Temas de debate: Transformación acelerada en tiempos de cuarentena

En busca de inclusión financiera

En épocas de coronavirus y por primera vez en la historia, la exclusión financiera pone en riesgo la vida de las personas y la salud pública en general. Cómo reducir la brecha digital.

Producción: Florencia Barragan


Una lección predecible

Por Ignacio E. Carballo *

Frente a la crisis sanitaria y económica del COVID-19 que puso en cuarentena a gran parte del planeta, uno de los flancos en dónde los gobiernos del mundo están presentando una férrea batalla es aquel de la inclusión financiera. Especialmente las naciones con alta informalidad están buscando una acelerada reducción del efectivo para evitar el contacto o la circulación innecesaria de sus habitantes, promoviendo los pagos digitales.

Los hogares excluidos del sistema financiero de pagos ahorran y transfieren valor a través de activos físicos, como dinero en efectivo o bienes. No se benefician de las bondades de las finanzas para suavizar su consumo mediante el ahorro, aminorar el impacto de los avatares de la vida mediante los seguros, y por supuesto ver realizados sus proyectos económicos de vida mediante el crédito.

Esta brecha financiera y digital que crea la carencia de instrumentos seguros de pago promueve distintos canales de desigualdad y exclusión social que se refuerzan mutuamente en la vida financiera de los hogares excluidos. De ahí que la inclusión financiera sea entendida actualmente como un medio para la reducción de la pobreza y promoción del desarrollo sostenible por organismos como Naciones Unidas. Pero, en épocas de coronavirus y por primera vez en la historia, la exclusión financiera también pone en riesgo la vida de las personas y la salud pública en general.

Como resultado, en economías en vías de desarrollo como la nuestra, las consecuencias de la exclusión financiera nunca fueron tan crudas. Por ejemplo, mientras se recomienda con firmeza a la población utilizar medios de pago electrónicos y se difunden llamativos estudios que destacan los riesgos de exposición (la empresa LendEDU realizó una investigación en Nueva York encontrando que los ATM están más contaminados que un caño del subte o el picaporte de un baño), durante la cuarentena algunos comercios suspendieron directamente el cobro con tarjeta de débito. El motivo: venden poco y las comisiones les reducen aún más los márgenes. Para peor, los sectores históricamente relegados del sistema financiero son los más vulnerables, quienes cotidianamente enfrentan más adversidades en términos de salud como son la falta de acceso a servicios básicos, déficits cualitativos de vivienda y hacinamiento, o menor acceso a la información.

En nuestro país en particular, otro segmento también excluido es el de los jubilados y pensionados que, aunque cuenten con acceso, presenta un uso casi nulo de los servicios financieros. Tanto es así que el Banco Central terminó impulsando a los bancos a reabrir en medio de la cuarentena para que los jubilados y receptores de ayuda estatal, especialmente los que nunca retiraron su tarjeta de débito, puedan cobrar sus haberes. El resultado: filas de cuadras de jubilados y beneficiarios de AUH en los bancos para cobrar en efectivo.

En el contexto en dónde la pandemia del COVID-19 incita a acelerar el cambio hacia los pagos digitales, tanto la banca tradicional como las nuevas empresas de tecnologías financieras (Fintech) cobran un rol fundamental. Las principales instituciones en Argentina han tomado cartas en el asunto, no sólo mediante donaciones, postergación en la cobranza de créditos, reducción de tasas de interés, descuentos en farmacias, promoción de billeteras virtuales o incremento en la emisión de tarjetas prepagas. Además, en este contexto de emergencia, el Banco Central impuso medidas de congelamientos y el Ejecutivo recibió propuestas por parte de las fintech para ayudarlas a desarrollarse.

Aunque la inclusión financiera digital avanzará, muy probablemente estas iniciativas no serán suficientes. En estos días quedó reflejada la falta de entendimiento multidimensional del proceso de inclusión financiera, en dónde los factores de la demanda (comportamiento, actitudes, conocimiento, confianza, capacidades de usabilidad, educación financiera, entre otros) son tan relevantes como aquellos de la oferta (costos y diseño de productos). En Argentina se postergó hacer una inclusión financiera real de poblaciones vulnerables y adultos mayores al ignorar factores de la demanda, y ahora su vida corre riesgo por causa de ello.

