Nadal

EL CUENTO POR SU AUTOR

Hace cerca de un año murió un tío mío al que quise mucho, a pesar de que no había sido conmigo la mejor de las personas y de que su vida estaba llena de episodios reprochables. Así y todo, como digo en el cuento, me crié con él, y verlo apergaminado, como absorbido en el cajón (había sido un hombre muy vital, a pesar de que en los últimos años estaba derrotado por la depresión) me causó una impresión espantosa. En medio de esa situación empecé a hacer entrevistas con vistas a escribir la biografía de un poeta suicida: esas entrevistas eran dolorosas para los entrevistados: la aparición de alguna astilla del recuerdo que el poeta había dejado en ellos los quebraba. La tristeza repetida se me fue contagiando, y hubo un día en que al salir de una entrevista sentí un peso insoportable en el pecho. Llamé a mi mamá por teléfono y cuando ella me atendió me largué a llorar en plena calle, sin consuelo posible. Me di cuenta de que tenía miedo a morir, y mucho miedo a la muerte de los que me rodeaban. No solo al resultado final, sino al penoso proceso. Cuando le conté a mi esposa, ella pareció tomárselo con más calma (mucha más calma), y entonces pensé en un personaje que, abrumado por la vida, le milita el miedo a la muerte a su mujer, sin darse cuenta de lo que está haciendo verdaderamente. Ahora que todos tenemos la obligación de ser buenos, hasta los personajes de los cuentos, quería también escribir un personaje mínimamente malo.

Pero además un gato entra, come la comida de mis gatas, mea los rincones de mi casa, y mi esposa lo detesta. A mí en realidad me cae casi simpático, como el malo de un dibujo animado. 


NADAL

En febrero me di cuenta de que voy a morir. Siempre lo supe, quiero decir, pero el 5 de febrero murió mi tío Elvio y, en su velorio, la realidad violenta de mi propia muerte se me hizo imposible de ignorar. No voy a escribir la biografía de Elvio acá: baste decir que había sido un tipo complejo y banal, iluminado a veces por luces de juguete y atravesado por sombras peligrosas, que en él se volvían ridículas. Yo me había criado con él, porque es así: son los tíos los que te hacen ver la primera película de terror, los que te enseñan a nadar; en un armario suyo encontré la primera revista pornográfica que vi en mi vida, un ejemplar italiano que entre sus historias tenía una joya perversa, il maniaco delle tette. Cuando murió había pasado dos meses en coma, y de su redonda vitalidad no quedaba nada. Parecía que una araña inmensa lo había envuelto en un capullo y lo había secado hasta momificarlo. Me costó mucho reconocerlo, y aguantar el llanto se me hizo imposible. El lugar no ayudaba: una sala empobrecida, cochambrosa, a la que lo había condenado la mala administración que había hecho de su vida.

Esa noche teníamos una fiesta de cumpleaños, y aunque sea difícil de entender mi mujer y yo habíamos decidido ir igual, quizás con la expectativa de que la salida nos excitara un poco (hacía semanas que no nos tocábamos, a pesar de que yo estaba de vacaciones). Pero cuando volvimos al auto yo estaba destrozado y arrepentido. Ella manejaba y yo miraba hacia afuera: el GPS del teléfono nos había llevado por una zona peligrosa y oscura, la costanera profunda hacia Argüello. Pasaban las casas heridas por la pobreza a los costados, el río desbordado y roto, y me embargó una sensación fea, entre el miedo y la tristeza. De vez en cuando dejaba escapar un sollozo (no estoy seguro de que no fuera para llamar la atención de Érica). Ella manejaba impasible y, cuando notaba mi sufrimiento, me sonreía con un gesto diplomático y me acariciaba en la mejilla. Hay algo de ella (parece venir de la familia de su madre) que me irrita: una tendencia a los gestos convencionales, correctos pero inexpresivos, una especie de falta de pasión, de frialdad, diría. No parecía para nada afectada por el cadáver impresionante de Elvio; tampoco porque una parte importantísima de mi vida se hubiese ido.

