Carta a Florence Nightingale

Todo lo que usted siempre quiso saber sobre la enfermería y no se atrevió a preguntar

Rosario, al día doce del mes de mayo, del año de la pandemia del virus coronado

Querida Florence:

¡Feliz aniversario de tu natalicio! 200 años ya, ¡Cuánto tiempo! Aunque tu cuerpo ha dejado de trabajar, el legado lo sigue haciendo desde hace 110 años, y lxs enfermerxs celebramos en honor a tu nacimiento, nuestro día ¿estabas al tanto de todo esto? ¿Te escribió alguien antes que yo? Sí pudieras echarnos una mirada, ¿qué opinarías de nuestra profesión?

Antes de proseguir debo compartirte una confesión: lo nuestro no arrancó bien, mi querida Florence. Me contaron de vos (¿te puedo tutear?) cuando empecé a estudiar enfermería. Me mostraron una imagen que versaba “la dama de la lámpara”, como te habían bautizado en los diarios; en la misma, estabas sosteniendo un candil similar al de Aladino (que se convirtió en el emblema de nuestra profesión), se detallaba que era para captar tu vocación de servicio, ya que en plena guerra durante la noche visitabas sin tregua a “los enfermos”. Mi primera impresión fue que estaba contemplando la estampita, de algo así como una santa. Decían que te habías adentrado en el cuidado por un llamado divino, yo en ese entonces me estaba emancipando de mi religión, y, verás, se me activo una suerte de distancia. Me costaba ese discurso de vocación sostenido en el altruismo (procuro el bien ajeno aún a costa del propio) que tanto mal nos hizo (hace) para reconocernos como trabajadorxs. Más abajo, en el texto que nos compartieron, decía que eras la primera en desarrollar la teoría moderna sobre la profesión, eso me sedujo. Narraban que habías creado la primera escuela laica de enfermería en el mundo, (¡eso me fascinó!), en Londres…ahí me surgieron prejuicios (que por suerte ya caducaron) por el tema de unas islas, notarás que yo te escribo desde Argentina. Pero en realidad vos naciste en Florencia, Italia (de ahí tu nombre). En la otra imagen, un retrato en blanco y negro, coincidiste con mi registro imaginativo del personaje principal de “Cumbres Borrascosas” de Emily Brontë, luego descubriría tu fascinación por “Shirley”, novela de una de sus hermanas. Mencionaban que de chica te apasionaba llevar un registro de las cosas, sentías fascinación por la lectura de temas generales, en particular las matemáticas, y de adulta te habías desarrollado como estadista y epidemióloga. Las matemáticas nunca fueron mi fuerte, sentí un enorme respeto. Experimenté también rechazo al ver que eras de una clase alta y “acomodada”, observé el enorme contraste de que quienes estábamos (y estamos) en el aula formándonos en el cuidado éramos (somos) más bien de clase media, media baja, y baja. Sigamos con algunos de tus méritos: accediste a lugares prestigiosos en los que aún no había lugar para las mujeres, inspiraste la creación de la Cruz Roja y hasta te dieron las llaves de una ciudad.

Después de esa clase la mayoría hizo bromas sobre vos. Aún hoy las escucho en mi trabajo. Cuando alguien hace lo que para el resto es más de lo que debe hacer, se escucha un “¿Qué querés ganarte el florence-nightingale-de-oro?” Sospecho, aunque el tiempo ha pasado, que te deben seguir enseñando así, en bronce, inerte.

Te pido disculpas si arranqué un poco altanera, no era mi intención ¿puedo reconocerte y criticarte sin que esas instancias sean excluyentes? Habrás visto que por ahí se cuelan unas “x” (podes pronunciarlas como una “e” en tu mente) es largo de explicar le dicen “lenguaje inclusivo”, créeme que vale la pena implementarlo, es un acto de justicia simbólica. No te asustes si por momentos hablo de mí en masculino y luego en femenino, no es que me confundo, soy así, otro día voy a escribirte sobre lo no binarix. Espero todo esto no te genere prejuicios que te impidan leerme. Vas a notar que por instantes nos menciono como cuidadorxs. No reniego de nuestra profesión, sí lo hago de nuestro nombre identitario, como habrás notado para mí el lenguaje no es un tema menor, y por eso habito nuevas formas de nombrarnos (pensarnos). Prefiero emanciparme de la categoría “enfermera” (derivabada del latín), en la que el prefijo “in” marca una negación, “firmus” significa “firme”, “infirmus” sería algo así como falto de solidez y salud, y el sufijo “era” marca referencia a un oficio: “persona que se dedica a la asistencia de los enfermos” (dice la Real Academia Española). Y anclar en un término que comprenda a la enfermedad pero no nos limite a (desde) ella, una palabra que conecte con la interacción humana, que enuncie nuestra labor, elijo entonces la palabra “cuidado” que proviene también del latín cogitātus: pensamiento.

Antes de seguir hablando de vos a través de mí, cual médium. Quiero contarte como estamos lxs cuidadorxs. ¿Te interesaría saberlo? Te pongo en preaviso que, si bien intentaré tener una mirada amplia, mi visión está permeada por el ámbito hospitalario. Cuando digo que trabajo en enfermería habitualmente me miran con cara de simpatía, como que da ternura la profesión. Surge una admiración por la ya mencionada vocación, y el sacrificio. Sigue escuchándose, no te asustes, un “¿no pensás seguir estudiando para ser médico?” (como si fuéramos profesionales incompletxs a medio hacer) o incluso en ocasiones alguien te pregunta: “¿para ser enfermerx hay que estudiar algo?” Tienen la imagen de que somos algo así como ayudantes (acéfalxs) de lxs médicxs, no saben que parte de nuestro trabajo puede depender de las indicaciones médicas pero también tenemos tareas autónomas, y podemos desarrollarnos en espacios independientes. Sí, estamos lejos de que la sociedad esté al tanto de la definición del Consejo Internacional de Enfermería: “La enfermería abarca los cuidados autónomos y en colaboración que se prestan a las personas de todas las edades, familias, grupos y comunidades, enfermas o sanas, en todos los contextos, e incluye la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad y los cuidados de lxs enfermxs, discapacitadxs y personas moribundas. Sus funciones son la defensa, el fomento de un entorno seguro, la investigación, la participación en las políticas de salud y en la gestión de lxs pacientes y los sistemas de salud, y la formación.” (como te imaginarás las “x” son mías).

Casi sin excepciones todo el mundo reconoce, o dice reconocer, que es un trabajo importantísimo (apoyándose la mano en el pecho para dar más énfasis). Sin embargo, en una sociedad que sostiene un mandato de salud, juventud (eterna), belleza (estereotipada y admirable), felicidad (24/7) y productividad, nadie quiere hacerlo; nadie quiere estar cerca de quienes están enfermxs, quienes tienen dificultades económicas, quienes sufren o están próximxs a la muerte. Cuando deben contratar nuestro trabajo porque tienen alguien cercanx atravesando alguna situación que requiera cuidados se quejan del costo económico que implica, y prefieren precarizarnos en la informalidad. 

Como es tanto lo que tengo para decirte, te prometo que esta carta continuará, sólo quería presentarme, contarte que no nos olvidamos de vos, y empezar esto que me gustaría fuera un diálogo sobre el cuidado.

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