Un caso emblemático de violencia de género

Fabián Tablado: lo que deja abierto su liberación

El hecho trascendió el clima de época en que sucedió: su brutalidad se impuso a la invisibilización de entonces de la violencia machista. Ahora, con el asesino en libertad, se abren interrogantes sobre qué debería hacer el Estado con un femicida.

A las doce del mediodía del viernes 28, con un sol a pleno, Fabián Tablado, el asesino de Carolina Aló, recuperó su libertad. Iba de remera y pantalón verde, mochila azul y alpargatas rojas. Antes de llegar a la puerta del penal y bajo la sombra de un árbol, sacó de su mochila un buzo, se lo puso y se cubrió la cabeza con la capucha. Así afrontó el enjambre periodístico que lo esperaba a la salida de la Unidad 21 de Campana. Su liberación se impone disruptivamente en el relato de los femicidios que sostienen la historia reciente. Repone el cuestionamiento a una matriz patriarcal que la ley de femicidios sancionada en 2012 pudo quebrar. Y permite profundizar en torno al tema, aquí analizado por dos abogadas especializadas en género.

En la fisonomía de este liberado podría decirse que nada recuerda al hombre joven, que fue skinhead y que a los 20 años mató a su novia de 17, con 113 puñaladas. Nada, excepto su mirada. Tiene otra contextura física, menos pelo, camina distinto. Pero sus ojos mantienen la fría clama de entonces. Mira y mide distancias. Pero no es una mirada vivaz. Parece formateado en un patrón que le indica cómo hablar, cómo moverse. Dice: “pido perdón”, “me arrepiento”. Pero en su voz se escucha el tono de una fórmula memorizada. Quizá impregnada por la prédica evangélica, que lo acompañó los últimos cinco años en el pabellón reservado a ese culto.

Tras cumplir casi 24 años de condena por el asesinato cometido el 27 de mayo de 1996, Tablado encaró a la prensa con tranquilidad. Dijo que todavía hoy “no sabe por qué lo hizo” y que se lo pregunta “cada día”. Se refiere a la noche en que asesinó con tres cuchillos de cocina y un formón de carpintería a su novia. Estaba “celoso”, le dijo a un amigo antes del crimen. “Ella no quería tener hijos”, agregó en su declaración, luego del homicidio.

Ella hacía la secundaria en el mismo colegio nocturno que Tablado. Él era violento. Lo había expresado cuando le rompió el tabique nasal de un golpe. Y ella, que a veces usaba trenzas, lo había sufrido. Carolina tenía una hermosa sonrisa. Se puede ver en la única foto que conserva la familia, la que está con trenzas. “Se las llevaron todas los periodistas”, dice sobre las fotos de su hija Edgardo Aló, quien expuso intensamente el caso.

Un símbolo en otra época

El femicidio de Carolina Aló estremeció a la opinión pública. Y la liberación de Tablado resignifica la lucha que dio el colectivo de mujeres que logró la ley. Y alerta sobre lo que falta alcanzar. “Con la ley actual este hombre no estaría en libertad”, explican las abogadas consultadas por Página/12 sobre el caso que fue un símbolo de la violencia de género, cuando no se hablaba de femicidio sino de crimen pasional. Ante un acto así primaba la visión patriarcal: “Tiene 20 años y mató a su novia por celos con 113 puñaladas”, titulaba La Nación el 29 de mayo del ’96. Eso sin embargo no pudo morigerar el impacto cultural del hecho.

“Se aplicaron 24 años a una persona sin antecedentes. Algo extremo y emblemático producto de la resonancia social que tuvo”, detalla Cecilia Hopp, abogada y profesora de Derecho Penal en la UBA. Y agrega: “No había un agravante previsto por ley. Solo era perpetua si mataban al cónyugue. La ley incluyó a parejas y exparejas”.

Paula Casal, abogada y profesora de la Universidad de Avellaneda (UNDAV) se especializa en crímenes de odio y perspectiva de género. Y puntualiza: “Recuerdo lo que se discutía cuando era estudiante en los primeros años del juicio, en la facultad: si la muerte había sido con el primero cuchillazo o no. ¡Era la matriz patriarcal! Existía el ensañamiento o alevosía y el caso era de una gravedad objetiva y subjetiva absolutas. El medio empleado y la alevosía eran evidentes. Pero se enseñaba una figura de crimen pasional. Es la figura que hoy conocemos como femicidio”.

En el crimen pasional “la narrativa decía que él la amaba y piensa que ella lo engañó. El macho se enoja porque la ama --advierte Hopp-- y este caso planteó un debate porque no había un fuerte movimiento feminista en esa oportunidad”. Otros crímenes de género, cada vez más cruentos, permitieron cambiar el paradigma. Y llegar a las grandes movilizaciones del “Ni una menos”, en 2015. Pero en sus antecedentes hay femicidios resonantes como el de Wanda Taddei --esposa de Eduardo Vázquez, el baterista de Callejeros que la prendió fuego en 2010-- o en el de Carla Quiroga, ocurrido en La Pampa en 2011, por once puñaladas con las que el padre de su hijo, con quien se había casado una semana antes, la asesinó. Esa trama anuda el homicidio perpetrado por Tablado y fueron concluyendo narrativas que tomaron visibilidad por su violencia extrema.