En la fiesta de cumpleaños conté a los asistentes mi tragedia y aunque todos me compadecieron, volvieron inmediatamente a lo suyo, incluida Érica. Me camuflé entre la gente siguiéndola a distancia, tratando de detectar en ella algún signo de dolor, o al menos de contrariedad, de angustia. Pero nada: siguió sonriendo, luminosa, hierática, y volvimos a casa en la misma situación en la que llegamos al cumpleaños, conmigo enfurruñado y triste y ella muda, las manos soldadas al volante y la vista al frente. Le fiesta no nos había acercado un milímetro.

Naturalmente dormí mal. No recuerdo haber soñado, pero me levanté triste y sin ganas de nada. Ni siquiera la perspectiva de mis privilegios mínimos- los últimos días de las vacaciones, la suavidad de la mañana suburbana, la pileta empotrada en el césped, el café importado- le devolvía sabor al día.

Érica, en cambio, parecía fresca y llena de vigor, casi de alegría. La vi hacer un saludo al sol, desperezarse, prepararse el mate. Ella tenía que ir a trabajar.

-¿Y esa cara?- me preguntó.

Demoré un poco en contestar, como hago siempre cuando necesito suspenso. Me tomé esos segundos teatrales, llenos de muecas, y finalmente se lo dije: me sorprendía que no hubiera tenido ninguna reacción frente a la muerte de Elvio; que haber visto a mi tío vuelto una inerte pasa de uva en una caja de madera no le hubiera movido una pestaña. De hecho, agregué, a mí me había removido todo, y desde anoche no podía pensar en otra cosa que en mi propia muerte. ¿Cómo podía ella estar tan tranquila después de ese espectáculo, enfrentando esa perspectiva?

-No me preocupa, amor- Odio que me diga amor.- Es algo que va a pasar, no me voy a poner a pensar en eso ahora. Además, vos te ponés así porque tenés que volver a trabajar. A mí me preocupa más ese gato de mierda.

Érica hablaba de un gato que todas las noches atravesaba un baldío vecino, saltaba la tapia del fondo, meaba todos los rincones de la casa y se comía la comida premium que comprábamos para nuestras tres gatas, no sin antes atormentarlas en un ejercicio estéril de sus bajos instintos (las tres estaban castradas). Érica lo odiaba, y entre los dos había habido un par de escenas cómicas: Érica acechándolo con una pantufla atrás de una ventana, o revoleándole un mate que terminó cayendo al patio del vecino. Era un problema, pero imposible compararlo con el mío, que empezaba con mi muerte y terminaba en la extinción del universo.

Traté de olvidarme del tema pero no pude. Por un lado, ese mismo día fui al centro, y mi padre me envió un mensaje al teléfono preguntándome si estaba cerca del Mirage. Había formado, con su hermano Enzo y con Elvio, un triunvirato negativo, una suerte de versión intoxicada de los tres mosqueteros, y ahora dos de ellos estaban muertos. Cometí el error de decirle que estaba por el centro y me encontré con él en la peatonal. Me estaba esperando sentado a una mesa de ese bar que era su favorito porque, según él, era el único lugar de la ciudad en que lo atendían con simpatía. Estaba de espaldas, y cuando me paré de frente a él me costó reconocerlo casi tanto como a su primo en el cajón: tenía dos vueltas de ojeras, estaba pálido y visiblemente débil, como si la muerte de Elvio le hubiera restado vida, kilos, fe.

-Qué hacés- me dijo.

Y creo que no hablamos más. Todo el café transcurrió entre gestos que parecían los de un lenguaje de sordos para extranjeros, o para cavernícolas: con esos gestos (una mano horizontal aserrando el aire a la altura de su pecho, una mirada fija al cielo) quería decirme que, de a poco, el tiempo hacía sentir su ley inevitable y venenosa. Yo abría mis manos, levantaba mi labio superior con el inferior con cara de resignación. La moza nos miraba sin saber si íbamos a ordenar, así que terminé pidiendo dos cafés. Como no tengo con él casi contacto físico, después de tomar el café medio quemado del Mirage lo dejé solo palmeándole un hombro y, alicaído como estaba, llamé por teléfono al trabajo de Érica, donde ella es la secretaria, telefonista, cadete y guía espiritual.

-Suministros MarDian- contestó.

Es obvio que su gélida voz protocolar no me estaba destinada, pero en el contexto, recordando su indiferencia frente a mi angustia, me molestó un poco. Lo pasé por alto y le conté el encuentro con mi padre: estaba destruido, etcétera.

