Las próximas semanas serán de vértigo en la negociación entre el gobierno de Alberto Fernández y los acreedores externos

Un acuerdo exitoso de la deuda es una cuestión de supervivencia

En los grandes diarios de circulación nacional, los mismos que en los últimos años cerraron filas con el macrismo, pueden leerse cotidianamente las ambiciones de los acreedores. Lo que está realmente en juego con el tema de la deuda es la continuidad del Frente de Todos en el poder.
Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno.Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno.Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno.Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno.Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno.
Los fondos de inversión de Wall Street incrementan la presión sobre el gobierno. 

La historia de la deuda es triste, pero los entretelones en la prensa son risueños, por decirlo de alguna manera. Quizá lo más increíble sea la falta de muñeca de algunos periodistas para disimular la alevosía con la que defienden los intereses de los acreedores

En los grandes diarios de circulación nacional, los mismos que en los últimos años cerraron filas con el macrismo, pueden leerse cotidianamente, y hasta con el formato de presuntas primicias o “informes secretos”, las ambiciones de los acreedores, mientras que sus advertencias se desarrollan como amenazas. 

La clave o conclusión general se encontraría en la necesidad de reconstruir “la confianza” de los acreedores que serían los mismos que los de los futuros inversores, lo mismo que decía el gobierno precedente con los resultados ya conocidos. Es decir, se trataría de seguir haciendo neoliberalismo para que los beneficiados por el régimen saliente sigan contentos. Si tal cosa se cumpliese, volverían a llover los dólares que nunca llovieron, salvo para arriba por la vía de la fuga contra deuda.

Según cuentan en el Ministerio de Economía, no está claro si los acreedores tienen una estrategia común, cartelizada. Pero lo que sí hicieron todos fue la misma pregunta: “¿Qué esfuerzo esta dispuesta a hacer la Argentina para conseguir la reestructuración?" No hace falta aclarar lo que en este contexto significa “esfuerzo”. 

Se trata simplemente de “el programa” que el establishment financiero reclama: continuar con el ajuste, es decir con la baja de salarios y jubilaciones y, especialmente, con la reducción de los servicios del Estado. Esto significa alcanzar un programa con el FMI que no sea “inusual”, como dicen desde Wall Street, y que funcione como el famoso “sello de calidad” del acuerdo con los privados, como ya se decía en los primeros años 2000. 

Se necesitan dólares, no pesos

Educados en los países centrales y en la ortodoxia económica muchos de los negociadores privados realmente creen en la deformación teórica de que la deuda externa de los países periféricos se paga con superávit fiscal y no con dólares. No es el caso, por supuesto, de los técnicos del Fondo, quienes saben perfectamente cuál es el rol geopolítico de la institución: mantener el actual esquema de división internacional del trabajo, una visión compartida por la alta burguesía local.

La respuesta que los bonistas escucharon del otro lado de la mesa no les gustó nada. Los funcionarios les explicaron que “el país”, no precisamente todo, ya hizo el esfuerzo que nuevamente se le reclama, que salarios y jubilaciones ya cayeron más de 20 puntos durante el macrismo, y que ya no existe margen político para continuar ajustando, lo que fue reconocido hasta por el FMI

Luego, cuando los representantes de los fondos de inversión salieron del Ministerio corrieron a entrevistarse con otros representantes de la clase política --no solo opositores-- y empresarios para evaluar qué les conviene más: si aceptar una oferta de reestructuración que está, según dejaron trascender, “muy lejos” de sus expectativas o esperar un cambio de gobierno, es decir a un nuevo Macri, quizá menos fracasado, dispuesto a rematar lo que quede para “regresar al mundo”, el eufemismo por satisfacer las demandas del exterior.

El peligro buitre

Es necesario repetirlo, a los fondos buitre la estrategia de apostar al cambio político ya les funcionó una vez, no les costó muy cara y las ganancias fueron astronómicas. Sin embargo, no todos los acreedores son buitres y, a diferencia del default de 2001-2002, la deuda actual tiene cláusulas de acción colectiva. El riesgo de que acepten el 66 por ciento de los tenedores de un determinado papel será alto para quienes fracasen en el bloqueo de la reestructuración. Ya no se puede ser buitre con el 1 por ciento de una emisión. Según los papeles hace falta por lo menos entre el 25 y el 34 por ciento.

Si bien por un lado algunos fondos creen que pueden conseguir a través de “la política” lo que no escucharon en la mesa de negociación económica, por otro, para la política, en este caso la clase política integrada en el oficialismo, incluidos aquellos que de distintas formas fueron funcionales al macrismo, la resolución exitosa del problema del endeudamiento es una cuestión de supervivencia.

Lo que está realmente en juego es la continuidad del Frente de Todos en el poder. Es así a pesar de que a casi cuatro años de un futuro recambio presidencial, parezca una realidad lejana. Y también a pesar de que esta conciencia no esté afianzada en la mayoría de los dirigentes.

Hoy, en un mundo donde el comercio internacional se encuentra en contracción, lo que dificulta la expansión de los ingresos por exportaciones, y en medio de una economía local que todavía no salió del subsuelo, un mal arreglo de la deuda es infinitamente peor que un default

Default

El primero condena a la economía al estancamiento y vuelve a patear la pelota hacia adelante en un marco de reducción de los grados de libertad de la política económica, como ya lo demostró el “megacanje” de Domingo Cavallo. 

El segundo, podría generar tensiones y turbulencias en el corto plazo, quizá dolorosas, pero dejaría libres los pocos dólares disponibles para retomar el crecimiento, tal como sucedió por ejemplo a partir de 2002. 

Por supuesto, lo preferible sería un “buen acuerdo”, pero supone un recorte muy superior al que parecen estar dispuestos los acreedores y que, además, difícilmente posibilitará volver a tomar deuda en el corto plazo.

Las próximas semanas serán de vértigo, pero no será una cuestión de reproche moral, de buenos y malos, de confianzas y desconfianzas, sino de dinero y poder relativo de cada parte

La tómbola está girando y oscila entre “todos ponen” o “todos pierden”. En el ínterin se mantiene en “todos trabajan”, tanto los negociadores que defienden la sustentabilidad económica y política de la reestructuración, como los acreedores y sus abundantes voceros en la prensa. 

Voceros

Un dato de color es que estos voceros hablan del endeudamiento como “un problema estructural y de décadas” y no de uno recreado activa y aceleradamente por el macrismo. Al igual que la alta burguesía, la prensa que constituyó el principal apoyo del gobierno precedente, no parece añorarlo, sino intentar borrarlo de la historia, hacer como si no hubiese sucedido, como suele proceder la psiquis con los malos recuerdos de tiempos presuntamente dulces.

Finalmente, cualquiera sea la solución del problema de la deuda y pensando en términos de sustentabilidad política, el nuevo oficialismo no debe perder de vista que las fuerzas del pasado trabajan para reconstruirse, desde los exportadores sojeros más concentrados que reeditarán los lockouts patronales, a los capitales financieros globales representados por la embajada estadounidense, el FMI y buena parte de la prensa. La ilusión del consenso comienza a resquebrajarse.

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