En este caso, “si nos quedamos en lo simbólico, tuvo lugar la condena y el reconocimiento de la gravedad del caso en la condena --señala Hopp--. El tratamiento penitenciario no fue blando. Tablado estuvo preso casi todo el tiempo. Y tuvo reducciones por estimulo educativo, le corresponde a cualquier preso. Hoy tendría perpetua, pero perpetua son 35 años, también tiene plazo de vencimiento”.

La reincidencia

El caso vuelve a las primeras planas y no porque esté libre quien cumplió su condena. Sino porque reviste una singularidad que estremece: la reincidencia. Tablado se casó en la cárcel con otra mujer y tuvo dos hijas, mellizas. Se separó y en 2013 amenazó de muerte a la madre de sus hijas y a su suegra. Le dieron dos años. Pero fue beneficiado con el “2x1” vigente al momento de su sentencia. Y una morigeración por estudiar “derecho y oficios”, cuenta a la prensa, ya liberado.

Su tía fue a buscarlo en un coche particular. A pocas cuadras, el auto se detuvo y subió su padre, que esperaba en otro sitio. Pocos minutos antes, Fabián Tablado había declarado que no quiere “vivir en Tigre”, donde ocurrió el homicidio. Sabe que los vecinos no están contentos con su presencia en el barrio. Aunque sus padres siguen viviendo en la casa donde cometió el asesinato.

“Todos los días pienso en pedirle perdón. Soy consciente del mal que hice, en mi consciencia nunca voy a haber pagado”, repite casi mecánicamente. Para Casal, lo que se denuncia con la justicia patriarcal es “una lógica que encubre supremacismo”. Parece confirmarlo la parsimonia con la que Tablado avanza entre los periodistas y habla. Contesta preguntas. Está preparado. Escucha.

Para Hopp “el Estado tiene que usar la pena para modificar situaciones culturales que llevaron a la persona a delinquir”. Aquí, el Estado tuvo 24 años para ver qué llevó a Tablado a cometer un femicidio. Sin embargo y a pesar de su encierro, hace 11 años volvió a amenazar a su exmujer. “Se ve que el Estado no aprovechó la oportunidad”, ironiza la especialista. Y agrega: “Desde el feminismo, lo importante no es que se ponga una pena más alta, sino dejar de hablar de violencia de género como el problema de una pareja enferma. Eso es lo importante de la ley”.

Casal coincide: “¡Era una pena alta para la escala del momento! Pero hay que problematizarlo y preguntarse ¿qué hizo el Estado estos años con una persona detenida y condenada por una violencia tan palmaria? Se necesita un abordaje cultural y político para la problemática de género. Hoy abogaría por una mejor compresión de la conflictiva por los protagonistas del proceso judicial, para evitar la revictimizacion de la familia” apunta.

Tablado dice que quiere terminar la carrera y pescar en el río. Tiene un tono neutro cuando habla. “No demuestra descompensación emocional. Muestra facultades psicológicas normales”, indicó el parte médico. Y no es un peligro para sus hijas ni para la sociedad, sostiene. Sin embargo los peritos aconsejan que no se revincule con ellas. Y el padre de Carolina pide una perimetral para que no pueda acercarse a su familia.

La exposición mediática que tuvo el caso permitió introducir el debate sobre la violencia contra las mujeres en lo cotidiano. Como el caso Monzón contra Alicia Muñiz en 1988, con la gran diferencia que impone la magnitud del protagonista, que en el caso de Carlos Monzón transformó al campeón en asesino. Sin embargo, la impronta de campeón se impuso mucho tiempo a la del asesino. Aun así, su popularidad abrió el debate público, incluso en TV. Y en esta línea, la de la exposición mediática y su impacto en la opinión pública se jugó la causa por el crimen de Carolina Aló.

Tablado sin embargo, antes de irse, argumenta: “Fue un conflicto de pareja”. Mientras su tía lo apaña: “Esta bien que pida perdón, la mató por accidente”.

Para las abogadas consultadas hay oportunidad desde el Estado para reinsertar a las personas liberadas. “Queremos progresividad y programas donde se traten las pautas culturales que llevan al femicida a matar”, detalla Hopp. Y Pascal sintetiza: “Recién ahora se piensa en formar a los funcionarios en las exigencias de la Ley Micaela para que comprendan conflictos de género, hay que apuntar a eso”. Y Hopp concluye: “Hay una sensibilidad social mayor sobre las causas que llevan a femicidios, y sobre la necesidad de prevenirlos. Ojalá podamos entender mejor cómo ocurren, para atender y entender las situaciones menos visibles”.

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