-Y, claro. ¿Qué comemos hoy?

Estuve a punto de preguntarle si me estaba cargando (estaba hablando de mi abatido padre), pero simplemente me limité a sugerir unas milanesas de pollo con tomate y palta.

A la noche, el gato meó la primera colcha que Érica le había comprado a Elia, su hija, que vivía con nosotros pero que estaba pasando una temporada con el padre. Érica se enfureció, gritó y clamó por la muerte del gato, mientras la bestia nos miraba altaneramente desde la tapia sin moverse, como si fuera el pistolero malo de un western. Habíamos averiguado formas de impedirle el paso: había un líquido repelente, pero si lo colocábamos en la ventana las gatas tampoco saldrían al patio y no tendrían dónde hacer lo suyo.

Un par de noches más tarde, el pavor que me provocaba el recuerdo de la cara de Elvio en el féretro volvió. No podía dormir, me revolvía en el vértigo de la idea de que mi pensamiento se extinguiera. A mi lado, Érica dormía con una insultante placidez. Fui a la planta baja a leer pero me dio sueño y apagué el velador del living. Me despertó un crujido continuo, sólido, como si un engranaje triturara carbón. En la oscuridad distinguí, sobre los platos de comida, la silueta de un animal del doble del tamaño de nuestras gatas.

-Hijo de puta- le grité.

Parsimonioso y lleno de una comida que pagábamos a precio de oro, el gato saltó a la cómoda y se fue por la ventana, no sin antes mirarme como se mira a un enemigo penosamente derrotado. Érica me reprochó mi falta de reacción, mi ineficacia. ¿Cómo no había sido capaz de, al menos, tirarle con algo?

Me lo seguía reprochando el domingo, cuando fuimos a comer a la casa de mis suegros. Mi suegro es un tipo nervioso e irascible y su mujer, diplomática y fría, le funciona como el agua pesada a los reactores nucleares. Sin embargo, el mecanismo estaba desbordado: la madre de mi suegro, Ema, había venido de Buenos Aires para vivir en un geriátrico local, y ni su hijo ni su nuera la soportaban más. No era para menos. Cuando la mujer ingresó en el geriátrico, mi suegro les había advertido a los enfermeros que era insufrible, y los empleados se habían reído: todos los hijos que llevaban padres grandes creían lo mismo de los suyos. A los dos meses, sin embargo, una enfermera le preguntó a mi suegra por qué seguía visitándola. A mí la vieja Ema me caía bien, pero yo no era su víctima: no tenía que llevarla a un millón de controles médicos ni soportar sus acusaciones y exigencias, solo la veía una vez por mes en un almuerzo en el que sus interrupciones, su autoglorificación, su voluntad de ser el centro de atención me resultaban monerías simpáticas.

-¿Cómo está todo?- me preguntó mi suegra con ese tono de entrevistar en un talk show que me pone los pelos de punta.

Le conté lo de mi tío, lo mal que me sentía, le hablé del gato. Mientras yo hablaba la vieja Ema estaba al lado mío, quieta, inmóvil. Tenía un algodón sujeto con cinta en el brazo y usaba lentes negros para ocultar lo que parecía un brote de conjuntivitis. Tenía noventa y cuatro años. Por un segundo pensé que había pasado a otro plano de existencia ahí mismo, pero entonces empezó a llorar suavemente, apretando un pañuelo por debajo de los cristales oscuros.

De ahí en adelante no paró de interrumpir el almuerzo con frases enigmáticas, graznando como una esfinge con cabeza de ganso: mi suegro empezó a imaginar en voz baja la posibilidad de que los humanos vinieran al mundo con un “dispositivo de control”, como la pastilla de cianuro de Montoneros. Cuando la cosa ya no funcionaba, tas, mordiscón, y al otro barrio. Érica acordaba.

Volvimos al auto.

-Ya está-dijo sin mirarme.

-¿Ya está qué?

-Noventa y cuatro años, fue siempre una vieja hinchapelotas: ya está.

Lo decía fastidiada, irritadísima, y yo pensé que podía estar haciéndomelo a propósito.

