Entrevista a Raquel Robles

"Hasta que mueras", una notable novela sobre la venganza, la derrota y el coraje

Como parte de un proyecto narrativo que comenzó con Papá ha muerto y culminará con La última lectora (aun no publicada), Hasta que mueras (Factotum) pone en escena cara y contracara de la dictadura y su maquinaria de generar muerte y derrota: una mujer hija de desaparecidos decide vengarse de una serie de protagonistas de la represión, aunque no sólo represores directos, mientras que en el libro también se rescatan pequeñas historias de coraje de personas anónimas que de una forma o de otra, ayudaron a salvar vidas y proteger a los que estaban más expuestos. En esta entrevista, Raquel Robles habla de todos sus libros, explica las raíces personales y generacionales de este proyecto en particular y analiza los alcances de la derrota, la justicia y la memoria.
Raquel Robles, autora de Hasta que muerasRaquel Robles, autora de Hasta que muerasRaquel Robles, autora de Hasta que muerasRaquel Robles, autora de Hasta que muerasRaquel Robles, autora de Hasta que mueras
Raquel Robles, autora de Hasta que mueras 
Imagen: Sebastián Freire

Hay dos vasos de whisky en la mesa, el tintineo de los hielos con forma de islas Malvinas dentro arrulla los silencios de la entrevista que se deja ganar por la oscuridad que se levanta alrededor. En esas pausas en las que parece que el agua va a desbordarse por el canal almendrado de los ojos de Raquel Robles, las palabras que lleva tatuadas debajo de clavícula derecha son un atajo para encontrar la próxima pregunta y seguirla a ella en su determinación: “no he naufragado”.

Raquel escribió Hasta que mueras (Factotum) en un remolino de dolor que parecía llevarse todo. Su hermana había muerto de cáncer unos días antes, el padre de su hijo de dos se había ido durante la agonía sin preguntar si necesitaba algo, su propia idea de la vida se derrumbaba. Iba a desterrar de su cuerpo la loca idea de que no enfrentar la sucesión de los días de a dos es simplemente un compás de espera. Tenía 45, la misma edad que su madre cuando la secuestraron y la desaparecieron junto a su padre. 45 como la hermana cuando recibió el primer diagnóstico.

4 + 5 = 9, el número que en la cábala marca el final de un ciclo y ella escribía una historia en la que una vengadora asesina 36 actores del genocidio reciente y ponía en valor 36 actos de coraje para contrarrestar la masacre. 36 más 36 da 72, la suma de los dígitos de cada número también tiene como resultado el fin de ciclo. Y hay más, hay un concurso literario que cuando lo descubrió le daba 36 días de plazo para presentarse. Por supuesto tomó el desafío, entregó y no ganó.

Ganó su libro en las correcciones que le dedicó después, mientras las hileras de palabras se hacían sólidas tablas para sortear el hundimiento, mientras su proyecto literario de escribir sin marcas “para que las voces se puedan decodificar por su propio peso sin que yo, narradora, tenga que advertirlo por un guion de diálogo ni por ninguna otra estrategia, sino que la misma voz diga quién está hablando”, se afianzaba. Ese proyecto había empezado por Papá ha muerto (Factotum, 2018), sigue con Hasta que mueras y terminará cuando se publique La última lectora, ojalá que pronto porque los dos primeros son experiencias conmovedoras en las que la literatura es una ola de esas que en la playa te revuelcan y no es posible saber dónde está la orilla o el cielo hasta que no te sueltan y sos otra, tal vez desnuda, tal vez con caracoles en el pelo o un raspón en la rodilla. Son historias poderosas, pero más poderoso es entender que están escritas.

Escritas como las que anotó Diego de Zama, el protagonista de la novela de Antonio di Benedetto, con la pluma y la sangre de un pájaro muerto que encontró mientras “los salvajes” decidían si iban a matarlo y cómo, “abandonado en una selva desconocida, mutilado, sin dedos, con muñones quemados, sin patria, sin más que pasto para morder, hay que saber mentirle al río: Marta, no he naufragado”, según la descripción del escritor que protagoniza Hasta que mueras. Y dice la autora que leyó Zama en esos treinta y seis días de escritura desbocada: “Me parece una gran metáfora de la literatura, escribir al borde, de las muertes, de los proyectos, ahí donde sabés que el proyecto de vivir tu vida, el colectivo, lo que fuese, se murió. La literatura permite dejar escrito, pero también tramitar esa experiencia y lanzarla río abajo para que alguien recoja. Aunque ese mismo acto ya es la esperanza, más allá de que alguien la recoja o no”.

