Murió a los 90 años el gran profesor de las literaturas comparadas

Adiós a George Steiner

El lunes pasado murió a los 90 años el gran crítico literario y filósofo George Steiner. Su legado, más allá de los libros y artículos que dio a conocer, es un abanico inmenso de temas a debatir acerca del humanismo, el capitalismo, la cultura y las literaturas comparadas. Aplicando lo que dijo Steiner acerca de la desaparición de un idioma, su muerte puede significar lo mismo: la muerte de un mundo posible.

El multilingüismo como única “patria” posible. El estudio y la defensa del pasado y su cultura como mejor manera de reflexionar e intentar comprender el presente. La literatura y las grandes obras de arte como contracara de las atrocidades –guerras y matanzas– del siglo XX. A los 90 años, George Steiner falleció, el pasado 3 de febrero, dejando una treintena de libros con innumerables cuestiones –discusiones, problemas– para el futuro.

Nacido en 1929, en Viena, en un hogar de origen judío y buen pasar, donde convivían varios idiomas maternos –en particular, el alemán, el francés y el inglés–, su familia se vio obligada por el fascismo y el nazismo a dejar Europa, y el joven Steiner estudiaría en Estados Unidos con grandes del pensamiento, también exiliados, como Jacques Maritain y Claude Lévi-Strauss. Pronto dejaría el país, y se instaló en Londres, donde trabajaría como periodista para The Economist. Aunque se especializaría y daría a conocer en todo el mundo por sus trabajos en filosofía, filología, teoría de la traducción, semiología y literatura comparada, Steiner tuvo no sólo esa experiencia en el otrora prestigioso semanario británico de economía y geopolítica, sino también amplias y variadas relaciones con la comunidad científica, con gente como Niels Bohr. El ajedrez, la música y el silencio se sumarían así al background de aquel joven estudiante y futuro intelectual que no mucho tiempo después publicaría su primer libro: Tolstói o Dostoievski (1960).

Profesor universitario por seis décadas en varios países, Steiner además escribió innumerables textos para la prensa y revistas; notoriamente, por tres décadas para The New Yorker, sucediendo a Edmund Wilson y dejando más de 150 artículos y reseñas. También publicó libros de poesía y de narrativa, entre estos últimos, la novela “de ideas” El traslado de A. H. a San Cristóbal (1981), donde “cazadores de nazis” encuentran a Hitler, varias décadas después, solo y oculto en la selva amazónica, y se suceden pensamientos y discursos en todos ellos.

Crítico de Freud y el método del psicoanálisis, admirador de Kafka, y de Racine, Proust y Céline (los mejores, a su juicio, en lengua francesa), entre sus trabajos se pueden destacar La muerte de la tragedia, contracara de Tragedia moderna, de Raymond Williams; Lenguaje y silencio, serie de artículos dedicada a los temas de la traducción y el lenguaje, los campos, el Holocausto y las guerras; Extraterritorial, colección de ensayos donde hay uno en polémica con Noam Chomsky; Después de Babel, publicado en 1975, en oposición al régimen académico, retrabajado y vuelto a publicar dos décadas después (allí escribió: “Cada lenguaje humano traza un mapa del mundo de diferente manera”, “Cada lengua –y no hay lenguas menores o ‘insignificantes’– funda un conjunto de mundos posibles y geografías de la memoria”, “Cuando un idioma muere, con él muere un mundo posible”); Heidegger, filósofo al que ha leído cotidianamente y definió como “Un gigante. Un gigante malo”; Antígonas, repasando las incontables versiones e interpretaciones a lo largo de la historia de la tragedia de Sófocles; y Errata. El examen de una vida, volumen de corte autobiográfico.

Reflexionando en torno a la “guerra de treinta años” europea (1915-1945), Steiner sostuvo –en debate con T.S. Eliot y sus Notas para la definición de la cultura– que las pérdidas de inteligencia, sensibilidad e imaginación, que la existencia en paralelo de las bellas artes y los campos de muerte –fracaso mayúsculo: las humanidades no humanizaron– dieron por resultado una cultura débil o “poscultura”, como sostiene en el ensayo En el castillo de Barba Azul (1971) y en otros textos y entrevistas.

Como ocurre con buena cantidad de intelectuales, sus posicionamientos en política fueron complejos, con sus matices y vericuetos. Por su origen judío, postulaba el “nomadismo” como el mejor modus vivendi, una natural “diáspora” que contrapesase la existencia del Estado de Israel. En un diálogo con Antoine Spire, publicado en 2000 con el título La barbarie de la ignorancia, defendió el concepto de cosmopolita: “Es un término bello en su sentido griego: ciudadano del planeta. ¡Nada hay más bello! Son Hitler y Stalin quienes han dado a esta palabra su sentido peyorativo”. Y, al mismo tiempo, aceptaba la existencia del Estado de Israel –incluso entendiendo la “necesariedad” de la guerra y la tortura para mantenerse y existir–, como un “último refugio” en el planeta, si surgieran nuevos brotes de antisemitismo y exterminio.

Defensor del derecho a la eutanasia y del aborto, Steiner fue crítico del sistema socio-económico. Le dijo a Spire: “Lo que deja perplejo es el poder del capital, del dinero”; “los medios de masa, el mercado totalmente libre que domina nuestra tierra (jamás el dinero aulló como hoy por todo el planeta), la estructura de un trasnochado capitalismo planetario tecnocrático no es la más adecuada, me parece, para la comunicación de valores filosóficos, estéticos o, al menos, del pasado”. En Un largo sábado. Conversaciones con Laure Adler (2016) admitía: “Mi ignorancia tecnológica es tremenda. Ni siquiera alcanzo a comprender cómo funciona el teléfono”. “Estamos rodeados de instrumentos sobre los que no comprendemos nada. El Kindle, el iPod, Twitter. Sé de su existencia gracias a mis nietos, que son virtuosos de esas artes mágicas. Todo eso se basa en el anglo-americano, en una economía de la palabra y en una economía de la sintaxis”.

Defensor acérrimo de la cultura libresca (la letra impresa), postuló que la humanidad tuvo tres promesas mesiánicas: la del monoteísmo judío, la del cristianismo... y la de Marx y Trotsky. Le dijo a Adler: “La derrota del marxismo también ha supuesto una gran derrota humana. (...) En los manuscritos de 1844, Marx escribe: ‘Llegará el día en que no se dé dinero a cambio de dinero, sino amor a cambio de amor, y justicia a cambio de justicia’. Es el gran programa mesiánico”.

Este conservador e importante teórico, con elementos progresistas –tal como Terry Eagleton, con algún humor, lo mencionó más de una vez–, explicaba que, a su entender, el “elitismo” que sostenía tenía que ver meramente con la “intuición” o preferencias: por caso, Rilke versus Bob Dylan.

Suplementos
Suplementos
Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