Quizás convenga una aclaración: ella y yo no llevábamos casados miles de años. Nos habíamos encontrado en una fiesta y después de un par de meses de noviazgo, con plena consciencia de nuestras edades y plena inconsciencia de todo lo demás, nos habíamos casado. A lo mejor había llegado el momento de saber exactamente de qué estábamos hechos. El sexo aturdido del principio nos había evitado esa conversación, pero ahora que casi no cogíamos, estábamos listos.

Yo sospechaba en ella algún tipo de misticismo, alguna creencia new ager, pero no quería hablar del tema por miedo a decepcionarme de su inteligencia. Sabía que cuando se juntaba con sus amigas de Sierras Chicas hacían rituales, quemaban sustancias, practicaban formas alternativas de medicina.

Esa misma tarde de domingo, por ejemplo, fuimos a visitar a mi hermano. El tenía puesto a Claudio María Domínguez en la televisión para distraerse un poco, para divertirse a costillas del ex Odol pregunta. Pero después de escucharlo un rato, Érica dijo:

-No suena para nada insensato.

En ese momento, con su estilo chillón, infantiloide, vestido con un chupín fucsia y una holgada remera de batik, el gurú hablaba de cuidar la propia energía, de preservar al que uno tiene cerca. Inmediatamente cambió de tema y empezó a hablar de la alimentación, de Deepak Chopra, y finalmente recordó el lema del indio: alcalinízate o muere. Si uno comía todo crudo, podía extender su vida por años.

Puede que yo haya exagerado, que mi racionalidad haya quedado suspendida por el terror. Compré esa semana un bolsón de verduras y me dediqué a cortarlas en fracciones infinitesimales, para que se me hicieran más comestibles. Vi tutoriales sobre dietas alcalinas, y le pedí a Érica que me acompañara. Me dijo que ni loca, que no le importaba morir. Toleré como pude cientos de gramos de zanahoria cruda, pimientos, hasta berenjenas, mientras ella parecía mirarme con piedad maternal.

Una noche, mientras comía un zapallito rebanado con una cortadora de queso, le pregunté si no entendía lo que le había dicho el día del velorio de Elvio. Si no entendía la gravedad de lo que nos esperaba.

-Te lo dije el otro día- me respondió-: no me importa. No estoy tan aferrada a la vida: es maravillosa, pero una vez que se cumple un ciclo, chau. Hay que partir. Lo demás es tu narcicismo y tu ego. Aprovechala mientras dure. Por ejemplo, no comas esa mierda cruda, pone todo en el wok.

O ella no estaba entendiendo, le dije, o estaba en negación: yo moriría. Me extinguiría, y ya no sería. Mi madre moriría, como había muerto mi tío Elvio. Elia, su propia hija, tendría el mismo destino.

-Estamos acá para eso- contestó sin perder la compostura-. Crecemos, evolucionamos, morimos, pasamos a otro plano.

Para nada, le dije, no pasábamos a ningún lado. Éramos materia bruta condenada a la desaparición definitiva. Éramos igual que un escarabajo, a lo que ella me respondió que éramos un ser infinitamente más evolucionado que un escarabajo. El planteo se había vuelto medio religioso, y además ella parecía fastidiada. Cómo podía pensar que este caos tenía algún sentido, le dije, y que ese sentido podía estar dirigido a que ella aprendiera algo. Eso era ego y narcisismo.

-Prefiero no hablar más, vos no querés escuchar- respondió.- Vos solamente querés tener razón.

La dejé en la cocina y me metí en mi escritorio a investigar más sobre las dietas alcalinas. Pensaba que quizás podía convencer a toda mi familia (en ese momento excluía a Érica) de comer crudo. Tuve una especie de sueño diurno: los ricos habían generado la rueda de hámster del trabajo y la diversión banal para que sirviéramos en call centers y camiones de basura mientras ellos disfrutaban ocultos de una longevidad secreta. Esos basquetbolistas que morían en accidentes, esas víctimas de magnicidios absurdos se ocultaban en las bóvedas invertidas de los rascacielos, en paraísos artificiales, a disfrutar de la eternidad. A mí el trabajo me esperaba, en cambio, a la vuelta de la esquina: era mi último día de vacaciones. Estaba pensando en eso cuando encontré un artículo que explicaba que las dietas alcalinas eran absurdas, que estaban fundadas en una idea que no podía ser más estúpida. Me dio una arcada retrospectiva y estuve a punto de gritar.

