Al borde de la batalla decisiva

Imagen: AFP

Nunca, previo a la semana pasada, habían sido tan explícitos el tamaño de la tragedia económica dejada por Macri y  los tremendos obstáculos para encontrarle, al callejón, una salida que no vuelva a ser pagada por la inmensa mayoría de los argentinos.

El desastre macrista fue sentido en los bolsillos populares todo lo necesario como para que perdieran las elecciones.

Pero era -y es- otra cosa tener conciencia real y masiva del estado calamitoso en la macroeconomía.

Así se le llama a esas cifras que, entre otros grandes aspectos, revelan qué produce el país (repartido entre cuántos, si las cuentas aspiran a ser más honorables); sus niveles de inversión, crecimiento y empleo; la diferencia entre importaciones y exportaciones para ver cómo se generan divisas genuinas, que además pueden provenir de acceso al crédito a tasas razonables para aplicarse a la producción.

Y, ay, lo que se debe en qué moneda, que en su monto, plazos, capital e intereses tiene que pagarse a quiénes.

No faltaron antecedentes ni prevenciones varias, nunca suficientes, sobre la catástrofe endeudadora de la pandilla gobernante hasta hace, hoy, dos meses.

Ese retrato de lo que se venía como herencia fue señalado por unos pocos medios periodísticos y analistas de la entonces oposición, y por menciones generales en la campaña del Frente de Todos. No mucho más.

Uno de quienes advirtió con énfasis en torno del cataclismo interno y externo fue Axel Kicillof, hoy cuestionado con severidad y deleite por la derecha que lo acusa de haberse hecho el guapo inútilmente. Incluso, lo critican en reserva voces del oficialismo.

Todavía se recuerda cómo le cayeron encima al gobernador por el discurso lleno de cifras, y dramatismo, que hizo la noche de la victoria electoral.

Le apuntaron que era momento de celebración y no de aburrir con números insondables, frente a un público apenas ansioso de festejo por sacarse de encima a Macri.

Ahora resulta que esa misma figura, Kicillof, capaz de una epopeya histórica con su trabajo de zapa nada menos que en territorio bonaerense, contra la envergadura mediática de Vidal y la desconfianza de dirigentes peronistas del conurbano, es discutido porque se animó a estirar al límite las condiciones pagadoras de una parte ínfima de la deuda provincial en dólares (y por poner en riesgo, dicen, la táctica negociadora de Nación, como si alguien más que un tarado pudiera suponer que el tira y afloje del gobernador no fue consensuado con el gobierno nacional).

Hay una obviedad cuya negación no debería poder creerse.

Si Kicillof ejecutaba el default, junto al colmo de los colmos de hacerlo con el Presidente afuera del país, tratando de sumar favores al menos declarativos, hubiera cargado el sambenito de ser un irresponsable absoluto.

Pagó y, entonces, demostró que es un chiquilín al que los bonistas le enrostraron su falta de piné para envalentonarse, de acuerdo con la unánime y miserable visión generalizada de los medios que expresan el interés del capital financiero.

Estaba condenado de antemano, hiciera lo que hiciese.

El volumen del pago, 250 millones de dólares que vencían indefectiblemente, era una “nadería” en su proporción numérica. No en la simbólica.

¿Puso la cabeza, Kicillof, para experimentar cuál sería la reacción acreedora, y desde ahí tomar en cuenta qué podría esperarse?

Segura o probablemente sí.

Son tácticas, de las archisabidas, en las que tales actúan de moderados y tales de agresivos.

El Presidente, al cabo de su gira europea que las redes del aparato mediático le enrostraron como “vacaciones” cual si fuese un émulo de Macri, lo dejó claro con independencia de en qué redundará la jugada.

Dijo Fernández: tenemos plan pero vayan a cantarle a Gardel con que lo hagamos público, porque “estamos jugando al póker y no con chicos”.

Lo primero remite al programa para instrumentar cómo y a quiénes se afectará, y cuánto, para empezar a recuperarse y crecer mientras rija el período de gracia y plazos al que se arribe con FMI y bonistas.

Está por verse que, en efecto, haya ese plan. Y que el plan no quede atado a las típicas “reformas estructurales” que impone la oligarquía financierizada del mundo global.