¿Cómo fue que pusiste en acto (literario) la venganza, algo que siempre estuvo conjurado para quienes militamos en el movimiento de Derechos Humanos. ¿Era una fantasía tuya?

--Siempre. No sé si cuando era chica, pero sí ya de grande. En calidad de fantasía, claro, porque no se me ocurría un modo de poder hacerlo y que fuera efectivo, yo no quería ir presa. Además, cuando esa fantasía existió o empezaba a existir no había ninguna perspectiva de juicios. Y cuando la hubo también me dieron bastante rabia todo los que se quedaron afuera de los juicios. Tuvo como picos, los juicios de la verdad fueron un pico alto de la fantasía (risas). Yo creo que si hubiera tenido la capacidad logística de hacerlo sin implicar a nadie más...

Por suerte existe la literatura.

--Mi vida sería otra sin la coartada de la literatura. Hubiera necesitado otra coartada, no sé cuál sería, para soportar tantas cosas que duelen un montón. Y para tolerar no solamente mis propias heridas, mis propios recuerdos, mi propia dificultad para recordar o para construir historias sino para las de los demás, ¿cómo se escuchan las historias que están en la base de este libro? Y ¿cómo te vinculás con las personas con las que yo me quiero vincular sin escuchar? Yo no puedo, yo necesito escuchar, escucharlas, y sin hacer algo con eso... implota. Hay quien toma testimonios, quien deja registro en legajos, ayuda desde la salud mental, yo no tengo todo eso, tengo amistad.

Que salva más vidas que la literatura.

--Cuando presenté Pequeños combatientes en italiano, Piccole combatenti, me preguntaron en un momento si la literatura salva vidas. Entonces, no era mi intención golpear bajo, pero me acordé del milico que dijo “haber estado” con mi mamá, un eufemismo para un represor que custodiaba a las cautivas en Campo de Mayo y que ahora, entre paréntesis, declara como “testigo” en el juicio, todo hay que fumarse. Hablaba de mi mamá y había cosas que no sabíamos si creerle o no, pero cuando dijo que mi mamá recitaba poemas a las compañeras mi hermana dijo “es verdad”. Porque mi mamá, que era fanática de Miguel Hernández tenía un Hernández para cada ocasión, entonces lo que dije es que no le salvó la vida, ni a ella ni a las que escuchaban los poemas, pero la salvó de una otra muerte. Ella tenía eso en ese momento, tenía esos poemas para dar un sentido al sinsentido, para dar ánimo. No creo que me haya salvado la literatura, pero me salvó de otra vida, que no sé cuál sería pero seguro más dolorosa.

Pequeños combatientes (Alfaguara) es la novela anterior a este proyecto literario al que le falta su último capítulo. Antes hubo otras dos novelas -con la primera, Perder, ganó el premio Clarín en 2008- pero es en esta tercera en la que la escritura se impone con voz propia. La escribió en un momento de ruptura también, con un método particular, escribiendo cada noche en papeles y pasando todo a la computadora los domingos. Los protagonistas son un niño y una niña que sobreviven a la desaparición de su mamá y papá con el convencimiento de que tienen una misión y que pronto vendrán a buscarlos para completarla.

--Hasta que escribí ese libro siempre me había resistido a dejarme atravesar por los recuerdos, siempre fui una persona convencida de lo que tenía que hacer y entre esas cosas no estaba llorar porque era una militante. Pero después de haber estado en H.I.J.O.S., después de esas fiestas que para mí duraron diez años, no sólo me aflojé un poco sino que entendí que algo tenía que hacer con todo lo que había escuchado, con las historias que me habían compartido porque no las resistía en el cuerpos. Y me dejé atravesar al escribir. Y ahí creo que empecé a escribir de verdad.

¿Para escribir Hasta que mueras, en un tiempo tan corto, también apelaste a tu propia memoria para reconstruir las historias que pones en juego?