Me fui a dormir con un dolor horrible en el pectoral izquierdo, con los dientes apretados como si estuvieran bombardeando la casa. Mi último pensamiento fue que todo pendía de un hilo, que ese hilo podía cortarse en cualquier momento y que compartía mi vida con alguien que no entendía la gravedad de esa situación. Con alguien que vivía en una negligente negación. Al día siguiente, para sostener el circo que habíamos armado juntos, me metería en un edificio a dejar un tercio de las horas del día en algo que no me importaba: entregaría como un cordero lo más valioso que tenía, mi tiempo en este mundo.

El grito que me despertó, explotando en el living, solo podía significar una cosa: alguien había entrado en la casa, había agarrado a Érica y la estaba lastimando. Gritaba con desesperación, un sonido agudísimo que nunca le había escuchado. No soy un valiente, así que bajé la escalera muy despacio, sin hacer ningún ruido. Cuando llegué al rellano vi que Érica gritaba sola: nadie la estaba agrediendo.

-¡El gato hijo de puta!

Había sorprendido al gato y, en lugar de escaparse, el animal se había metido en mi escritorio, donde la ventana estaba cerrada y no tenía salida.

Sentí que un nervio importante, entre la nuca y el coxis, me saltaba como una cuerda rota de guitarra: al otro día tenía que trabajar y estaba a las tres de la mañana cazando adentro de mi propia casa. Me acerqué lentamente por el pasillo y entré: en el rincón opuesto a la puerta, el bicho gruñía, rugía y se preparaba para correr. Avancé, el gato salió corriendo para esquivarme y yo, que no le acierto a un hipopótamo en un pasillo, lo agarré de la cola y lo revoleé contra la pared en un solo movimiento, sin soltarlo. El cráneo hizo un sonido duro y húmedo y el animal no emitió ni un suspiro. La cabeza había quedado aplastada en la parte superior, y le salía sangre de la oreja derecha. Tenía los ojos abiertos y vidriosos, y cuando llegué al living, al pasar al lado de Érica que lloraba convulsa, se lo puse frente a la cara.

-¿Este es como un escarabajo o es suficientemente evolucionado?- le pregunté.

Cuando subí (había tirado al gato en el baldío de al lado, casi un homenaje) Érica estaba con la televisión prendida y metida adentro de la cama. Miraba la pantalla con ojos vacíos. Pensé que tenía que decir algo, pero no sabía qué. Me acerqué, y vi por los pómulos le rodaban dos lágrimas mudas. Me le acerqué y traté de abrazarla, pero ella se contrajo. En el televisor había un partido del abierto de Australia. Estaba al saque Rafael Nadal. Ella miraba fijo y lloraba en silencio. Nadal, lo más parecido a un titán invulnerable que había dado la humanidad, quizás lo más parecido a un superhéroe o un robot, hacía rebotar la pelota antes del saque: en la habitación retumbaba el eco del estadio en silencio. Entonces vi, en su cabeza, un área que empezaba a despoblarse: unas tímidas hebras de pelo no alcanzaban a cubrir su cobrizo cuero cabelludo. Rafa Nadal también estaba muriendo. Miré a Érica: las lágrimas seguían cayendo, continuas y serenas, y le pregunté si era eso, un poco exaltado. ¿Ahora entendía? ¿Entendía que el tiempo se iba? ¿Que íbamos hacia la negrura más absoluta, y así y todo mañana los dos teníamos que trabajar?

Aunque no contestaba, me di cuenta de que lo que no había podido hacer el cuerpo muerto de mi tío lo habían logrado los ojos inertes del gato y la calvicie incipiente de un tenista infalible.

Érica se levantó llorando y se fue a la habitación de Elia. Era obvio que ahora entendía lo que significaba su maternidad, y a pesar de que eso sería un trago duro de pasar, también era obvio que era mejor vivir en la verdad. Nadal clavó un ace, y yo me quedé acostado pensando que ahora, por lo menos, los veinte o treinta años que nos quedaban juntos y la palada de mierda que venía con ellos podíamos atravesarlos (palabras más o menos, con más o menos sexo) sobre bases más sólidas. 

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