Convivencia

Y volvieron las mujeres a comprar las harinas para amasar los panes. Y sentimos el calorcito del horno en las cocinas mientras horneábamos tortas y pizzas caseras y volvimos a hacer los tallarines caseros con la receta de la abuela.

Y volvimos a aprender a mirarnos a los ojos, a pesar de los barbijos y a entender, que no todo lo virtual suplanta a la realidad fáctica y verídica con la que nos topamos todos los días.

Que la piel es necesaria, para construirnos y re-construirnos y los abrazos imprescindibles a la hora de calmar el dolor de la existencia.

Que el tiempo tiene otra dimensión más allá de lo laboral y las obligaciones con que hay que cumplir. Que hay un tiempo de disfrute con los otros, nuestros seres más queridos y que hay un tiempo de disfrute y de paz para con uno mismo.

Que ninguna máquina ni pantalla reemplaza al otro, por más virtual que sea, a pesar de que se lo vea y que se lo escuche, nada lo reemplaza en el vínculo real…

Aprendimos que lo amoroso se construye entre dos, siempre, sin pantallas que medien en el encuentro…

Que la Humanidad sobrevivió a muchas plagas y pestes y pandemias y que en cada una muchos murieron. Que este virus llegó para quedarse y que tendremos que habituarnos a convivir con él, sea como sea.

Que aprendimos a ser más cuidadosos y distintos después de cada peste y que estamos condenados a morirnos desde el mismo día en que nacemos.

Saber cuándo y cómo moriremos es tan sólo un privilegio de los dioses.

Y entendimos que nuestras formas de vida estaban equivocadas, porque el otro no era nadie, ni siquiera un semejante, porque a nuestros seres queridos los estábamos ignorando, porque valorábamos mucho más lo material que lo afectivo, en todos los aspectos y en todos los sentidos…

Y desandamos caminos ya andados y nos volvimos a replantear si una revolución era posible y si era posible aniquilar al capitalismo en todas sus formas para volver a reconstruir una sociedad más equitativa y justa, más solidaria, con menos violencia económica hacia las mayorías y en desmedro de los privilegios eternos con los que gozan las minorías de siempre, que, muchas veces, no detentan el poder político pero lo suplantan con el económico y pueden sostenerse, siempre, a como sea.

Que por más que murió la gemela de Chiquita, Chiquita sigue en pie, julepeada pero sigue, incólume como el Obelisco y la Plaza de Mayo.

Que este país estuvo en crisis desde siempre, desde que nací y desde que me acuerdo y desde que tengo memoria. Que cada crisis nos volvió más fuertes, más justos, más memoriosos, menos egoístas y menos violentos, con más capacidad de organización y de lucha comunitaria, en los pequeños barrios, en las pequeñas comunidades, en donde el otro es el otro y nos conocemos por portadores de cara.

Que el orden socioeconómico del mundo, en general, está equivocado, que el desorden originario fue tratar de dominar la naturaleza a través de la tecnología con la mediación de los grandes capitales. Y que eso mismo es lo que está destruyendo al mundo. Lo que nos está destruyendo calamitosamente.

Que es como dijo el jefe indio Seatle de la tribu suwamish (pieles rojas del Noroeste de Estados Unidos) en una carta al presidente Franklin Pierce en 1855: “Sólo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenado y el último pez atrapado, el hombre blanco se dará cuenta de que no puede comerse el dinero”.

Quizá sea necesario que los humanos aprendamos de nuevo a apapacharnos (1) entre nosotros y a entender que nosotros le pertenecemos a la tierra y no que ella es de nuestra propiedad.

1- apapachar: en lengua náhuatl (Méjico) significa: acariciar con el alma, abrazar con el alma.

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