Ya sabemos: hachazos fiscales y previsionales, ajuste en el gasto público, emisión monetaria restringida y cuanto hiciere a acabar en el mismo sitio donde concluyeron todas las recetas de ese tipo.

Lo segundo, lo de la mesa de póker contra pirañas oliendo sangre, está fuera de discusión.

Fernández lo suscitó asimismo durante su estadía parisina. Dijo que apoya la tensión al extremo arriesgada por Kicillof, pero que será difícil seguir “la lógica del gobernador”.

Esa frase del Presidente se interpretó, en principio, como signo de que le restó apoyo al mandatario bonaerense.

Pasados los efluvios iniciales, los propios medios de la subsistencia macrista indicaron que, en realidad, el aviso de Fernández fue otro: pagar y listo no es ni la táctica ni la estrategia contempladas, y lo de Kicillof fue solamente una medición iniciática del rival. Un round de estudio.

El centro de la gira presidencial; los diálogos con referentes o líderes de Europa, casi exclusivamente sobre el endeudamiento argentino; alguna reiterada alusión del Papa a no pagar con sacrificios impúdicos; el encuentro de Martín Guzmán con la titular del Fondo, para empezar o seguir con grandes líneas de acuerdo básico; referencia directa de Kristalina Georgieva e indirecta de Donald Trump a que es Estados Unidos quien termina decidiendo en el FMI, enseñan que el caso de la deuda argentina es muy grave aunque el país no tuviera -ni mucho menos- la relevancia internacional que unos y otros le adjudican.

Lo que no puede extraviarse, cualquiera sea la opinión sobre eficiencia/impericia o articulación/mandobles improvisados del manejo oficial, es que se llegó acá por obra y gracia de una asociación lícita (digamos) pero ilegítima: Mauricio Macri & Cía.

Todo considerando sí que legítimo sobre revisar como condicionante el origen de la deuda, para que la paguen quienes promovieron la fuga de divisas más escandalosa de la historia argentina… o que la solución consiste simplemente en hacer un pagadiós, son esos brulotes descansados de quienes no administran poder ni aspiran a hacerlo.

Como dice Jorge Alemán, ateniéndose al texto de Lenin sobre el izquierdismo como enfermedad infantil del comunismo (y de ciertos votantes del FdT o kirchneristas ya insatisfechos, ¡a dos meses, hoy exactos, de haber asumido el nuevo gobierno!), hay gente gustosa de de crear una imagen muy radicalizada de sí misma y que se desentiende de todo afuera, de todo mundo. Gente para la que no existen ni coyuntura ni correlación de fuerzas realmente existentes. Gente que en un santiamén resuelve convocar a la rebelión popular yexpropiar a las multinacionales. Gente cuyo éxito masturbatorio es el fracaso de cualquier espacio antagónico que pudiese surgir, en los marcos de la aplastante victoria neoliberal a nivel planetario.

Pero sí es veraz que no queda tantísimo tiempo hasta que el Gobierno estipule con medidas concretas de dónde sacará la parte estructural de la plata. No -solamente- para pagar la deuda aterradora dejada por Macri y sus secuaces. Para promover una recuperación, módica, que regule ahorrar a fin de pagar en plazo y condiciones equis y, mientras tanto, que la gente esté mejor. Un poco mejor.

También es cierto que este gobierno ya hizo cosas, en menos de dos meses, en dirección a lo prometido en campaña.

Hay acciones para controlar a los formadores de precios (todo un tema, si los emporios oligopólicos no se cuadran y como parecería demostrarlo que el índice inflacionario de enero será de nuevo altísimo).

Hay la ofensiva de la tarjeta alimentaria.

Hay los planes de moratoria para las pymes.

Hay también signos progresistas consolidados, “por fuera” de la economía, como reimpulsar la legalización del aborto. Un temazo, en sí mismo y tras haberse juntado con el Papa. Hay, resumiendo, un aire refrescado.

Quitados esos provocadores infantiles que militan en las redes y en la valentía del comentarismo, la cuestión reiterativa y elemental es que en algún momento ya no dará el discurso para pagar la tremebunda deuda y, a la vez, que no la paguen los postergados de siempre.

En momentos límite como esos, sería mejor no perder de vista que la contradicción principal continúa siendo quién es el enemigo (horror de palabra para los cánones de la corrección política, y de la urgencia de los ya disgustados por izquierda).


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