Marcelo Nisinman
El bandoneón nómade
Viene a la Argentina para presentarse con la Camerata Argentina en el CCK: un ensamble que es una suerte de all stars del tango de la generación intermedia. Para muchos puede ser la oportunidad de conocer a Marcelo Nisinman, argentino radicado hace veinte años en Europa, bendecido por Piazzolla, tanguero relacionado tanto con la música académica como con la tradición.
(Imagen: Benjamin Wildmann)

“El jazz es el arte de combinar los horarios”. Hoy que la vida de muchos músicos exige el don de la ubicuidad allende las fronteras, la ingeniosa frase del guitarrista Horacio Malvicino está más vigente que nunca. Y obviamente puede hacerse extensiva a prácticamente todos los géneros musicales. Al tango, sin lugar a dudas. Artista de la música y los horarios, Marcelo Nisinman no tiene más remedio que responder las preguntas para esta nota en tres lugares diferentes. Empieza en su casa en Basilea –también vive algunos meses del año en París–, horas antes de tomar el avión que lo traerá nuevamente a la Argentina. Sigue desde su teléfono celular en uno de esos interines tan extraños llamados trasbordo –el “no lugar” en su máxima expresión– a los que nos somete la aeronáutica comercial. Y terminamos nuestra charla en un café  porteño, a metros de la Biblioteca Nacional. 

 Pronto, en el Centro Cultural Kirchner, Marcelo presentará  algunas de sus nuevas composiciones  y las del pianista Cristian Zárate. La idea es muy buena: uno “arregla” los temas del otro, en un cruce de funciones que requiere, amén de técnica e inventiva, un conocimiento personal bastante fino. “Nos conocemos desde chicos”, revela el bandoneonista, arreglador y compositor. “Crecimos en ese ambiente guiados por Osvaldo Berlingieri, Rubén Juárez, Julián Plaza y tantos más. Trabajábamos juntos todas las noches en los boliches de San Telmo. Lo mismo con Falasca, con el cual tocamos por muchos años con el negro Suárez Paz. Esa fue nuestra escuela y lo que tenemos en común. Después, a partir de ahí, cada uno salió con sus diversos proyectos, pero siempre teniendo un conocimiento muy profundo del tango, cosa que es una fortuna, ya que no todos los músicos de mi generación tuvieron esa oportunidad”.

 En esa primera persona del plural con la que Marcelo pondera a su  grupo de pertenencia está, además de Zárate, el resto de quienes integran la flamante Camerata Argentina: Pablo Agri (violín y dirección), Mariano Rey (clarinete y clarinete bajo) y el ya mencionado Daniel Falasca (contrabajo). En verdad, el ensamble es una suerte de all stars del tango de la generación intermedia. Todos ellos son protagonistas de la escena del tango actual, un paño diverso en el que cohabitan, no  siempre de modo amistoso, distintas concepciones de cómo debe ser abordado el tango en el siglo XXI.  Marcelo tiene ideas muy firmes al respecto, y está siempre listo para ponerlas en práctica. Cuando esta nota quede editada, él ya habrá tocado “Seis piezas para bandoneón y Banda Sinfónica”, “La cumparsita”, “Milonga triste” y “Las cuatro estaciones porteñas” con la Banda Sinfónica de Montevideo, en el Teatro Solís, y seguramente estará pensando en lo que hará con la Sinfónica de Río Negro a principios de abril.

El modo de conversación secuenciada que nos impuso la cargadísima agenda de Marcelo podría entenderse como una metáfora de su vida en movimiento. O, más interesante aún, como una metáfora de la mundialización del tango. Curiosamente, una música que con tanta insistencia ha rendido tributo a una identidad estable e idiosincrásica ha tenido, prácticamente desde sus comienzos, una trayectoria mundial. Local y mundano, nacional y global: así es el tango. El musicólogo Ramón Pelinski acuñó la expresión “tango nómade” para definir no tanto al género que sale de gira por el mundo para ganarse el puchero como al que un día partió para no regresar. Así se fueron generando otros tangos, a miles de kilómetros de Corrientes y Esmeralda. (Los tangos de Finlandia y de Italia son los casos testigo de la teoría del “nomadismo”, ya que han tenido un desarrollo relativamente autónomo). 

Radicado en Europa desde 1998, Nisinman ha sido protagonista de algunas de las producciones “nómades” más interesantes de estos últimos años, aunque en su caso la mira nunca dejó de estar puesta en Buenos Aires. Obviamente no es el único músico argentino del género con historial europeo: lo precedieron Juan José Mossalini y Gustavo Beytelman, entre los más destacados. Al igual que ellos, Nisinman no se conformó con ser el cónsul de tradiciones argentinas en el exterior. Buscó, en cambio, tocar y componer una lengua viva, de raíz popular y al mismo tiempo de un desarrollo musical complejo. A juzgar por su propia obra, esa lengua está lejos de desaparecer. ¿Hasta dónde puede expandirse el tango en manos europeas sin dejar de ser tango? Esa parece ser la gran pregunta que guía las búsquedas artísticas de un músico todavía algo secreto para muchos argentinos. “En Europa pude aprender, de a poco, otro lenguaje”, explica Marcelo. “Aparte de estudiar muchos años, una vez que fui encontrando mi manera, mi lenguaje, me sentí obligado a re-interpretar y mejorar mis ideas para que los músicos con los que toco en Europa puedan comprenderla de la mejor forma posible. Fue un trabajo de años. Hay cosas que se pueden escribir,  otras no. Otras no existen en Europa. Existen en Buenos Aires”.