Sin duda la sociedad que nos espera después del aislamiento será una con nuevos hábitos digitales, pero ojalá también sea una más reflexiva en tanto a los errores del pasado. La inclusión financiera tradicional, o la nueva inclusión financiera digital, sólo será efectiva con una política de largo plazo que contemple sus aristas multidimensionales y específicas para cada segmento poblacional.

*Economista, docente e investigador (UBA y UCA).


Industria 4.0

Por Paula Garnero **

Teletrabajo. Plataformas de comercio electrónico. Expansión de medios de pagos digitales. Manufactura distribuida. Producción de bienes y servicios digitales. Son parte del legado que nos dejará, entre tantas muertes y tsunamis económicos y financieros, el azote del COVID-19.

La pandemia, por supuesto, tomó al mundo entero de sorpresa. Y, en terreno laboral, a algunas empresas mejor posicionadas que otras para enfrentar lo impensado. ¿Estuvieron las compañías que ya habían comenzado su transformación tecnológica, mejor preparadas que el resto para la era del COVID-19? ¿Esto es garantía de supervivencia? ¿Es momento, ante la urgencia, de acelerar la transformación tecnológica?

En la Argentina, de acuerdo a un estudio del INTAL-BID, CIPPEC y la UIA, coordinado por la economista y politóloga del INTAL-BID, Ana Basco, solamente el 6 por ciento de las empresas posee tecnología 4.0. Este grupo corresponde a empresas grandes, multinacionales y que exporta al resto de América Latina. ¿Serán entonces solo ellas las que logren no sucumbir en esta nueva realidad?

En Industria 4.0. Fabricando el futuro , y junto a otros colegas del BID y la UIA, elaboramos un diagnóstico de la adaptación de las empresas de cara al futuro –y eso aún cuando no teníamos el escenario del COVID-19-. Ya hablábamos allí de un nuevo paradigma: la conexión en tiempo real de la máquina con el producto, y del producto con los trabajadores y consumidores; la descentralización en la toma de decisiones resultante de mayores niveles de automatización y digitalización. Modelos de negocios basados en el uso de los datos y centrados en el cliente, que desarrollan bienes y servicios personalizados e inteligentes, y en ocasiones, son capaces de generar información en tiempo real, o de constituir plataformas (Marketplace) donde se encuentran la oferta y la demanda. La consolidación de ventas por canales digitales, y la difusión de plataformas abiertas para la innovación son también tendencias de la época. Las empresas que avanzaron en este sentido, seguramente están mejor posicionadas para enfrentar la pandemia.

La revolución 4.0, previa a la crisis desatada por el COVID-19, ya generaba un impacto en las Cadenas Globales de Valor (CGV). La relocalización de las empresas a sus países de origen (reshoring) que priorizan la cercanía al cliente y adoptan formas alternativas de organización de la producción (manufactura distribuida/producción en red), y que se basan en las capacidades locales del ecosistema productivo. Justamente esta crisis está generando una ruptura contundente de estas cadenas por las dificultades en el comercio mundial. De alguna manera, ellas se adelantaron al virus.

Algunas de las empresas más avanzadas, ante la urgencia de la pandemia, han logrado en tiempo récord, producir bienes o servicios con estas nuevas tecnologías. Inteligencia Artificial para predecir contagios e identificar zonas “calientes”. Plataformas para trackear la movilidad de las personas. Chat bot para responder consultas médicas. Apps para mantenerse en buen estado físico, o para diagnosticar el estado de salud. Impresión 3D de máscaras y barbijos. Fabricación aditiva de válvulas, respiradores y ventiladores para hospitales. Drones para el delivery de productos. Vehículos autónomos para la desinfección de zonas de alto riesgo. La utilización masiva de plataformas de comunicación para teletrabajo y educación a distancia, representan también buenos ejemplos de cómo se acelera la digitalización ante la desesperación.

A pesar de que muchas empresas reaccionaron a la pandemia reorganizando su producción y ofreciendo alterativas novedosas, sus resultados están condicionados por una demanda que, con cuarentena mediante, ha caído dramáticamente. El final es incierto, pero no cabe duda de que, las que hayan adelantado el reloj y se hayan adoptado al futuro por venir, están mejor posicionadas para los embistes de una pandemia global. Lástima que, en la Argentina, el 94 por ciento de las empresas no forma parte de este tejido industrial. El desafío 4.0 hoy es más urgente que nunca. Lo que no nos mata, ya lo dice el refrán, nos hace más fuertes.

**Economista especialista en ciencia, tecnología e innovación.

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