La historia del exsecretario de la Juventud Peronista y miembro de Montoneros 

La "vida clandestina" de Rodolfo Galimberti

Página/12 sigue con el repaso de la vida de quien ganó fama de joven como dirigente político y guerrillero y terminó sus días cerca del poder. Esta nota, la quinta de una serie de siete, recorre sus pasos entre el 1 de julio de 1974 y 24 de marzo de 1976.

En el verano de 1974 Rodolfo Galimberti empezó a transitar un nuevo camino ascendente dentro de Montoneros. Tenía, entonces, 26 años y se había mudado a la zona norte del Conurbano bonaerense, al partido de San Martín, para formar parte de la Columna Norte de la agrupación, después de haber empezado el camino orgánico desde cero en Rosario tras ser destituido por Juan Domingo Perón como delegado de la JP. Durante la Semana Santa de ese año, Galimberti fue incorporado al área de inteligencia de la Secretaría Militar de Montoneros. Mantenía rigurosos cuidados de seguridad; sabía que era considerado uno de los principales enemigos de los sectores peronistas ortodoxos.

La tensión dentro del movimiento que, hasta ese momento Perón lograba apenas contener, se desató diez días después de que el líder del justicialismo echara a los Montoneros de Plaza de Mayo durante el acto del día del trabajador de 1974 cuando el grupo paramilitar denominado Triple A cometió su primer asesinato. El día 11 de ese mes, el sacerdote Carlos Mugica cayó asesinado a manos de la organización que encabezaba el entonces ministro de Bienestar Social, José López Rega, el ex policía que había logrado posicionarse junto a Perón durante su exilio en Puerta de Hierro, a través de su esposa, María Estela Martínez de Perón, Isabel. El hecho ocurrió en la parroquia San Francisco Solano, ubicada en Zelada 4771, de Villa Luro, a manos de una banda dirigida por Rodolfo Eduardo Almirón, un sicario de López Rega. El padre Mugica recibió 14 balazos y murió en el acto.

La Triple A y la muerte de Perón

Paralelamente, la salud de Perón se deterioraba a un ritmo acelerado. En contra de las recomendaciones que le daban sus médicos, por esos días, viajó a Paraguay en donde iba a ser condecorado por haber devuelto al país vecino los trofeos de la Guerra de la Triple Alianza, en una reparación histórica sobre el accionar que había tenido el Estado argentino junto con Brasil y Uruguay, por directivas del imperio inglés a partir de 1864. Lo cierto es que a su vuelta Perón estaba muy engripado por haber participado del evento en un día frío y lluvioso. Una vez en el país, tampoco aceptó permanecer demasiado tiempo en reposo. El 12 de junio dio su último discurso en Plaza de Mayo. El 18 tuvo un pequeño infarto y una complicación pulmonar que lo dejó aún más vulnerable. 

En sus últimos días de vida, como detalló Norberto Galasso en su biografía de Perón, El General tuvo dos lineamientos: por un lado intentó una reconciliación con la juventud y por otro, horas antes de su muerte, le ordenó a su secretario Legal y Técnico, Gustavo Caraballo, que hiciera lo posible para que Ricardo Balbín, el líder de los radicales en ese momento, lo sucediera en el poder. López Rega se encargó de obturar esa posibilidad, y de convencer a Isabel de que no acatara la última orden política de Perón: hacer todo lo que le dijera Balbín. El primero de julio a las 13:15 murió en la Quinta de Olivos.

Tras ser incorporado al área de inteligencia de la Secretaría Militar de Montoneros Galimberti mantenía rigurosas medidas de seguridad porque sabía que era considerado uno de los principales enemigos de los sectores peronistas ortodoxos.

Galimberti se enteró de la muerte del líder de casualidad. Por esos días se encontraba en una quinta que pertenecía a la familia de Julieta Bullrich, hermana de Patricia y su novia de aquel entonces, entrenado para operativos que comenzaban a realizar los Montoneros y que consistían en secuestros para recaudar dinero.