--No, hice muchas entrevistas y agradezco mucho a quienes compartieron conmigo no sólo su “villano favorito” y las razones de por qué lo son, también hablé con un guardaparques para ver cómo se formaban, por ejemplo. Y con una chica a la que le costó mucho contarme la caída de una casa en Moreno que forma parte de mi historia. También leí un libro que me dio Dina, un libro escrito al solo fin de dejar registro de esa experiencia, sobre una pareja que sobrevive en el impenetrable chaqueño ayudada por los campesinos y campesinas de las ligas agrarias que les dejaban comida y recursos en determinados árboles donde ellos dejaban mensajes y tomé esa historia.

¿Qué significa “villano favorito”?

--Bueno (se ríe), por ejemplo hablé con Luis Molfino que es quien me proveyó el primer asesinado, en quien más me detengo para contar cómo lo mata Nadia, mi protagonista -bueno, también está su madre y el escritor- porque me pareció que la calidad de su maldad merecía ese desarrollo, ese tiempo. El tipo era un servicio que le hizo el novio a una chica durante cinco años y gracias a eso está desaparecida ella, su hermano, su pareja, la madre, a la que matan en un hotel de España y los amigos de ella; todos los que frecuentaban la casa cayeron. Entonces me pareció que si vamos a matar a un hijo de yuta lentamente, este lo merecía.

Después no sólo mata represores en el sentido clásico, bueno, si se puede hablar en esos términos.

--No, no hay sólo represores en el sentido clásico y además ella no mata 36 que le quedaban cerca, ella mata funciones, y esas funciones están ligadas justamente a la banalidad del mal. Esas funciones que parecen colaterales, como el tipo que llevaba embarazadas de un centro clandestino a parir y las devolvía solas. La monja que cuidaba de niños y niñas permitiendo violaciones, que se llevaran niñes a la Perla, esa monja que no estuvo en un centro clandestino pero era imprescindible para actuar sobre niños y niñas. Y así hay varias personas que no fueron vistas en un centro de tortura y exterminio y entonces no llegan a juicio o que por tener funciones que no serían las del tramo final o las supuestas no principales nunca van a llegar a juicio. Ella no mata a los que llegan a juicio, solamente a prófugos que fueron condenados.

Eso que vos llamás “funciones”, esa lista que se arma al final del libro, es como una representación inédita del tamaño del genocidio y del tamaño de la impunidad.

--Es que cuando decimos Terrorismo de Estado, ¿qué estamos diciendo? ¡Es el Estado entero!, a mí me tocó leer muchos legajos, miles de legajos de niños y niñas en los que participan muchas personas, trabajadoras sociales, abogades, estudios enteros de abogados y montón de empleados y empleadas. Y en ese universo de funcionarios o profesionales tenés algunos actos de resistencia que están contados en el libro y tenés montones de otros actos que son directamente terroristas. Los juzgados por ejemplo, son terroristas. Están los niños y niñas afanados y están los niños y niñas dados en adopción legal, por ejemplo. Y ese robo de identidad lo hicieron los jueces. Es un Estado entero, no puede no ser simbólico un juicio. Porque para que no fuera simbólico habría que hacer una revisión del Estado entero. Y no es imposible, eh, solo que...

Que es demasiado lo que tambalea, lo que no puede quedar en pie.

--Eso es lo que pasa cuando hay un genocidio, toda una generación no tiene que quedar en pie. Por supuesto que con responsabilidades muy distintas, por supuesto que un represor no es una boluda del Consejo del Menor y la Familia, no es lo mismo. Pero decir que no es lo mismo no es equivalente a negar toda responsabilidad. Parte de asumir la derrota es entender que la impunidad no se acaba con un juicio, lo cual no quiere decir que los juicios son una cagada, están buenos, pero distinto es creer que se acabó la impunidad.

Me pregunto ¿cuántos relatos que podrían aportar verdad se clausuran por no formular las preguntas, por no comprometer la responsabilidad civil?

