SALIÓ
Incómoda comunidad
En Ruidos molestos, Cristian Godoy narra con acento pop desgracias modestas, convivencias que asfixian, dramas de monoambiente y la irritante presencia de los otros.
Imagen: Bruno Szister

En su tercer libro de cuentos, Cristian Godoy (Buenos Aires, 1983) expande el dominio de voces que ya había ensayado en Galletitas importadas y Santa Rita. El título del libro, Ruidos molestos (Editorial Conejos), designa cierta idea común en los relatos de Godoy: la presencia de los demás afecta sutilmente la conciencia de los personajes. Esa percepción lenta e insidiosa se vuelve, más que el peso de los acontecimientos, una pesadilla compartida con los lectores. Los narradores de los cuentos de Godoy (una maestra que a toda costa persistirá en llevar a cabo un acto escolar, un joven harto de los reclamos de su novio de clase baja o un chico que observa junto con amigos la coreografía macabra de una extranjera) se encuentran en plena pelea contra una creencia a la que, sin embargo, es difícil combatir: las comunidades asfixian. “Algo le decía que los chinos y los japoneses debían llevarse muy mal, que vivirían continuamente en pie de guerra, tal como les ocurre a todas las personas que se parecen demasiado y se empecinan en mantenerse cerca”, reflexiona Joaquín, el joven vendedor de ropa enamorado de un sesentón casado en “Negocios con japoneses”. 

Sin embargo, o quizás por un motivo paradójico que motoriza las ficciones, los personajes de Ruidos molestos parecen razonar que siempre es preferible que otro claudique o sucumba, si es posible sin dejar rastros de violencia, para que la comunidad sobreviva. Grupos de alumnos, parejas y familias bien constituidas se convierten en usinas de accidentes aéreos, éxodo de animales domésticos o maltrato de inocentes. También de improviso, como le sucede al protagonista de “Acapulco”, el tapizado de un mueble desgastado remonta del pasado una escena de abuso.

Godoy narra con un acento pop las desgracias de escala modesta que transcurren en barrios periféricos, edificios de departamentos o campamentos juveniles. Esa escala no le impide asomarse al suicidio, el envejecimiento o la idea de la muerte y sus horizontes. “Vio eso que algunos describen como una sombra, un humo que atraviesa, en un rapto, la mirada del otro”, se lee en “Viaje de estudio”, donde dos amigos dormirán juntos bajo la noche estrellada. 

Diez cuentos, entonces, como diez canciones de perfidia que le encantarían a Stephin Merritt, esconden bajo la fluidez del relato una amenaza que siempre había estado ahí. El cuento final, que da título al volumen, se puede leer como un homenaje del autor al Manuel Puig de The Buenos Aires Affair, donde la comedia se unía al crimen y la culpa al capricho.

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