Muerto Perón, las fuerzas reaccionarias del movimiento estaban desatadas. El 31 de julio la Triple A asesinó al abogado Rodolfo Ortega Peña, a quién Galimberti conocía desde las épocas de la Juventud Argentina para la Emancipación Nacional (JAEN).

El secuestro de los hermanos Born

En agosto de1974, Galimberti avanzó otro peldaño en la escala jerárquica de Montoneros, cuando fue designado por la Conducción como director de la publicación La causa peronista. Ante el nuevo escenario de violencia y persecución, en septiembre Montoneros pasó a la clandestinidad y luego a la resistencia activa. Ya en esa condición pusieron en práctica los secuestros extorsivos. Empezaron a buscar algún empresario que pudiera pagar un monto considerable por su libertad, y se definieron por Jorge Born, miembro de la familia y director general de la empresa Bunge y Born, la tercera más importante del continente. Galimberti participó del operativo que fue planeado y ensayado durante meses, y que implicó cortar la Avenida Libertador para que el auto de Born se desviara para luego interceptarlo y escapar con el empresario al sótano de una carpintería ubicada en la localidad de Carapachay, perteneciente al municipio de Vicente López, más exactamente en la calle Profesor Manuel García 5030/5050, entre Mariano Acha y Armenia. El lugar era propiedad de la Columna Norte y debajo de él se encontraba la denominada “Cárcel del Pueblo” conocida como “Piojo 1”. Pero durante el operativo surgió un imprevisto ya que se subió al Ford Falcon Deluxe de Jorge, su hermano Juan Born. Los Montoneros decidieron seguir con el operativo y secuestrar a ambos.

Galimberti tuvo un rol central en el secuestro, manejaba una de las camionetas que interceptó los autos en los que viajaban los Born y sus custodios. Como resultado del enfrentamiento Alberto Bosch, gerente de la empresa Molinos Río de la Plata y Juan Carlos Pérez, chofer del auto, murieron al instante. Una vez que llegaron a destino los militantes metieron a los empresarios en el sótano situado a 2,40 metros de profundidad en el que había dos celdas de tres metros de largo por dos y que los Montoneros habían preparado para que fueran acústicas con placas de telgopor. Los hermanos fueron encerrados en calabozos separados y no se vieron durante meses. Pocos días después los trasladaron a una segunda cárcel, Piojo 2, llamada La Pinturería, la cual María O’Donnell en su libro El Secuestro de los Born, sitúa primero en Villa Adelina, entre los partidos de San Isidro y Vicente López y después en Villa Ballester, más precisamente en Rivadavia 4832, jurisdicción de San Martín.

Galimberti formaba parte del grupo que se turnaba las guardias de 24 horas. Cuando le tocaba hacerlo se ponía de mal humor y para pasar el rato jugaba a las cartas y tomaba whisky con Jorge que tenía una actitud más abierta con los Montoneros que su hermano Juan, que rara vez salía de su celda y no quería hablar con nadie. Fue justamente el deterioro de las condiciones físicas y mentales de Juan lo que aceleró las negociaciones con la familia de los empresarios. 

Mientras hacía guardia donde Montoneros mantenían secuestrados a los Born, Galimberti jugaba a las cartas y tomaba whisky con Jorge, de quien luego fue socio comercial.

Al principio los Montoneros pidieron la suma de 100 millones de dólares para liberarlos. Jorge Born II, padre de los secuestrados, ofreció pagar 10 millones de dólares por sus hijos y ante la negativa de los secuestradores, Jorge hijo, logró un acuerdo por 30 millones para la liberación de Juan que, al día siguiente del acuerdo, fue liberado. A fines de marzo, Lo encapucharon, subieron a un auto y lo abandonaron en la estación La Lucila, donde lo pasó a buscar un ejecutivo de Bunge & Born. Luego, Juan se subió un avión y partió a Uruguay y de allí a Brasil. A Jorge lo liberaron el 2 de mayo.