--Bueno, en los juicios de apropiación. ¿Cuándo se le preguntó al personal del, en aquel momento, Consejo del Menor y la Familia? Por no hablar del Movimiento Familiar Cristiano, digamos que esos eran el Estado porque compartían personal, porque los mismos personajes estaban en un lugar y en el otro. ¿Por qué no se los cita? Tienen un montón de información. Yo misma les saqué información, yo la recogí... Después, los personajes del Estado siempre son grises. Pero como yo soy funcionaria del Estado también sé que se puede no ser gris. Y aparte leí y conocí un montón de gente que no fue gris. Entonces es falaz decir que no se podía hacer nada, que te jugabas la vida... probablemente te jugabas cosas pero no es cierto que no podías elegir qué cosas perder. Porque hay quienes se jugaron en otro sentido. Hay que dar cuenta de eso. La cárcel no es la única Justicia para todo el mundo. Existen los sumarios administrativos, por ejemplo.

Y también existen las invitaciones a reponer la historia.

--Exactamente. Porque en el caso de niños y niñas, saben un montón. Las monjas saben muchísimo, todo. ¿Cuándo fueron llamadas a declarar? Nunca. Y no son difíciles de encontrar, sólo hay que preguntarse ¿qué congregación tenía Campo de Mayo? ¿qué congregación estaba a cargo del Buen Pastor, en Córdoba?

Esos silencios duele más, a veces, que lo perdido.

--Lo que quiero es que hay una cierta necesidad de clausura, como de restringir a un inapelable: Menéndez es inapelable, Videla es inapelable, el Turco Julián es inapelable... y como contrapartida, poca capacidad de reconstruir la complejidad. Este libro, además de la impunidad, intenta trabajar sobre lo complejo de intentar clausurar, porque vos cerrás por acá y estalla por allá. Y Lamentablemente estalla en la subjetividad de las personas. No estalla en una revuelta, es la gente la que estalla. .

Vos decís que entrevistaste a empleados o empleadas del Estado que nunca habían sido interpelados. ¿Te sorprendió encontrar tantos testimonios o tantas historias no contadas?

--Me sorprendió no haberme dado cuenta antes, porque yo trabajaba ahí hacía un montón. Me dio mucha... me exasperó mucho también que no fuera tomado por todo el mundo con toda la urgencia que tenía. Se trabajó mucho, se tomaron muchos testimonios, se leyeron todos los legajos de los pibes y pibas de esa época. Pero todo ese trabajo no fue procesado y de alguna manera esa rabia también tuvo que ver con este libro.

Esa rabia de la tarea no hecha...

--De la tarea no hecha y que aún se puede hacer. Porque hay otras que es imposible, pero hay tareas que sí. Esa impotencia, esas ganas de zapatear fiscales y funcionarios públicos que siempre se toman un tiempo como si el tiempo no estuviera en contra nuestra, sobre todo para encontrar a quienes todavía están desaparecides.

Una persona que esperó 24 horas en una esquina para avisarle a alguien más que su casa había caído, un funcionario de cementerio que anotó los lugares donde se enterraban personas jóvenes y baleadas que entraban por la noche, una familia que cuidó a las mascotas de una familia esperando que los niños vuelvan por ellas, el hombre que llevó comida cada semana a una casa clandestina. Esos y muchos otros actos son la contracara de los 36 asesinatos de Nadia, la hija de un desaparecido que va a vengarse y no quiere impunidad para ella. Quiere realizar un acto puro, cerrado sobre si misma. El paradigma, según Raquel, de esa frase que a veces se repite entre militantes: “tarea votada, tarea cumplida”.

Es llamativo que en Hasta que mueras los varones lloran mucho, a moco tendido, por lo perdido pero también por los actos de ternura. Es como un llanto que no es de este tiempo, aun cuando los varones recién ahora parecen habilitados a llorar.

--Y sí, hay una fe en el ser humano en los años 60’ y 70’. Una fe que no se construía en abstracto sino sobre la base de gestos, de personas concretas que hacían grandes actos de solidaridad, de desprendimiento o de entrega, sobre todo de gente que no era del partido (del que fuera) porque para la gente del partido iba de suyo hacer eso. Eso que llamaban “pueblo”, que sin compromiso político tenía esa bondad, esa capacidad de solidaridad de pueblo era la base para construir una fe en que valía la pena entregarlo todo, porque el ser humano era escencialmente bueno, medio roussoniano digamos, y el capitalismo tendía a pervertir esa bondad.

Una ingenuidad que no tallaron las balas.

--Lo que yo recuerdo de personas de esa generación es la ternura. La ternura que generaban esos actos, la emoción; no era una cosa fierrera, era la mística. Esa sensación de colectividad, de ternura, de amor por ese otro, otra, medio anónima, un poco cristiano también, pero en esa sensación tiene mucho sentido lo que pasó: esa entrega hasta el final con el convencimiento de que vendrían otros a llevarlos a la victoria.