 Cosas que sólo existen en Buenos Aires: el tema de los arcanos de las músicas populares no ha perdido actualidad. ¿Cuáles son, donde están esos secretos? Tal vez una manera de hacer el marcato o el arrastre, la intención de un fraseo, la duración justa de ciertas pausas… En fin, ese cúmulo de experiencias que nuestros padres y abuelos solían explicar con una imagen somática: el tango como una respiración particular, como si dijéramos el pulso de una ciudad. Pero Nisinman no se deja atrapar por las predeterminaciones. Es posible que el duende del tango no se haya mudado nunca de Buenos Aires, pero estamos hablando de una música de propósito artístico. Por lo tanto, su camino de acceso está jalonado por un conjunto de saberes que se estudian y se transmiten. “Lo que encontré en Europa fue el espacio para el arte, más allá de todo… No hay que olvidar que el tango es arte también, es música, y pienso que lo que escribo fue tomado de esa manera, sin tanto prejuicio ni fanatismo. La producción tanguera fuera de Buenos Aires depende mucho de quién la interprete, si es músico de tango o no. La geografía quizás no tenga tanto que ver en esto, pero sí la experiencia del conocimiento del tango y de la música en general. Por otra parte, hay algo en el tango ligado directamente a la gran ciudad. No estoy seguro si lo que se sale de esta ligadura tan fuerte se pueda  considerar un subgénero. De hecho, en Europa hay un montón de obras inspiradas en el tango que son hermosas y geniales. Por nombrarte algo velozmente: el tango de Stravinsky. ¿Es eso tango? Bueno, es el tango de Stravinsky.”

BENDECIDO POR ASTOR

Marcelo nació en Buenos Aires en 1970. Creció en un hogar definitivamente tanguero. Su padre, Tito, llegó a conocer a muchos de sus principales intérpretes y más de una vez prestó su casa para algún ensayo o concierto informal.  Su madre, Esther Echenbaum, es co-autora con Jorge Dimov  de las muy documentadas biografías de Julio Sosa y Leopoldo Federico. Su hermana, Karina, es agente de prensa de algunos de los músicos argentinos más talentosos de la actualidad. Más allá de lo heredado, queda claro que Marcelo no confió del todo en el aprendizaje por ósmosis o empatía supra generacional, y emprendió una carrera de estudio bastante impresionante. Tomó clases de bandoneón con los virtuosos Abelardo Alfonsín, Marcos Madrigal y Julio Pane.  De armonía y composición, con Guillermo Graetzer, y de contrapunto con Daniel Montes. Recién mudado a Europa, estudió orquestación con José Luis Campana en París y terminó sus estudios de Composición con Detlev Müller Siemens, en Basilea. Indudablemente, formación no le falta. 

 Como en el relato de vida de todo artista, en el de Marcelo hay un pasaje de epifanía. Fue la vez que Piazzolla lo escuchó abrir y cerrar el bandoneón, aún un poco grande entre sus manos adolescentes, e ipso facto dictaminó que el hijo de Tito y Esther sería su sucesor. Más allá de cierta teatralidad a la que  Astor era propenso, el autor de “Fuga y misterio” quedó realmente encantado con el muchacho. Esta pequeña historia revela no sólo la precocidad de una pasión por el tango sino también la notable facilidad de Marcelo para aprender a tocar un instrumento difícil como pocos, si acaso como alguno. Recuerda Marcelo: “Antes que otra cosa, para mí Piazzolla  fue una guía artística, y en cierto modo también un padrino del bandoneón. En rigor, no fue nunca mi maestro, esto es probablemente una de las pocas cosas en las que coincido con su viuda. Era muy natural todo, en el sentido de lo que puede ser una relación entre un adolescente y una persona ya madura. Su orientación fue importante para mí.”

Tu identificación con Piazzolla en cuanto referente de la modernidad musical te orientó hacia un terreno que podríamos considerar de vanguardia. ¿Te sentís un poco solo en ese lugar, habida cuenta de la tendencia historicista que predomina en las nuevas camadas de músicos de tango?

