suerte de encontrarlos.

-El documental muestra, luego de ese hallazgo, la recomposición del vínculo con tu mamá. ¿Haber sido madre te ayudó a comprender la tuya?

 

 

-Sí, fue un proceso muy difícil. Una de las cosas que más rompió la dictadura fueron los vínculos. Los amigos, las familias, los compañeros de trabajo o estudio… Todas las relaciones quedaron fisuradas. Yo no viví mis primeros cuatro años con mi vieja, y eso quedó abierto más allá de haber estado con ella. Me costó un montón, pero había otra cosa que empezó a ser más fuerte. Sentía una necesidad de saber, de interpelar, de acomodar y correrme de un lugar en el que no quería estar más. Después, al ser madre, apareció la necesidad de que ese dolor no pase a mis hijos, de frenarlo: si yo no hacía algo con todo eso, iba a seguir. No quería contagiarles toda mi angustia a ellos.

-Ahora hablás de transmitirle el dolor a tus hijos, y la película está atravesada por la preocupación sobre cómo contar la historia a las nuevas generaciones….

 

 

-Lo más difícil es escuchar, prestar más atención a la pregunta que a tu propio discurso. Si no, te empezás a repetir. Pero para eso hay que tener escucha y capacidad de desarmar creencias internas. De alguna manera todo el proceso de filmar nos acomodó como personas vinculantes. 

-En una de las fotos se las ve a tu abuela, tu mamá, vos y tu hija en un sillón. Podría pensarse que toda la película está para armada para conseguir esa foto de cuatro generaciones unidas. 

 

 

-Sí, podría haber hecho antes esa foto, pero la película de alguna manera nos ubicó como familia. Mi abuela, con una figura tan emblemática y poderosa, tapaba mucho a mi mamá, que quedó más relegada, y con esto la abuela pasó a ser la abuela y mi mamá, mi mamá.

-¿Su abuela llegó a ver la película antes de morir?

 

 

 

 

 

-Sí, y ni bien terminó dijo: “Cuánta realidad, mijita”. Pero también dijo que creía que le faltaban más marchas, lo cual es cierto. Fue una decisión mía no mostrar tantas marchas porque sentía que eso ya estaba contado.