Matar a un ruiseñor

Murió el Trinche Carlovich pero es una formalidad. Los valores y los sueños que él encarnaba, fueron arrasados hace mucho tiempo. Las víctimas de ese proceso brutal e impiadoso lo asesinaron por una bicicleta. Pero no hay verdugos, no hay asesinos. Esos pobres junkies de la miseria que lo hicieron, son escoria del sistema. Los verdugos están lejos o muy arriba.

El Código Penal servía, tenía sentido, cuando la vida humana tenía valor. Ahora es un decorado.

¿Cuánto vale una bicicleta usada?

¿Cuánto vale un faso, un gramo de talco?

¿Cuánto vale la vida humana?

El Trinche no tenía nada material. Nunca tuvo, porque era un alma pura y un hombre bueno. Era un artista. Un mago, una gloria viviente. Pero ya no quedan altares. El altar era la vida humana y el cielo es un decorado. Matar al Trinche es como matar a un ruiseñor o a un colibrí. Es como matar a un niño. No queda nada.

Para muchos de nosotros la infancia era la patria: hoy nos cortaron las piernas. 


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