Jardín de noche

Muy temprano apareció una idea, y esa se transformó en un sueño, en una idea con la cual jugar un rato, quizás un deseo recurrente cercano a una obsesión: ser negra. Pero no cualquier negra, sino una con ritmo y sol, “una negra brasilera”. Creo que fue temprano, cerca de los cinco años, porque recuerdo esa idea, y el rincón de mi cama frente al espejo, el color de las paredes de ese tiempo. Pero me toco nacer en un pueblo piamontés de la provincia de Santa Fe, y para mi mala suerte ser rubia y de ojos celestes, blanca… completamente blanca. A veces en verano y con ayuda del sol me vuelvo dorada, nunca negra. Ni si quiera un rulo parecido a la mota de los negros… mi pelo aburrido de rubia gringa, mezcla de italianos y yugoslavos.

En ese tiempo, mediados de los años 80, para cada carnaval llegaba al pueblo una pequeña batería carioca. Marchaban tocando y bailando, un grupo de negros, alternando entre las carrosas, mascaritas, y la comparsa del pueblo. A falta de corsódromo, estaba la plaza, un sector donde históricamente se congregaba la gente, cada fiesta de carnaval. Quizás mi idea surgió ahí, sintiendo el poder de esa música vibrando en mi panza. Eso era tan poderoso que durante esos momentos no había nada más.

El primer indicio de mutación, se dio diez años después, como si se cumpliera una especie de ciclo, como un designo, este, no estaba rasgado en una lata vieja. En el medio de la pista, bien al lado del escenario, entre los negros, porque la pibada blanca no baila al lado del escenario, menos yo. Seguíamos el orden que imponía la ronda, en los bailes populares, la ronda tiene una regla interna, se mueve contraria al sentido de las agujas del reloj, no sé porqué pero es así. Tocaban Los Palmeras (que, como no eran tan famosos tocaban durante dos horas: “La suavecita”, “La chola”, “La chica de rojo”, “Por primera vez”, mi preferida) y con mi compañero de baile ensayábamos giros y contra giros siguiendo los tres tiempos de la cumbia; se acercó María que limpiaba la casa de mis viejos y me dijo “ay Nati vos sos negra de alma”. Y fue algo maravilloso, otro se hubiera ofendido, pero yo sentí que estaba muy cerca de mi transformación.

Desear ser negra en estas tierras es un deseo muy peligroso, cada vez que lo decía sonaba como una injuria a mi color, de supuesto signo de superioridad. En estas tierras nadie quiere ser negro. Nadie menos yo. Conservé en secreto ese deseo oscuro, cada año me ponía mi traje de lentejuelas y el espaldar de plumas, y durante dos horas realizaba mi deseo de ser negra. Dominaba la danza al ritmo del samba y el frevo… como si ya los hubiera bailado, como si Río vibrará en mí de una forma extraña, como si mi sangre ya fuera negra y mi piel aún no se hubiera enterado.

El siguiente estado de mutación llegó muchos años después, viajé finalmente a la cuna del ritmo, primero Isla Grande y después Río, con mi amiga Verónica, de familia blanca, aunque a ella le tocó ser negra, nació con suerte. Estábamos en la plaza de la isla, entre la iglesia y el mar, un escenario. Era la fiesta de San Sebastián, todo el pueblo se congregó para los festejos, los turistas se quedaron en los bares, menos nosotras. Nos mezclamos con la gente del lugar, una banda empezó a sonar: un señor tocaba una especie de acordeón, otro un triángulo (ese instrumento que te dan en la escuela y sentís que era lo mismo que te den eso o el toc toc, acá cobraba sentido y su sonido lo transformaba todo), otro, la batería. Empezó a sonar algo que nunca había escuchado, eran como unos Palmeras brasileros. Suena una canción que las dos conocemos por Marisa Monte, “Xote das meninas”. La gente bailaba en parejas muy apretados, algo que parecía una danza de mariposas, algunos fundían sus cuerpos y se movían de una manera suave y ligera, eso era como volar. Intentamos copiar, intentamos fundir nuestros cuerpos de mujeres, y unos isleños se acercaron, nos invitaron a bailar. “Ela so quer, so quer se namorar” cantaban los señores vestidos de blanco.

André, un cultivador de flores, apenas más alto que yo, solo unos centímetros… lo cual era poco, pero justo e indicado para mi cuerpo y esta danza. Negro, de una negrura dorada y radiante, su piel aterciopelada y suave, cuando sonreiaa sus dientes eran tan blancos que parecían ser parte del cielo, de ese cielo que venía detrás de él, uniéndose con el mar… Más acá la playa, algunos faroles con velas, y sobre nosotros los focos de colores de la plaza, con los banderines cruzando de lado a lado. Me explicó que debía pegarme a él y sentir el movimiento. Y me fui a vivir a su cuerpo, apoyé mi cara contra la suya, y sentí su perfume fresco. Todo mi cuerpo se unió al suyo, sentí su calor y también el mío. Podía enamorarme, y ese amor durar toda la noche, y la noche tener dentro de ella todos los tiempos y todos los mundos; si me invitaba a ir con él le decía que sí. Me invitó, yo me imaginé tirada en la arena con el señor de las flores y con toda la noche. Tuve una imagen mientras danzaba o levitaba, vi mis pies sobre los adoquines, vi mis pies negros, con la piel un poco curtida y las uñas pintadas de rojo. Casi le digo que sí, pero Vero me recordó que éramos turistas e irme por ahí era peligroso.

Prometió un próximo encuentro, en una especie de boliche local. Allá fuimos las dos, ya un poco entusiasmadas con el “forró” y la caipirinha. Era una calle poco transitada, oscura, ningún turista, solamente nosotras dos y se nos notaba, nos abrazamos borrachas, hablamos de nuestra amistad, casi lloramos de la emoción. Entramos al boliche en donde solo se danzaba “forró”, el negro más lindo era el barman, los demás concurrentes, los maleteros de la isla, y muchos de la posada en donde nos hospedábamos. Bailamos con todos, pero no era lo mismo. Los maleteros no sabían de romanticismo ni de flores. Mientras bailaba con una especie de umpa lumpa isleño, sentí sobre mi pierna toda su calentura, y en lugar de incomodarme me dio risa. Nos acodamos a la barra, y nos reímos de las pijas duras de los maleteros, como si fuera un secreto, como si fuera algo inconfesable, nos lo dijimos al oído. Contando siempre las monedas, tomamos algo más sólo para “falar” con el barman… cruzamos algunos chistes y sonrisas, y nos imaginamos un forró con esa especie de escultura en ébano que tiraba tragos y se reía con nosotras de los umpa lumpas. Yo esperaba que llegara, pero no llegó, no lo vi más en todo el viaje, solo sé que trabajaba cultivando flores en Paratí.

La mañana siguiente, en el desayuno, se acercó uno de los maleteros y me dijo “voce ¿lembra o no lembra de mim?”. Hubiera querido decirle que solo “lembraba” al señor de las flores, solo “lembraba” su perfume, la suavidad de su piel y su cuerpo en movimiento, ese cuerpo que sabía hacer volar al mío. Callé pensando en esa negrura, en todo lo que dura un instante. Recordé unas flores que cultiva mi abuela, unas que provienen del desierto. Cada final de verano, ella cuenta los pimpollos de una flor que solo florece de noche. Cada año me invita a verla florecer y cuenta que alguien alguna vez le dijo, que el desierto es un jardín de noche.

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