La plata del secuestro era muchísima, cerca de 60 millones de dólares, lo máximo que se había obtenido en la historia mediante un secuestro. Gran parte del botín se entregó en Buenos Aires y otro tanto en Suiza. El grueso fue enviado a Cuba en valijas diplomáticas. Dieciséis de los cerca de 60 millones fueron entregados a David Graiver, a quien le decían “Dudi” y era un banquero cercano a la organización que tenía la tarea de blanquear el dinero en el mercado internacional. El 9,5 % anual de los intereses sirvieron para financiar las operaciones militares de Montoneros pero lo que fue entregado al gobierno cubano de Fidel Castro, nunca lo recuperaron. Muchos años después, pasada la dictadura, Galimberti y Jorge Born fueron socios comerciales.

Las diferencias con la conducción de Montoneros

Luego del secuestro de los Born, la Columna Norte empezó a manifestar diferencias con la conducción de Montoneros y a la cabeza de esos reclamos estaba el Loco Galimba. La jefa de la Columna Norte y responsable de Galimberti era Amalia D’Ippolito, una de las mujeres que, junto a Norma Arrostito, llegaría a los cargos más altos dentro de la organización. La actitud de Galimberti la irritaba pero era la enviada de la conducción para lidiar con El Loco y mantener la Columna alineada orgánicamente.

Galimberti se esforzaba por romper las estructuras y ridiculizar a la conducción constantemente entre sus compañeros. Empezó a liderar una banda que operaba sin autorización de sus superiores. Un ejemplo de esto fue el secuestro a la hija de 24 años de un ejecutivo extranjero de una empresa multinacional que, según Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, biógrafos de Galimberti, tuvieron tres días encerrada en un armario. Con el rescate obtenido, la banda de Rodolfo compró armas que nunca fueron declaradas ante la conducción y pagó a cuadros propios que estaban en la clandestinidad. 

Las diferencias entre la conducción y la Columna Norte cada vez eran más extremas, y un grupo grande de militantes comenzó a apoyar a Galimberti, en parte por coincidir con sus reclamos y en parte porque, a diferencia de las cúpulas, El Loco sí ponía el cuerpo durante los operativos armados. En ese marco se realizó un Congreso Nacional Montonero, en donde se pusieron en discusión las formas de organización del movimiento. La Columna Norte reclamaba mayor independencia económica y de acción, pero la postura de las cúpulas fue intransigente, reconocer los reclamos era para ellos una derrota política y una pérdida de poder que no estaban dispuestos a conceder.

Desde la Columna Norte de Montoneros Galimberti se esforzaba por romper las estructuras y ridiculizar a la conducción constantemente entre sus compañeros.

En marzo de 1975 a la crisis de violencia que se vivía en el país se le sumó la profundización de la recesión económica. La situación crítica comenzó cuando López Rega puso como ministro de economía a Celestino Rodrigo, cuyo número dos era Ricardo Mansueto Zin. Fueron ellos los protagonistas de la aplicación del primer programa neoliberal en Argentina, que rápidamente tuvo consecuencias drásticas: hiperinflación y un aumento sin precedentes de las tarifas de servicios. Ese ajuste fue denominado el “Rodrigazo” y provocó un estallido social que se condensó en el primer paro general realizado a un gobierno “peronista”. Rodrigo finalmente renunció el 17 de julio, y dos días más tarde López Rega abandonó el país. Isabel, en tanto, quedó encerrada en una situación en la que el avance de las fuerzas armadas era cada vez más acelerado.

La situación cada día era más drástica. En septiembre Galimberti se despidió de sus padres y de su hermana Liliana en una confitería del barrio porteño de Belgrano. Fue un encuentro breve, de apenas quince minutos. Rodolfo no exageraba, esa fue la última vez que vio a sus padres en la vida. 