–Me puedo sentir solo, pero no por lo que me sugerís. Yo creo que, en cierta forma, todos los artistas en algún momento llegamos a un estado de soledad constante. Es necesaria esa soledad, ya que cada artista y cada compositor son distintos, y esto de por sí, implica la soledad. Cuando era más joven quizás intentaba inocentemente expandir el tango. Ahora me interesa escribir cada vez mejor, componer mejor, signifique esto una expansión del género, o no. Por otra parte, creo que está bien que exista un poco de todo: ensambles historicistas, ensambles modernos, no se… todo. Pero que esté bien hecho. Cada cual toma el lugar que busca, que le gusta o que puede. No se puede cambiar nada sin conocerlo. Tampoco se puede conservar nada sin conocerlo. Sería como dejar la obra de Astor en manos de gente ignorante del sentido de su obra. Sucede a menudo.

LO QUE VENDRÁ

 Hija de un tiempo menos prejuicioso que aquel que les tocó en suerte a Piazzolla, Salgán ó Rovira, la música de Nisinman contempla varias posibilidades o dimensiones al mismo tiempo. Uno de sus tour de forcé fue tocar y grabar María de Buenos Aires, la ópera-tango en dos partes de Piazzolla y Ferrer. Contra la idea bastante extendida de que la música de Piazzolla no se deja interpretar de modo satisfactorio, Marcelo redobló la apuesta y directamente escribió un arreglo que, en cierto modo, significó una reescritura. El dato curioso es que salió bien. Muy bien: busquen el disco y compruébenlo. Asimismo, su vanguardismo no colisiona con su amor por el tango histórico. Sus versiones de “La Cumparsita” (“la más extraña que he oído jamás”, declaró el violinista Fernando Suárez Paz), “Ojos negros” o “La cachila” pueden evolucionar de una lectura textual –si acaso esto es posible en los géneros de música popular– a un enfoque disruptivo, tanto en el lenguaje como en la sonoridad. 

 En sus primeros trabajos europeos con el  ensamble danés Tango Orkestret, así como en sus recurrentes grabaciones de bandoneón solo, ya se observaba un apego al repertorio más antiguo del género desde la concepción moderna, como si la reunión de un pasado lejano con el presente incierto ofreciera una respuesta no exenta de paradoja a los dilemas del tango en el mundo contemporáneo. En otros casos, las participaciones en proyectos “sinfónicos” (Arpeggione Chamber Orchestra, Orchestre National des Pays de La Loire dirigida por John Axelrod y la Orquesta Filarmónica de Belgrado) o jazzísticos (WRD Big Band, con dirección del notable Vince Mendoza) convirtieron al tango en un factor de inspiración para desarrollos más próximos a la música contemporánea de concierto. En ese sentido, su pieza “Dark Blue Tango”, estrenada en Buenos Aires en 2012 por la Sinfónica Nacional conducida por Facundo Agudin, sintetiza los variados intereses de Nisinman, siempre bajo el signo del tango.

Tu relación con la música académica es bastante clara. Incluso has trabajado con Martha Argerich, Filipe Pinto-Ribeiro, Gidon Kremer, Daniel Rowland y un sinnúmero de conjuntos de cámara y orquestas sinfónicas. En varios casos, haciendo música de Piazzolla, que para los europeos es un punto de encuentro perfecto entre lo popular y lo clásico y para vos un gran desafío interpretativo y de arreglo. Pero en cuanto a la improvisación jazzística, ¿crees que puede ser un camino para el tango de hoy?

–Siempre habrá espacio para la improvisación, para la ornamentación… depende del contexto, de los músicos. Yo no improviso con el lenguaje tradicional del jazz, no lo conozco. Me gusta, pero lo poco que improviso, lo hago a mi manera y con un lenguaje que está relacionado íntimamente con el tango. Es esto lo que pude aportar trabajando con la WDR Big Band, junto a Gary Burton y Paquito D’Rivera y también con Vince Mendoza.

 Es verdad, Marcelo no improvisa a la manera de un músico de jazz. Viaja siempre con muchas partituras a cuestas. Puede tocar en cualquier lugar, con los músicos más disímiles, pero su talismán es la música escrita. Aun así, podría decirse que comparte con el gremio de los jazzmen el oficio de los acompañamientos más imprevisibles. Su bandoneón se ha codeado con todo el mundo, desde Ute Lemper a  Gerard Depardieu. Finalmente, a todos les gusta tener un buen bandoneonista cerca. Pero, ¿cuán cerca está el tango de la gente? La charla en el café transcurre con un suave pop de fondo, funcional para un sitio al que gente joven concurre para conversar bajito y leer en soledad mientras gira la cuchara (de madera) del café. “Es difícil imaginar que aquí pongan un tango”, observa Marcelo. “Lo mismo sucede en Francia con la chanson. Todos hablan de ella, pero se difunde poco.” Tal vez sea el timbre de añeja originalidad del tango lo que sigue fascinando a Nisinman. Y a unos cuantos más. u

Marcelo Nisinman se presenta junto a la Camerata Argentina el 26 de marzo a las 20, en la Sala Sinfónica del Centro Cultural Kirchner, Sarmiento 151.