Ese convencimiento aparece en Papá ha muerto, tu novela anterior.

--Claro, porque a pesar de muchas lecturas que vieron lo contrario, en Papá ha muerto yo busqué la semántica de la victoria, una victoria que podía no cumplirse en el tiempo histórico de combatientes, pero sobre la que no había ninguna duda, ni aun muerto el Che, ni aun siendo cuatro perdidos en Bolivia que no sabían cómo iban a volver a Cuba. En cambio, en este libro exploro la lengua de la derrota.

Pero me estás hablando de una certeza militante en los 70 que también es una esperanza más allá de toda derrota.

--Es verdad, esa certeza que era inquebrantable. Pero Hasta que mueras no sucede en los 70. Parafraseando a la madre de mi Nadia, entender la derrota también es la posibilidad de engendrar una esperanza porque ahí donde das por terminado algo, te da la chance de empezar otra cosa. Por eso me parece que esta cosa en la que estamos donde se sigue sin entender del todo que perdimos -digo “perdimos” en el mismo sentido que lo decían ellos y ellas, un plural desde el campo popular- va a estar difícil que podamos “vencer”. Entonces no es una cosa deprimente entender la derrota.

¿Entender la derrota es entender las razones de la derrota?

--Es entender que hay un proyecto político que ha muerto. Y no es que hayan muerto las ideas pero sí ese proyecto en tanto acciones, actividades, formas, métodos y tiempo histórico. Lo que no quiere decir que no se puedan traer formas, rescatar acciones con la mirada de ahora. Por ejemplo esto que decís vos, que a mí me gusta un montón, en relación a la crianza colectiva por necesidad de las militantes de los 70. Se puede investigar porque más allá de la necesidad, esa necesidad tuvo una experiencia y eso no se suele rescatar. Pero con la mirada de hoy se puede, entendiendo que todo ese proyecto se murió porque la derrota fue aplastante.

¿El acto de venganza pura de Nadia, de negarse a quedar impune, tiene que ver con cierta negación de la derrota?

--Nadia condensa un concepto de todo lo inflexible, de la negación de los recodos de la vida y de los proyectos. Pero el personaje de la madre y del escritor condensan la posibilidad de entender la derrota y de renacer.

¿Y por eso tienen una historia de amor?

--Se ve que se me escapan las historias de amor de pareja, pero en relación a este libro en particular si podemos pensar que cada personaje condensa ideas, condensa conceptos y eso también lo aprendí de Kafka, para él cada personaje es un concepto que pone en movimiento, es una variable de la contradicción que pone a jugar sobre la mesa a ver hasta donde llega. Entonces necesitaban estos personajes necesitaban una historia de amor, más allá de ellos mismos como personas, como hombre y mujer, en este caso, que son los que se aman. Cada uno logra por fin enviudar, ella tiene su amor que está desaparecido y él tiene un amor que lo dejó y desapareció en otro sentido, dar por muerto eso les da la posiblidad de encontrarse. Detesto transparentar tan brutalmente lo que debería ser entendido o no entendido, no importa, pero en todo caso esa es la idea: que los proyectos una vez que dan por muertas algunas cosas pueden encontrarse, las derrotas asumidas pueden encontrarse entre sí, amucharse y pensar cosas nuevas y acá tenemos en nuestro territorio un montón de proyectos truncos, no sólo de los 70.

¿Por ejemplo?

--A veces las cosas tienen un ciclo, a lo mejor estoy diciendo algo que puede implicar pedradas en la plaza, pero HIJOS, por ejemplo, no fracasó, venció, pero tuvo un ciclo. Y ahora puede haber un HIJOS renacido, pero lo que fue, terminó. Puede haber otros proyectos en los que nos encontremos esas personas que pensamos juntas, pero hay que terminar las cosas en buenos términos con una misma. O esos proyectos consigo mismos.

Y sin embargo hay otras cosas que no terminan nunca. Como la impunidad, como el dolor.

--Como la amistad, como la literatura; lo que tengo.

 

Y lo que no ha naufragado. Ni siquiera en whisky.

Tapa de la novela de Raquel Robles

 

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