Durante la semana siguiente Montoneros dio un paso más en el enfrentamiento con las estructuras de poder, cuando definió empezar a realizar operativos contra las fuerzas armadas, tal como ya lo venía haciendo el Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP. Amalia D’Ippolito armó un grupo especial para una acción en la provincia de Formosa, el asalto del Régimen 29 de Infantería de Monte, que consistió en el secuestro del vuelo 706 de Aerolíneas Argentinas, con 102 pasajeros y 6 tripulantes a bordo; el copamiento del Aeropuerto El Pucú; el ataque al Regimiento de Infantería de Monte 29 y la posterior fuga de los guerrilleros en el Boeing 737-200 de Aerolíneas y en un Cessna 182 de cuatro plazas. El saldo fue trágico para la organización, durante el hecho murieron doce integrantes del Ejército –en su mayoría soldados que estaban realizando el servicio militar obligatorio–, nueve integrantes de Montoneros y un policía.​ Al día siguiente, el entonces presidente provisional Ítalo Luder, quien estaba a cargo de la presidencia por licencia de Isabel, dictó los llamados Decretos de aniquilamiento, 2771/75 y 2772/75, extendiendo a todo el país la orden de “aniquilar el accionar de los elementos subversivos”, ya establecida con el Operativo Independencia para la provincia de Tucumán. Galimberti no fue seleccionado para viajar a la provincia del norte porque la conducción ya no confiaba en él.

El golpe de Estado

En noviembre ya circulaba, entre los generales del Ejército, almirantes y brigadieres, un documento titulado “Orden de Batalla del 24 de marzo”. El golpe de Estado estaba a la vuelta de la esquina y tenía fecha fijada. Gracias a las tareas de inteligencia que realizaba Rodolfo Walsh, el documento fue filtrado y las cúpulas de Montoneros tuvieron acceso al mismo. Pero la lectura de los dirigentes de la organización fue, lejos de alarmarse, considerar que la toma del poder por parte de los militares iba a dejarle claro al pueblo quién era su verdadero enemigo.

A fines de 1975, Galimberti fue ascendido a capitán dentro de la Columna Norte, lo que implicaba tener a un conjunto de soldados y aspirantes a su mando. La nueva posición le daba mayor margen de maniobra, aunque no le alcanzaba para conducir a la Columna por completo, cómo él quería. Otro de los cambios fue el reemplazo de Amalia, que fue movida a la Columna Sur, por Eduardo Pereira Rossi, “Carlón”. Se trataba de un cuadro orgánico de Montoneros, que no iba a desobedecer las órdenes de la conducción, cómo sí lo hubiera hecho el Loco Galimba.

En diciembre, la Columna Norte pondría en marcha dos acciones, una fallida y otra exitosa. La primera fue realizada el día 14. El objetivo fue el comandante general de la Armada, el almirante Emilio Massera. El operativo consistió en poner una bomba subacuática en su barca, “Itatí”, que estalló, pero no logró hundir la nave. En suma, Massera no se encontraba en ella. El plan que sí tuvo éxito fue el 17 de diciembre y consistió en el asesinato del intendente de San Martín, Alberto Campos, hombre de la derecha sindical vinculado a la Triple A. Esta vez Galimberti fue el jefe de la operación. Nuevamente interceptaron a la víctima con una camioneta, tal como lo habían hecho para el secuestro de los Born, pero esta vez, simplemente, abrieron fuego lo que provocó no sola muerte de Campos sino también de sus dos acompañantes, el chofer oficial, Carlos Álvarez, y un funcionario municipal llamado Carlos Fermin.

Tras el golpe de Estado Galimberti sostenía que los cuadros más conocidos de Montoneros debían replegarse y volvió a discrepar con la cúpula, que promovía el enfrentamiento con las fuerzas armadas.

Once días más tarde, el 28 de diciembre cayó detenido el número dos de Montoneros, Roberto “El Negro” Quieto, que se encontraba con su familia en playa La Grande, de la localidad de Martínez, situada sobre la calle Pacheco y hasta el día de hoy sigue desaparecido.

Tres meses después, se concretó el golpe de estado cívico/militar al gobierno de Isabel Perón. En la Columna Norte, que había sido una de las más dinámicas durante el pasado verano en cuanto a su entrenamiento militar, consideraron que el golpe iba a provocar un exterminio. La propuesta de Galimberti apuntaba al repliegue de los cuadros más conocidos y el fraccionamiento de las columnas en pequeñas células. Pero las cúpulas no pensaban lo mismo. Sostenían que el enfrentamiento contra las fuerzas armadas debía continuar de la misma manera que venía sucediendo.

El próximo martes 2 de junio en Página/12 leé la sexta nota de la serie sobre la vida de Rodolfo Galimberti.

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