Cigarros en Tablada

Imagen: Andres Macera

Esteban está terminando de repasar su primera clase de literatura norteamericana. Él no recordaba que Edgar Allan Poe se había escapado de la Escuela Militar de West Point, donde se le ocurrió enviarlo a su padre adoptivo, el millonario John Allan. Ahora recuerda que Arlt se escapó de la ESMA, a los 10 años y que los dos, Poe y Arlt, murieron a los 40 años. Recuerda que vivir mucho puede parecerse a una prisión domiciliaria, sobre todo si sucede en medio de una pandemia. Y de tanto recordar, recuerda que la anamnésis, esa forma gnoseológica de Platón, era la favorita de Borges, y que para Borges, escribir era una forma del recuerdo aunque no tan pura (recuerda) como nos enseñó Saer.

Esteban recuerda una escena de la película Cigarros en que Auggie (Harvey Keitel), barre la vereda de Brooklyn junto a un paisano con cierto retraso mental que lo asiste, y Rashid (el pobre pibe negro que no deja de meterse en problemas). Tres hombres mínimos en la capital del imperio barriendo la vereda. Esteban piensa que Tablada podría ser un Brooklyn pobre del sur. Del sur de Manhattan, del sur de Rosario. Y Rashid, podría ser el Chino, alguien que no es del lugar pero se refugia en una tarea humilde en un local de alimentos en la periferia. En la escena, Esteban (el narrador), debería ser Paul Benjamin (William Hurt), sin embargo, lo que sucede ahora no es del estilo de Poe sino más bien de Walt Whitman. Algo más vital, fresco, cotidiano, con lengua franca, la clase de percepción que no está en los libros sino más bien en el aire, en el asfalto, en el habla de la gente común. Impulso. Impulso. Carpe diem.

Exterior día, calle Ayolas, un Pol Benja (se dice en el slang de Tablada si el escritor además de barrer, es del barrio), está barriendo la pelusa roja de su árbol callistemo, o como diría Whitman, destapa tubos, de la vereda. Tiene una escoba de paja antigua. Enfrente, el Chino barre la vereda del súper con un escobillón plástico. De pronto llega Roberto, el jardinero del barrio que trabaja en Parques y Paseos y completa su magro salario atendiendo casi todos los jardines de Tablada. Esta tarde va a trabajar en el de Esteban, y Roberto le dice que él, Esteban, es el Poloster de Ayolas, pero que necesita (exige), una escoba de pajas largas para rastrillar el césped. El jardinero usa una expresión artificial, más acorde a Poe, y dice: el viento y la lluvia de ayer ensuciaron todo el pasto. ¿Cómo podría el viento ensuciar el pasto?, se preguntaría Whitman, y recordaría que Poe se educó en Inglaterra y escribía un poco afectado como Walter Scott, y nunca supo tomar el 115 o el tren que lleva de Manhattan a Brooklyn. Poe sería, imagina Esteban, como Borges, de los que piensan que Tablada queda más allá de Pompeya y la inundación, un lugar donde no hay vereda de enfrente, donde quedan malones narcos y gente tiznada por la grasa de peya. Gente sin barbijo, ni guantes blancos y con mucho alcohol encima pero no en gel. La literatura hizo su síntesis, pero la vida, todavía no.

Hay que comprar una escoba nueva, pide Roberto. Entonces cruzan al chino. Poloster lleva su escoba en ristre y los recibe el Chino en la vereda con su escobillón plástico made in. Roberto sale del local con su escoba nueva de paja larga y de pronto están los tres en la vereda comparando sus escobas, su solidez o su astucia, un lenguaje de ritmo que va quitando del piso la hojarasca inútil, esa pompa sobrante que Whitman le quitó al poema en “Hojas de Hierba”.

Entonces, Esteban, el Poloster de Ayolas, vuelve a su clase y recuerda que barrio (sustantivo) tiene la misma raíz que barrer (verbo). El arrabal (de lo que sea), tiene que barrer toda la basura que arroja el centro (de lo que sea). El barrio es lo que queda después de barrer el artificio del árbol o del lenguaje. Y recordando la escena en la esquina de Brooklyn, se repite la escena en Tablada, tres hombres comunes, un chino, un jardinero y un escritor, barren una vereda, sonríen, pitan un faso y se convidan una lata de cerveza.

Antes del fade final, hay una cámara subjetiva que parte del ojo del jardinero hacia el extremo de la escoba. El gesto satisfecho del hombre rudo, del campesino, parece encontrar la simetría justa entre el largo de la mano y la hoja de hierba.

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