La máquina de hacer rosas

Con el calor, las rosas comenzaron a intensificar su perfume, aunque no sé, exactamente, si fue por el calor o por la brisa. También se extendía el color blanco, rutilaba, no se quedaba en el jardín, se filtraba desde el pequeño patio hasta la casa y llegaba al sótano.

La rosa blanca era la dragona metamorfoseada. Quién podría dudarlo. Entraba por las cañerías y salía por los orificios de los enchufes. Me hablaba. Decía que tenía una vagina mágica que siempre decía la verdad: vaginita, vaginita, ¿quién es la más honesta del reino? Y la vaginita, ah, ah, ah… Se desarrollaba en formación de pétalos mayores y menores que producía una sonrisa vertical.

Ningún sentido temía que yo tratara de desentenderme de ese concepto-rosa-blanca, rosa blanca que habla, porque, ya sabemos todos los seres hirvientes, que las rosas, las palabras y las vaginas gozan de vida propia y que nadie tiene el poder de impedirles que digan u oculten su verdad.

Las rosas del pequeño patio, que aceptan tan humildemente que los tomates empollen en el mismo rincón y que los malvones salpiquen de rojo sus verdes hojas, de pronto tenían el don de la palabra, estaban dotadas de habilidades que jamás los humanos quisieron compartir. Pero no concentré mi atención en la virtud de las dragonas travestidas en rosas, sino en el mensaje que proferían. En particular, escuché a la que tomaba la delantera, porque lo que venía detrás de ella era un murmullo privado, algo que no necesariamente debía llegar a mis oídos.

Esa voz, le era propia e impropia, como toda lengua, que nos pertenece pero viene de otros. Como la historia, que es nuestra pero la hicieron otros. Como el arte que es de ahora pero viene de siempre.

Por momentos pensaba que había sido un sueño. Es la salida más habitual en los relatos, pero no. Me di cuenta de que esa rosa siempre quiso hablarme y yo no la dejaba, sólo porque todo el mundo ha dicho que las rosas no hablan, no la creía capaz. Pero ella hizo lo imposible por llamarme la atención. Hasta que no tuvo más opción que meterse por las tuberías de la casa, salir por los respiraderos y hablarme.

La idea de la dragona era inseparable de la rosa. Hasta ese momento, sólo había tenido agallas cognitivas para aceptar que la dragona se convertía en mariposa. Bonita imagen poética, si se quiere, que podía incluso tomar la categoría de símbolo para que la teoría literaria haga su bla, bla, bla. Igualmente, debo convenir, que tampoco me interesó escucharla mientras era símbolo mariposa.

Yo pensaba que las mariposas y las rosas eran seres que andan por los jardines revoloteando y retozando a merced del aire y el sol, imprimiendo toda una serie de movimientos graciosos al rígido cantero y a los muros. Una actitud prejuiciosa. Lo admito. Presuntuosa, también, lo admito. Podría justificarme con mi formación lingüística y la mar en coche, pero no lo haré porque darme cuenta de mis errores a mí me produce una deliciosa sensación de libertad y, por sobre todo, me resulta afrodisíaco. El pensamiento es mi principal zona erógena. Y esta rosita serrana, persiguiéndome con sus pétalos de seda labial, empezaba a enloquecerme con el pavoneo de su vaginita mágica.

A lo mejor había bebido mucho (siempre es bueno llevarle tranquilidad a la gente tranquila) pero, lo cierto es que la rosa me perseguía, casi separada de todo soporte narrativo. Mi zona erógena se había aferrado a la continuidad del cuento de la vaginita mágica que los hermanos Grimm no hicieron tiempo a compilar.

Esa rosa escapada del jardín, secundada por otras tantas rosas que, aunque en ese momento no hablaban, me daban a entender que también tenían una vaginita mágica que decía la verdad, me hizo volver al patio. El jardín olía a sexo honesto. Pensaba en las mentiras piadosas de mi rosa. Se lo comenté a la flor dragona que dirigía la batuta, pensando que buscaba eso, una confesión para dejar de perseguirme. Aunque me gustaba que me acechara, pero a su vez no hubiera sabido qué excusa dar si alguien en la casa me escuchaba hablar con la rosa.

Volví al escritorio. Mientras escribía se mantuvieron en silencio, a mi lado. Apenas un pequeño murmullo, un cosquilleo me llegaba a los oídos para erogenar aún más el pensamiento.

Los dedos tenían la agilidad del estímulo. El primer título que tipearon fue “La máquina de hacer orgasmos”, obvio que no iba a resultar porque ya Bukowski había hecho su máquina de follar. Pero una cosa es follar y otra cosa es el orgasmo. Eso me dictaba la rosita serrana. Tan inocente y blanca cuando la compré en las sierras de Córdoba. Sigue siendo blanca e inocente (aquí afloró otro prejuicio. ¿El sexo no es inocente?).

El cuento no tenía nada que ver con los prejuicios sino con un una muchacha que se llamaba Rosa y tenía una vaginita mágica que siempre decía la verdad. Y por ello, a fuerza de ser tan honesta, no conseguía novio pero conseguía novia. Esa era la parte sexista y cruel del cuento. Luego, Rosa abrió una escuela y les enseñaba a los hombres de escasos recursos eróticos (era la parte social del cuento) a desarrollar sus habilidades amatorias para que no hubiera tantas mentiras piadosas guardadas entre las piernas. Bueno, el cuento era complejo porque las escuelas no alcanzaban para darles lugar a todos los hombres que no sabían hacerle decir la verdad a las vaginitas mágicas. Pero también se abrían universidades, y surgió el colectivo de los nardos, con pañuelos de color ambarino, que tenían una pixita mágica que siempre siempre decía la verdad. Y entonces también, tuve que escribir sobre la diferencia entre escupir la baba testicular y llegar al orgasmo. Todas las imágenes pornográficas, se volvían mantras. Un cuento increíble. Porque en la universidad, por supuesto, había clases teóricas y prácticas. Podría confesar que me costó mucho, como escritora, evitar que el cuento fuera un aquelarre. Igualmente, puedo confesar, como escritora, que también fue un aquelarre. Una felicidad. Porque los estudiantes y las rosas llegaban a cuestionar la verdad de las pixitas y de las vaginitas de las rosas. ¿Qué es la verdad? ¿El gozo o el orgasmo?

Aunque yo no las escuchara, ellas seguirían teniendo el don de la palabra y el prodigio de la verdad. Por momentos me guiaban la mano, por momentos, soltaban un perfume que me llenaba de agua la boca. Finalmente, cuando el cuento terminó, las dragonas de blancos pétalos se acomodaron serenamente en los floreros. Como si apenas fueran rosas, como si nunca en la vida hubieran podido hablar.

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