En forma recurrente se escucha por los medios de comunicación que el peor escenario para el país sería dejar de pagar su deuda. Una y otra vez, intereses muy específicos y repetidores bien pagos, pregonan que Argentina debe evitar un default a cualquier precio, anunciando terribles consecuencias si no lo hace. 

Quienes se preocupan por no cobrar en caso de default (los bancos, el capital concentrado, especuladores, fondos de inversión) son los que buscan asustar a la población, presionando para que se cuide el dinero de los ricos, al que llaman “derecho de propiedad”, como si no hubiera otros derechos.

Con todo, igualmente, lo interesante es que nunca justifican su predica ni explican por qué sería tan terrible dejar de pagar y afectar, al menos una vez, a esos intereses. Lo que da cuenta que muchas veces es más un credo, un mecanismo de extorsión o un intento de subordinación del poder económico sobre el grueso de la población que argumentos económicos claros. 

Esos mismos agentes no parecen defender otras obligaciones estatales por fuera del pago de deuda. Reducir el hambre, proteger salarios, ampliar derechos, asegurar el acceso a la salud y a la educación de calidad jamás son invocados como compromisos tan o más importantes que el pago de la deuda. Sugiriendo que la seguridad jurídica es sólo para los poderosos, no para el grueso de la población.

Crisis

Lo más cercano a un argumento con respecto a dejar de pagar la deuda es decir que nuestro país “se caería del mundo”, sin dar luego mayores precisiones al respecto o explicar qué significa eso. Otras veces invocan que podría aumentar la pobreza o que el país podría sufrir una terrible crisis por dejar de pagar.

Es curioso que terminan, en realidad, por invertir las premisas: las crisis en los últimos 40 años, desde la dictadura hasta la actualidad, han irrumpido como consecuencia de pagar la deuda, no por dejar de pagarla

Fue el endeudamiento sistemático del país y la enorme sangría de recursos que representó los verdaderos responsables de las crisis, lo que dejó al país más vulnerable y frágil frente a las corridas cambiarias, la fuga de capitales y el quiebre económico, pues siempre se encontraba sin dólares para enfrentar los ataques especulativos, sin contar tampoco por ello con las divisas suficientes para resolver los clásicos estrangulamientos del comercio exterior de nuestra economía. La deuda y su pago fue la que nos dejó sin recursos.

La crisis de la deuda de 1982, la hiperinflación de 1989, el final de la convertibilidad en 2001 y la reciente crisis macrista, todas ellas tuvieron como epicentro el pago de la deuda y la falta de dólares para continuar pagando

Las devaluaciones, corridas y posteriores disparadas de la inflación y de la pobreza, con sus respectivas licuaciones salariales, respondieron en todos los casos a seguir con los pagos más que al haberlos interrumpido. Aunque el poder económico y los grandes medios quieran decir que fue al revés, y que el gran problema fue dejar de pagar.

Costos

Un análisis mesurado indica, en verdad, que dejar de pagar podría implicar una caída económica como máximo de dos puntos del PIB. Ello ocurriría por tres vías: 

1. El fin del financiamiento comercial para que algunas empresas argentinas puedan importar, lo que podría detener algunas áreas.

2. Caída de los depósitos bancarios en dólares por el miedo local que despertaría.

3. Suba de los dólares paralelos (el blue, el dólar mep, el contado con liqui), lo que afectaría el equilibrio de rentabilidades, presionando también sobre las expectativas de inflación futura. 

Básicamente podría suceder estas tres cosas. La verdad es que no es tan grave y ya lo más duro sucedió en el final del macrismo. La situación entonces está muy lejos de ser el infierno tan temido que muchos anuncian. Mucho peor es que suba la pobreza o bajen los salarios por el dogmatismo de pagar.

Beneficios

Ahora vale pensarlo de manera inversa: ¿traería algún beneficio dejar de pagar? 

La respuesta quizás es más interesante, porque realmente los beneficios de dejar de pagar podrían ser muchos. Por empezar, el más palpable sería que la gran cantidad de recursos que utiliza el Estado para atender la cuestión deuda se podría volcar a otras prioridades como reactivar la economía, distribuir ingresos, aumentar los presupuestos en salud, educación, jubilaciones o la obra pública. 

Vale recordar que el año pasado el 20 por ciento del presupuesto nacional se utilizó en pagar los intereses de la deuda. De ocurrir un default, ese dinero podría utilizarse para la “deuda interna”.

Otro beneficio importante sería permitir que los costos de la crisis argentina deje de pagarlo exclusivamente la población y que sea también el sector financiero el que asuma una parte de esos efectos negativos, pues fue uno de los grandes ganadores del ciclo macrista y uno de los grandes responsables de un nuevo hundimiento nacional. Tal vez si el sector financiero dejara de ganar siempre, en todos los escenarios, previos y posteriores a las crisis, compartiría el destino de otros sectores económicos, sin ser el único privilegiado y contribuyendo así a construir una sociedad más justa.

Igualmente, si la Argentina dejara de pagar, no todo sería tan fácil pues habría consecuencias políticas: la presión internacional por parte de las potencias sería muy aguda, lo que generaría tensiones eventualmente desestabilizadoras, por lo que el país no podría vivir eternamente en default sin evitar un escenario “a lo Venezuela”. 

Con todo, vale la pena pensar en alternativas, evaluar si es posible posponer pagos o presionar también a los acreedores con la carta de dejar de pagar si estos se endurecen. Ya que sólo evitando el dogmatismo ciego de cumplir con la deuda la Argentina pueda recuperar grados de autonomía y pensar así un destino soberano y nacional.

* Economista. Doctor en Ciencias Sociales (UBA/UNDAV/Conicet). Autor del libro Camino al colapso. Cómo llegamos los argentinos al 2001.